¿Por qué querer ser otro, y no uno mismo?

| Junio 9, 2011

No pocas veces me pregunto si no me habrán arrojado desde otro planeta, si la jodida casualidad no me habrá soltado en medio de un pantano para que una pareja que intentaba tener sexo alejado de la ciudad me salvara de morir ahogado entre juncos que se enredaban en mi cuello.

No entiendo cómo puede entristecerme tanto, cómo puede llegar a importarme lo más mínimo que alguien suelte por ahí que la vida actual, que el mundo de hoy, ofrece pocas satisfacciones espirituales al ser humano. La mayoría de la gente ni siquiera presta atención a esto. Escuchan la frase, la apoyan o no con un Me gusta de Facebook, y siguen a lo suyo. Yo, por desgracia, no puedo.

Me asalta durante horas la idea de que alguien se sienta infeliz con un mundo de cosas por hacer, de insatisfacciones personales que provocan la Gran Insatisfacción General que nos lleva a su vez a emprender nuevos proyectos para buscar esa felicidad. Me incomoda que alguien no sea capaz de ver las infinitas posibilidades que ofrece la vida actual. Posibilidades espirituales, de las que se quejan muchos, de las que dicen que estamos escasos.

Si tienes un paisaje que merezca la pena mira ahora mismo por la ventana. Y si no lo tienes, por favor, deja ahora mismo de leer y acuéstate en el suelo de la habitación donde estás y mira a tu alrededor desde esa posición. ¿En serio me vas a decir que no hay nada espiritual por lo que vivir? ¿Me vas a decir que mirar las cosas desde otra perspectiva no te hace pensar de otra manera?

Es verdad que vivimos en un mundo muy rápido, donde todo parece estar cronometrado. Parece que todo tiene –o debería tener– respuesta, y lo que no tiene respuesta la tenemos que buscar a toda costa o nos inventamos una teoría de la conspiración para explicarla. Se vive pendiente del coche, de la hipoteca, de las miles de cosas que son necesarias para un cierto nivel de bienestar, pero que no son y no deberían ser el centro de nuestras preocupaciones.

Si de verdad crees que el mundo actual ofrece pocas satisfacciones espirituales es que te has dejado arrastrar por la marea estúpida que todo lo invade, por el sinsentido irracional de hacer causa común con ese razonamiento de que el bienestar material del otro es también la felicidad propia. Has caído en la idea de que lo que tiene el vecino es la felicidad y tú deberías tenerlo también. Has caído en la disparatada idea de querer ser alguien –da igual quien, aunque sea otro– pero no en ser tú mismo.

El bienestar es importante, el dinero es necesario, el coche puede llegar a ser una solución, y hasta un móvil con Internet (que me sirve para estar en contacto contigo casi en tiempo real aunque vivas en el otro lado del mundo) pueden llegar a ser soluciones para problemas concretos. Pero si haces de ello el centro de tus obsesiones, no podrás ver el brillo que desprende todo aquello de lo que te quejas que no tienes.

Te estás perdiendo las novelas clásicas (gratis en las bibliotecas, pero que tienen precios tan bajos en muchas librerías que da vergüenza decir que no se leen), te estás perdiendo el buen cine (que está al alcance de la mano), te estás perdiendo la buena música (que además es gratis escucharla si tienes internet), te estás perdiendo los amaneceres, los anocheceres, los besos y abrazos de la gente que tienes a tu alrededor, las sonrisas de los niños (alejados de tus preocupaciones materiales), el vuelo de una mariposa en un parque de tu barrio, el color de la hierba de un césped en medio de una ciudad, y hasta la belleza de muchos edificios que te rodean.

Te pierdes las fases de la luna, la combustión incesante del sol, el olor de la lluvia cuando aún no cae, el del café o el chocolate que trasladaba a Marcel a su niñez en El busca del tiempo perdido, los misterios de nuestra vida pasada o actual, los condicionantes de nuestros genes, los magníficos debates de la posible prueba de que exista un Dios.

De otra manera: Las necesidades espirituales no las crea el medio, las creas tú.

Si vives pendiente de las putas de tu ciudad en lugar de Bola de sebo, de Guy de Maupassant, si te obsesiona el dinero que tienes o buscas, y no El chicuelo, de Charles Chaplin, si te corroe el rencor hacia otros, y no has visto la Trilogía de los colores, de Krzysztof Kieslowski, si crees que no estás hecho para amar, en lugar de disfrutar de Ne me quitte pas, de Jacques Brel, si crees que al arte es cosa de unos pocos y no has visto Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore, si crees que el mundo es cruel y nada que hagas te hará feliz, pero no te metes en el poema La ciudad, de Konstantinos Kavafis; debes empezar a replantearte tu vida.

Ni vives rodeado de la felicidad eterna, ni este es un mundo perfecto, pero tampoco vives rodeado de una tristeza infinita ni este es el peor de los mundos posibles. La felicidad es en gran medida un estado de ánimo que fabricas tú mismo, y muchas veces depende de ti hacerle hueco más allá de lo que crees que el mundo te escamotea para no alcanzarla.

El objetivo es  tratar de ser y estar mejor siendo uno mismo, y no queriendo ser otro, alguien que no eres, queriendo tener lo que otros tienen y no lo que tú necesitas para hacer lo que más te gusta. No hay que negar las cosas materiales, esas teorías que andan por ahí prohibiéndolas tienen escaso recorrido al no tener en cuenta el bienestar mundano, tan necesario para no pocas cosas.

El caso es tener lo necesario para emprender tus proyectos vitales. Es luchar por las cosas materiales en la medida que nos permitan hacer aquello que más nos gusta, no hacer de la búsqueda material una idea extemporánea de la felicidad que no es real. Poner en el centro de nuestra atención al objetivo espiritual que pretendemos mientras creamos un bienestar necesario para alcanzarlo.

Y a veces para ello debemos quemar las naves que nos atan al mar que acabamos de cruzar, remover las bases de barro de un edificio pesado que no se sostiene por más tiempo, sacar peso innecesario de la mochila que llevamos a la espalda para avanzar ligeros hacia el cielo que te mereces.

Tener dinero, cambiar de ciudad para mejorar, tener un trabajo mejor remunerado, un coche más cómodo o un teléfono más completo deben ser medios que pueden servirte o no, para lograr las cosas verdaderamente importantes, pero nunca objetivos concretos qué alcanzar.

El salto que debes hacer para apreciar las satisfacciones espirituales en el mundo moderno es un salto interior, un salto de calidad, no de cantidad. Si esto no lo comprendes, te seguirás perdiendo en la maldita circunstancia de que los éxitos y los fracasos no dependen de ti sino del momento y el medio en que vives. Lo siento, pero debes empezar a replantearte un cambio de vida.

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