Cuba, sus problemas y supuestos remedios

| septiembre 15, 2010

Mis amigos saben que escribir sobre Cuba me cuesta. Tanto se espera que sepa sobre ella, tanto se cree saber sobre la isla y tan poco espero de lo que allí sucede, que al final hago una especie de mutis interno para evitar caer una y mil veces sobre un tema que es todos los años el mismo, la misma repetición de algo que no se mueve, que ha quedado inmovilizado en el tiempo mientras el mundo avanza, y por tanto obliga a uno mismo a repetirse sin remedio.

Pero en España, Cuba está de moda. Entre las liberaciones (deportaciones) de presos políticos desde La Habana a Madrid, las supuestas medidas nuevas del gobierno de la isla y los ataques de sinceridad retardada de Castro, El Primero, todos preguntan sobre Cuba, porque todos quieren saber sobre Cuba.

Soy escéptico sobre lo que pasa en la isla. Probablemente se está gestando desde dentro la transición de Cuba hacia la democracia y no me estoy percatando de ello, pero la realidad es que ni me creo los cambios, ni me creo las liberaciones (mejor decir, sus supuestas intenciones humanitarias), y no me quiero sorprender, aunque me están dejando perplejo, las sorprendentes lindezas que está dejando la franqueza tiranosáurica de Fidel Castro, que quisiera ver quién se atreve en la isla a decirle que se calle.

Lo último sabido es que el hermano pródigo, siempre algo menos tirano que su predecesor (quisiera saber cómo se recibirá eso de ser “menos tirano”, pero no me nace escribir más tolerante) está intentando hacer renacer un país en la isla, pero tal y como ha llevado al ejército todos estos años, olvidando la frase de Martí a Gómez en famosa carta de 1884: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento…”.

La nueva idea castrista de mandar a más de medio millón de funcionarios al paro sin subsidio (como siempre ha sido) para ser más eficientes como Estado, oculta una realidad de la isla que sólo sabemos los que la hemos vivido: un futuro negro para estos expulsados. Aunque ahora les indemnicen la miseria, aunque les reciclen a otras labores o lo que sea en realidad que pretenda el gobierno cubano, esta gente será un día olvidada y dejada a su suerte, engrosando la lista imprecisa y ocultada de desempleados de la isla que sobreviven robando o maquinando negocios ilegales.

Lo peor es que cualquier persona sensata, sin que cuelgue un título inservible de su salón, sabe que no se puede hacer eficiente a personas que no tienen libertad para elegir su modo de vida, que se ven casi obligados a la mentira y la doblez moral para poder subsistir en una economía que no arranca, y que nada se moverá realmente en la isla hasta que los funcionarios más inservibles también se vayan a la lista de desempleados: es decir, los propios hermanos Castro y sus secuaces.

Sin duda, es preferible para un amante de la libertad y de los derechos humanos, que los disidentes políticos cubanos estén deportados antes que presos, que Cuba sea más eficiente (bueno, que intente ser eficiente) y que el régimen cubano haga una autocrítica pequeña a que se mantenga inamovible como en los 60, pero tanto se espera de ello y tantas veces he visto procesos de rectificaciones internos que han hecho a la dictadura aún más férrea y dura, que ya a la mayoría de los cubanos no nos sirve de nada un pequeño cambio que mantenga los cimientos del sistema represor de la isla.

Sólo espero que el día que los cambios sean efectivos no se cumpla el vaticinio de mi amigo, Emilio Ichikawa en su reflexión: Cubano Vs. Cubano, y cambiemos a un cubano miserable por otro menos miserable.

Así será lo que espero de Cuba.

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