Amar el daño

Héctor García Quintana | Febrero 3, 2010

Por Rosa Montero

Una de las mayores fuentes de atracción se­xual y amorosa entre los humanos es el desequilibrio mental. No es una broma, sino una inquietante realidad a tener muy en cuenta. Lo explica muy bien Cyril Connolly, el célebre crítico literario inglés, en su Obra Selecta publicada por Lumen: “El amor a primera vista –y la primera vista es la consumación su­prema para los románticos– es una intuición, engendrada por el hábito, de la persona que puede hacernos daño”. Cyril Connolly era un neurótico importante, y de ahí que conociera tan bien esa terrible tendencia amorosa que consiste en emparejarse con la persona más inconveniente. Muchos hombres y mu­chas mujeres se sienten instantánea y ex­trañamente atraídos por individuos psíquicamente inestables y además dañinos. No se trata, naturalmente, de una elección consciente, sino de un error tan repetitivo que termina siendo una costumbre.

Se me ocurre que, cuanto más neuróti­co es uno más se dispara este mecanismo. Es como si los desequilibrios se atrajeran mutuamente. A veces las carencias de uno y otro se armonizan para bien, pero a me­nudo se produce una especie de enganche en lo peor, como si la neura de uno avivara la neura del contrario. Como dos argollas que se cierran para procurar la perdición de los encadenados. Hay parejas, en fin, que son un verdadero monumento a la ina­decuación, como si ambos hubieran busca­do, justamente, a la persona que más pu­diera perjudicarles.

Recuerdo, por ejemplo, la terrorífica historia del pintor Modigliani y Jeanne Hébuterne, su última mujer. Cuando se co­nocieron, en 1917, él tenía 33 años y ella diecinueve. Paupérrimo, bohemio, drogadicto y alcohólico, para entonces Modigliani ya estaba a me­dio camino de la catástrofe, pero Jeanne, una mujer terrible­mente pasiva, dependiente y mortífera, no sólo no hizo nada por sacarle de allí, sino que completó el circulo autodestructivo. Durante tres años se machacaron el uno al otro, ence­rrados en un infierno doméstico cuyo solo atisbo pone los pe­los de punta. Al cabo, en enero de 1920, tras unos últimos días demenciales que pasaron encerrados en el cuchitril en el que vivían, sin dinero, sin leña para el fuego, sin medicinas y sin comida, Modigliani murió de meningitis tuberculosa entre te­rribles sufrimientos. Horas más tarde. Jeanne, que estaba em­barazada de nueve meses, se suicidó arrojándose por una ven­tana desde un quinto piso. Y lo más impresionante es que, a medida que vas siguiendo los sórdidos avatares de esta rela­ción, va creciendo en ti la certidumbre de que, si se hubieran separado, posiblemente hubieran podido sobrevivir los dos.

Hay amores que matan, en efecto, pero justamente porque no son amores, sino dislocaciones del alma, desquiciamientos. Como la pérfida pasión que mantuvieron los poetas Rimbaud y Verlaine durante un par de años. Violentos, sadomasoquistas y feroces, jugaban a clavarse cuchillos en las manos sobre los veladores de los cafés pari­sinos. Su historia terminó cuando Verlaine le pegó un tiro a Rimbaud (y por casualidad le hirió también en una mano, precisamente). Ambos llegaron a tener tan claro que la relación les destruía que el resto de su vida se estuvieron huyendo, de la misma mane­ra que intentaron huir del alcohol o el hashish. De hecho, estoy convencida de que la separación prolongó la existencia de los dos. Aunque, a decir verdad, los años que vi­vieron cada uno por su lado después de la ruptura fueron penosos.

Vargas Llosa describe maravillosamen­te bien este tipo de amor, que en realidad es más bien una enfermedad, en su última no­vela, Travesuras de la niña mala (Alfagua­ra). Su protagonista, un hombre pasivo y vitalmente cobarde, queda prendado de una chica desquiciada y nociva, el tipo de mujer del que cualquier persona sensata saldría huyendo. Pero en el amor (en la dolencia amorosa) casi nadie es sensato. An­tes al contrario: como he dicho, la chifla­dura del otro atrapa y encandila. Y eso es lo que lo sucede al protagonista de Vargas Llosa: se enamora de la loca precisa­mente porque es loca. Y en un giro conmovedor de esta her­mosa y triste historia, resulta que al final, pese al dolor y la perturbación, la locura de la loca es lo mejor que le pasa en la vida a ese hombre pasivo. Pero esto, claro, es una novela del maestro Vargas Llosa. En la vida real me parece que es mejor salir corriendo cada vez que te atraiga alguien dañino.

 Tomado de Diario El País, 30 de julio de 2006.

Escribir comentario

Últimos comentarios

  • areli guadalupe rios lopez:

    hola la fabula es muy bonita y me ha dejado una gran eseñanza...

  • Ruth:

    Héctor, Me ha encantado tu artículo que recopila la opinión de tantos expertos. De hecho he dado...

  • Sofi:

    Sín duda alguna creo, que la felicidad es una acumulación de esos pequeños y sencillos momentos de...

  • Héctor García Quintana:

    Creo que por citar fuentes que no quede. Aquí hay otras fuentes que dicen algunas otras cosas interesantes,...

  • hipatia:

    Estimado Sr. Héctor García. Ser superdotado trae problemas en cualquier país o región del planeta,...

  • Héctor García Quintana:

    Querida Hipatia: Si algo es erróneo en esta vida es pretender triunfar en nuestros hijos. Si ha entendido...