¿Es la literatura social o moral?

| octubre 15, 2017

Cuenta Jay McInerney en una entrevista hablando sobre sus aficiones y las influencias literarias que había intentado leer La divina comedia cuando era adolescente y no había funcionado:

Como usted sabe, cuando pasan los años uno puede cruzarse con una persona varias veces en la vida y sólo en un momento concreto se revela una epifanía y la relación comienza. En mi caso, hace diez años tuve que recuperarme de una operación bastante grave, tenía que hacer reposo en casa y quería buscar un libro que no hubiera leído para sumergirme lentamente en él; elegí La divina comedia y en aquel momento, surgió la epifanía.

Y termina diciendo:

No sé por qué. ¿Cómo explicas que te enamoras? ¿Cómo explicas que en un momento concreto una persona o un texto te impresiona de tal forma que ya no puedes respirar igual que antes?

Es interesante esta manera de vincular la literatura, concretamente la lectura o el descubrimiento de un libro con el hecho de enamorarse, como si algo divino uniera los dos hechos.

Y no, no es divino, es simplemente humano.

No se desvela secreto alguno cuando se dice que la literatura es ficción, que imita la realidad y la imita con el mejor de los ingredientes que existe en ella: las personas. Por eso me revelo contra el término literatura moral y más, contra literatura social, que intenta describir un tipo de ficción escrita que pretende o busca cambiar el mundo sociopolítico desde un punto de vista literario.

Para cerrar mi posición, toda literatura de ficción es social, toda ficción creada de la nada o de una realidad concreta, es un cuestionamiento del mundo, ya sea como afirmación de ese mundo o como rechazo. La literatura que no es social, es simplemente mala, no es literatura, se acercaría más al panfleto.

Y toda ficción literaria es social justo por eso, porque la materia prima es el ser humano, nosotros mismos, nuestros parientes, amigos, conocidos, y hasta los desconocidos que vemos en la calle, un bus o en tele. Esa materia prima, siempre que se acepte como lo que es, una persona, un humano con virtudes, defectos y contradicciones, y se traslade con cierta eficacia a través de varios trucos y trampas que se aprenden para que parezcan reales en una ficción, terminan por conformar una obra que, la mayoría de las veces sin pretender serlo, es social, igual por afirmación de ese ser humano o por rechazo hacia él.

De hecho, casi toda la literatura, que ha buscado una afiliación concreta hacia una clase, sea la trabajadora o la pudiente, que intenta hacer cambios sociales o proselitismo de clase, género u otro tipo de grupos, y que busca criticar o alabar un comportamiento humano en lugar de entenderlo y hacerlo entender a los lectores, termina por ser peor literatura. La literatura es toda social o no es, no se puede hacer moral desde una ficción, y cuando se hace es porque los lectores así lo han convertido más allá de los intereses del escritor.

Decenas de veces he intentado explicar, no siempre con éxito, que los personajes creados para una novela, aunque tengan nuestro nombre o, aunque estén basados en un humano real o varios, es un personaje ficticio, creado para una historia concreta, con unos mecanismos que funcionan para ella y no para otra. Si al príncipe Mishkin lo cambiamos por Léon Dupuis, mataríamos dos obras maestras de la literatura, porque ni Léon sirve en el papel de extremadamente piadoso de El idiota ni Mishkin daría la talla como amante de Emma Bovary; o, ¿quién sabe?, podríamos aportar dos formas nuevas de ver estas obras, pero en todo caso serían diferentes.

Una frase del escritor Orhan Pamuk en una entrevista para Le temps des écrivains, de France Culture me desconcierta por su grandiosa capacidad de resumir todo lo que he intentado explicar:

C’est qu’il fait qu’un écrivain est moral, n’est pas qu’il est défini à une certaine morale ou une certaine critique de la société ; l’art du Romain est fondé sur la capacité humaine de s’identifier des gens qui ne sont pas comme vous.[1]

[1] Lo que provoca que un escritor sea moral no es que él mismo esté unido a una cierta moral o una crítica concreta de la sociedad; el arte de la novela está sustentado en la capacidad humana de identificarse con las personas que no son como uno.

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