Cierto cine con piel de cordero

| Abril 9, 2016

cinemaloUtilice un libro de citas célebres sobre un tema concreto, póngalas en boca de varios personajes que no tienen porqué ser creíbles e invente una historia que los reúna a todos, por más que no tenga pies ni cabeza. Lo importante es pasar un producto de aparente altura intelectual, cuando en realidad enmascara una pobreza de ideas altamente evidente.

Esto, muy llevado al extremo, es la caracterización de cierto tipo de cine que recuerda esos montajes de salas de arte donde el autor caga sobre un lienzo o pone unos granos de maíz alrededor del Ulises de Joyce: simplemente es NADA, bazofia disfrazada de un rebuscamiento que pretende ser una obra de ficción allí donde en realidad hay un vacío intelectual.

Dicho de otro modo, el llamado postmodernismo (término contra el cual me rebelo como tigre encerrado) está dejando entrever cómo la mediocridad, la incapacidad de generar un producto propio o la imposibilidad de reinventar con talento lo ya experimentado, se disfraza de arte para burlarse del espectador.

Unas veces es lo ya expresado: cargar diálogos con frases trascendentes que no encajan en la historia que se cuenta; un personaje dice algo bonito y/o trascendente, otro responde con algo igual de bonito y/o trascendente, y que no siempre tiene que ser ni lógico ni preciso.

Otras es usar un tema de la ciencia (si es que alguna vez puedan estos últimos ser explorados) o algún hecho histórico más o menos conocido, para recrear filmes llenos de efectos especiales y grandes actuaciones que parezcan altamente científicas y/o históricas, que no tienen tampoco un mínimo de pies ni cabeza, pero que arrebata a una pléyade entusiastas que, en numerosas ocasiones, no tienen idea del tema, ni de los mecanismos con que el director los engaña.

Lo importante es pasar malta agria por cerveza, granos de soya por carne de vaca.

La frase que más de una vez he citado del filósofo Michel Onfray sobre la obra de Maurice Blanchot puede reelaborarse para este tipo de cine:

Hay un cine que es una especie de gran referencia del cine culto de aquellos que, sobre todo, quieren luego sentarse a comentar la película para no decir nada, donde la forma es más importante que el fondo.

Habría una lista inmensa de películas y directores que encajarían, desde la mayoría de las películas de Terence Malick hasta La vida de Pi y pasando por cine que pretende ser histórico como Apocalypto o Braveheart o aquellas que, como 12 años de esclavitud, retratan un tema de forma tan manida o tosca, que es difícil salirse del maniqueísmo.

Todas, al final, resumen, de forma más o menos clara, un intento de pasar como trascendente algo que no deja de ser apenas una recopilación de escenas magníficamente concebidas desde el punto de vista técnico, pero que apenas tienen que ver con el argumento que pretenden y menos ayudan a reflexionar sobre el tema que tratan.

Por desgracia este tipo de arte triunfa allí donde hay un público conformista; no lo haría ante un espectador con un mínimo de cultura previa o que, no teniéndola, sea capaz de indagar por sí mismo en la búsqueda de referencias que el creador ha escamoteado.

Y por supuesto, no faltan las “críticas a las críticas”, porque donde quiera que hay estiércol que pretende ser arte, existen los críticos conceptuales que aromatizan el hedor de la mierda.

No, no necesito conocer el cine anterior (que muchas veces conozco) ni la vida privada de un director o un novelista (que a veces también) para disfrutar de una novela o un bien filme; no tiene un crítico oportuno que intentar convencerme que los errores estructurales de una obra de ficción son parte del estilo de su creador ni que la descomposición caótica del arte tradicional es otra forma de arte. Todo ello puede ser cierto, pero no es lo único necesario para hacer un buen producto de ficción.

Cada obra de ficción, o aquello que lo pretenda ser, tiene vida propia, un espíritu personal que debe brillar por sí mismo más allá de las ganas de escandalizar, provocar o crear conceptos trascendentales de la nada.

Dijo Leon Surmelian refiriéndose al escritor una frase que deberían calcar en piedra todos lo que acometen la ficción, sea de forma escrita o filmada, como argumento artístico y que yo he dado en llamar Proceso de síntesis:

El escritor parte del desorden de la vida, y lo reduce a algún orden antes de que pueda re-crearlo en palabras. Luego imita esa reordenación de la vida y no la vida misma, la cual es demasiado vasta, demasiado caótica. La vida no puede ser expuesta en toda su infinita complejidad, y una imagen de ella en ficción, como todos sabemos, es una imagen seleccionada. Ni siquiera un pequeño incidente puede ser expuesto en su totalidad, y se manifestaría confuso e incoherente de serlo. El escritor puede re-crear solamente una parte muy pequeña de él, y en ficción la parte representa el todo. Se trata de una imagen simbólica, una metáfora. [1]

En piedra: La ficción es una imagen simbólica, una metáfora de la vida

Porque pretender llegar a abarcarlo todo, intentar ser trascendentales ambicionando el todo es terminar por caer en lo intrascendente.

[1] Leon Surmelian. “Techniques of Fiction Writing: Measure and Madness”. En: Heras, Eduardo. Los desafíos de la ficción, La Habana, Cuba, Casa Editora Abril, 2002, p. 569.

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