Bienvenido a mi purgatorio

| Octubre 13, 2013

una_llave_para_el_caminoPrólogo de Una llave para el camino

Mucho se ha dicho que escribir es una condena. En la década de los 90’, cuando empezaba en esto de las letras de forma madura y no sólo como argumento de felicitación de cumpleaños, no fui capaz de verlo. Si algo se siente como penitencia se abandona, no se insiste absurdamente en sufrir.

Luego de un tiempo perpetrando ficciones lo he comprendido: escribir es una purga porque es un medio de soltar insatisfacciones. Cuando descubres una voz, cuando adviertes que algo de talento tienes para juntar palabras y ponerlas sobre una hoja en blanco, para decir que te gusta o disgusta el mundo en que vives, casi nada te detiene a seguir condenado.

El inicio para mí fue una decisión extravagante. Escribir como argumento de libertad, llenar folios rebelándome contra el mundo, intentando ser una voz en medio de un erial donde todo el mundo grita, donde sólo unos pocos nos detenemos a atender a otros, o escuchar su interior, convertir mis temores y alegrías en textos para que otros los encuentren; quizás todo ello hizo de mí un ser humano que buscaba la diferencia, que quería alejarse del mundanal, de la barbarie.

Mi formación como escritor no pasaba por las tecnologías. Aprendí el oficio de las letras escribiendo a mano, con lápiz (la tinta era cara) y en folios manchados por detrás con todo tipo de informes inservibles; hurgando libros viejos de una escasa biblioteca de pueblo, inventando historias en un espacio donde se niega la libertad de Internet y la inmediatez de las redes sociales, donde el aprendizaje cuesta años y callos en las nalgas.

Y sin embargo, un hiato de más de 5 años me alejó de mi tierra y de la creación. Nunca al abandono, pero sí a replantearme el método, a dudar de mi hábito, de la forma en que transitaba el camino, porque las raíces de aquella biblioteca aún marcaban los pasos que daba entre oraciones.

Cuando regresé a la creatividad había aprendido algo importante. Aprendí a reconocerme como era y no cómo lo que me habían marcado en el pecho, aprendí que tenía que desaprender, abandonar los dogmas que lastraron mis comienzos, abrir espacios en mi alma para dejar entrar ideas que antes me punzaban.

Fue el inicio de empezar a escribir un blog, la idea de soltar en el éter, para nadie del otro lado; algo sin dudas estúpido. Algunos amigos me lo advirtieron: estás haciendo surcos en el mar, sembrando margaritas para abandonarlas en el desierto, desperdiciar tu tiempo en saltos al vacío sin redes de protección. Y tenían razón entonces.

¿Qué tenía yo qué decir que le pudiera interesar a nadie? ¿Qué de original o novedoso podía ofrecer a quién ya, seguro, tiene detrás una tradición de lectura? Y sin embargo, cinco años después compruebo que fue acertado, que los surcos se aprecian en el mar, que hay gente en el desierto, que hay alguna salvación para los que saltamos al vacío.

Reúno aquí parte de la labor de esos cinco años soltando mis desvelos y alegrías. No lo encontrarás todo, sólo aquello que he intentado purgar para crecer como ser humano y algo más eficiente como profesional. No pretendas encontrar recetas a tus padecimientos entre mis laberintos y salidas. No doy recetas. No soy médico, psicólogo, terapeuta o parecido. Soy apenas un sobreviviente que he aprendido como saltar los muros que me impedían avanzar, y lo expreso de la mejor manera que sé: escribiendo.

Pero son mis muros, quizás no los tuyos. Si encuentras en mi libro salidas o grietas en los muros que te impiden avanzar es, quizás, porque lo que importa en realidad no son las salidas, sino la forma en que todos nos enfrentamos a ellas.

Por mi parte, algo he logrado. He aprendido que la felicidad no es sinónimo de bienestar sino ausencia de miedo, que no necesito ser un best seller para llegar a los que me quieren leer; y que no importa lo que hagas en la vida, si encuentras tu camino, si eres capaz de encontrar la llave que alguien ha puesto en algún sitio para que abras la puerta que necesitas. Si llegas hasta allí tendrás la satisfacción que muchos no llegan a alcanzar ni descubrir.

Sí, escribir es una condena, una especie de purgatorio, pero que muchos nos imponemos y seguimos insistiendo en ello porque no sabemos decir las cosas de otra manera. Yo sé que ya no puedo abandonar, por mí, más que nada; pero en especial por ti, por los lectores que han llegado en estos años a mi página personal.

Bienvenido a mi purgatorio. Espero logres salir de él habiendo aprendido algo más sobre ti mismo y el camino para mejorar como ser humano. Con eso me daré por satisfecho.

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Últimos comentarios

  • Daniel:

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