Creatividad y neurosis

| mayo 18, 2013

geniolocura

“Los escritores, en general los artistas que conozco, vivimos como encerrados en nuestro propio cerebro. Somos gente que vive mucho en la nube, y que además tiende a considerar que eso que tienes dentro del cerebro, es importantísimo y que el resto del planeta, no. Entonces es bueno que te vayas a un sitio a ser esta persona y vuelvas como un ser humano normal”.

El comentario es del escritor Santiago Roncagioglo en una entrevista de Onda Cero Radio. Y me veo retratado en él.

No puede ser más cierto. Por absurdo y egoísta que pueda parecer esa idea, como si la hubiese dicho el peor de los ruines conocidos (si bien no lo conozco personalmente, intuyo que Santiago no lo es), en realidad, quien haya tenido un momento creativo intenso, sabe que el mundo deja de girar para centrarse única y exclusivamente en ese momento.

Según Phillipe Brenot en El genio y la locura, existen situaciones de alteración de la conciencia que permiten a un artista crear en situaciones imprevistas. No ensalzo la locura ni la exaltación psicológica para la creación. Sabidas son las consecuencias negativas que las drogas (aquí incluyo el alcohol) han dejado en escritores, músicos y otros artistas de valía a los que ha convertido en verdaderos despojos humanos, pero sí defiendo la búsqueda de un mínimo estado de conciencia perturbado para la creación. Y no sé si exagero al llamarlo así.

Escribir es un trabajo. Escribir de verdad, crear mundos inexistentes, intentar convencer a mucha gente de una invención y que se diviertan o reflexionen con ella y la compartan con otros, dejar plasmada una idea que resista un mínimo de tiempo, es un trabajo durísimo. No te romperás las manos como un carpintero, no te caerás de un poste como un electricista, no te destrozas la piel con el sol como un labriego, ni se te agotan los pulmones con humo como a un minero, pero (más allá de los lastres profesionales como agotar la vista y la espalda) te llena a todas horas convirtiéndote en un trabajador a tiempo completo, no sólo durante una jornada de trabajo establecida por ley.

Porque la creación es más que las horas que te sientas a llenar folios. Muchas veces he intentado explicarles a los amigos que no tienen este hábito de las letras, que cuando estamos bebiendo en un bar, el hecho más intrascendente puede ser motivo de una novela, y que un ensimismamiento no usual, puede ser la búsqueda interior de una solución para un problema literario que nos espera en casa. El escritor es como una esponja, que recoge todo lo que está en su entorno, luego, cuando se exprime saca la mayor parte de lo absorbido por inútil, pero se queda con una pequeña parte, que luego convierte en otra cosa.

La idea del escritor en las nubes es una idea tan bonita como irreal, al menos en parte. Porque sí, está en las nubes en ciertos momentos de la creación, cuando su mente está absorta por una idea obsesiva y muchas veces improductiva, pero mientras tanto, si es capaz de salirse de ella y no experimentar con sustancias que lo lleven todo el tiempo a ese estado, es una de las personas que más sufre y mejor disimula su disgusto con el medio, sobre todo si se toma en serio su trabajo.

Lo que sí parece deseable es que, como dice Brenot, vuelva a esa nube creativa mientras está pariendo ideas nuevas. Llegar a esa etapa, tener ese estado de alteración creativo, probablemente sea innato en un genio, pero un creador que afronta su arte como un trabajo, no tiene siempre, ni de manera natural, estos estados alterados de conciencia, por eso los debe aprender, y por eso la invitación –como se hace en no pocas de las estrategias del coach moderno en creatividad– a intentar la creación desde perspectivas inesperadas, como forma de abordarla de manera diferente.

En estudios recientes se han descrito algunas características que reúnen las personas creativas. Cualquiera que haya visto una película sobre un artista (no digo ya los que leemos biografías sobre ellos) ha visto repetidas estas particularidades a través de la Historia en el mundo del arte. El ser creativo es capaz de cambiar entre las ideas más imaginativas y la realidad con relativa facilidad, es propenso a la originalidad y menos a seguir las reglas, se autoexige una alta motivación, son ambiciosos, flexibles ante los cambios, pero sobre todo, son más neuróticos, volátiles, individualistas y de carácter difícil, rozando la antisocialidad. Parece que me describen.

Esto último es lo que nos ocupa. Este estado de alteración inusual de la conciencia, que los lleva a preocuparse más del entorno, pero a abordarlo de forma diferente es lo que quizás es más insoportable en un artista. No siempre este aprendizaje es cómodo para quienes le rodean.

Por eso insisto una y otra vez en no idealizar a las personas que admiramos.

Muchas bellas novelas, hermosos cuadros o canciones inolvidables tuvieron a su creador sumido en eternas sesiones de introspección de las que salía respondiendo de forma brusca si le abordaban, en semanas o meses de insomnio, interminables momentos de agobios personales porque no encontraban la voz del protagonista, la nota adecuada, el color necesario.

Soportar a un creador –incluso los más sensatos, los menos neuróticos y más sociales– exige una mente que conozca un mínimo los entresijos del camino creativo, lo tortuoso de trabajar creando mundos ajenos o inexistentes, la inestabilidad emocional de conocer los furtivos designios del alma y seguir creyendo en el ser humano.

No me idealices, estoy lleno de defectos insoportables.

Fuente: http://www.fastcocreate.com/1682744/how-to-tell-if-youre-creative-hint-you-might-be-a-bit-of-a-jerk

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    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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