La cultura. Entre el caviar y la tortilla de patatas

| diciembre 28, 2013

tortilla con caviarNo suelo odiar ni rechazar. El odio o el rechazo voluntario (hay alguno que no puedes evitar porque va en los genes) son sentimientos extremos que terminan por dañarnos a nosotros mismos; y no tanto, o nada en absoluto, al objeto de nuestro sentimiento. Sin embargo, en mis venas hay sangre, no horchata. Puedo tener –y tengo– algunas cosas que puedo desaprobar con bastante intensidad.

Más allá de la necedad (el que asegura tener razón sin dar margen al error o no tener idea de lo que habla) una de las que más me incomoda es la postura del intelectual o artista que se coloca por encima del mundo para juzgar el arte de los otros como baratijas y oropeles donde sólo lo que crea él tiene algo de valor.

Lo he visto a menudo.

Destacados escritores de provincias, quizás conocidos en parte de su país, y que no escriben mal, a los que los libros de Coelho o Murakami les parecen venidos a menos porque les falta técnica y les sobra texto.

Músicos que hacen una obra técnicamente impecable, para músicos como él, y miran con desdén la obra de Beth Hart o Joe Bonamassa que han logrado encandilar a millones de personas, sin bajar la calidad, con discos menos técnicos y más digeribles para el público neófito.

O quizás coreógrafos de conceptualizaciones estéticas excesivamente refinadas que detestan espectáculos como Thriller o Les amants de La Bastille, menos elaborados y ambiciosos estéticamente, pero comprensibles para multitudes que no son coreógrafos ni especialistas de danza o ballet.

Bien, es una decisión personal. No se entienda con ello que obstaculizo la crítica o el criterio negativo sobre el arte.

Existe toda una cultura, incluso una cultura de alto valor artístico, basado en la imprecación estética de las obras de arte de los otros que triunfan.

Los reniegos de Góngora a la obra de Quevedo, y viceversa, han dejado una de las más atrayentes irreverencias de dos artistas a la labor del otro, que a la larga ha enriquecido la obra de ambos, pero no sólo. Famosa es la rivalidad entre Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez que algunos aseguran que derivó en puñetazo; un poco menos conocida, pero igual de intensa, entre George Bernard Shaw y Gilbert Keith Chesterton, o también entre Norman Mailer y Gore Vidal.

Quizás un ejemplo demostrativo de este tipo de disputa es la que protagonizaron públicamente Ernest Hemingway y William Faulkner que se prodigaron lindezas como mierda para clasificar la obra del otro.

En los predios literarios, o más bien en los editoriales, aún se usa una máxima para el trabajo creativo de un editor (que sí, que es creativo): “Menos Faulkner, más Hemingway” para sentar las normas editoriales dentro del trabajo de publicación. Esto es: más libros con estilo directo y sencillo, y menos lenguaje ornamentado.

Existen agudezas al estilo de Borges en El arte de injuriar, o Schopenhauer con El arte de insultar. Hay ocurrencias magistrales como aquella invitación de Bernard Shaw a Churchill, cuando estrenaba una obra de teatro:

Le mando dos entradas para el estreno. Venga con un amigo (si es que tiene alguno).

La respuesta de Churchill no tiene desperdicio:

Imposible asistir a la primera representación. Intentaré ir a la segunda (si es que tiene lugar).

Pero ejercer el insulto artístico exige una cierta genialidad para saber llamar coja a la reina sin que se entere:

Entre el clavel rojo y la rosa roja su majestad escoja.

Esa genialidad no abunda. Los más entusiastas denostadores de la obra de otros no son precisamente los más geniales creadores. Ese talento es extraño en muchos de los que miran por encima del hombro a los que hacen otra forma de arte, y por lo general expresan su desacuerdo en forma muy privada y a veces hasta elogiando la obra de quien dicen detestar. He visto a algún escritor llamar Maestro a otro que suele detestar, y esto sin, al menos, tener el coraje de la ironía.

No. Si algo me ha enseñado este andar por los entresijos de lo que llamamos vivir, es que nuestro arte, sea para consumir, o el que nosotros mismos creamos, no es el único que existe. Tan válido es tu arte como otro que no te gusta. O que incluso desprecias.

Es una decisión consumir o crear lo que nos da la gana y nadie tiene que juzgarnos o pontificarnos por ello. Lo que es menos normal es hacerlo y además, condenar otro tipo de consumo o creación por parecernos de menor categoría. Sobre todo en este mundo donde hay espacio para todos. O casi…

Si se quiere hacer libros que obliguen a la búsqueda del diccionario, música que sólo aprecian músicos como el que la crea o cuadros que en los que su mayor valor es el trazo que entenderá otro pintor, es un derecho que existe y que se escoge, pero al menos se debería sentir algo de respeto porque una maestra sin formación editorial o creativa se invente un mago como Harry Potter que encandile a millones de personas en todo el mundo o que un músico como Yiruma sea capaz de colocar millones de discos gracias a un estilo menos ampuloso y más directo.

Yo he escogido la sencillez, la frase más o menos corta, el estilo directo, sin ínfulas de intelectual sabelotodo –que además no soy– ni adornos innecesarios a la palabra que se entiende por sí sola. Pero jamás se me ocurre denostar el estilo de un autor barroco siempre que use su arte para argumentar cosas útiles, que su obra tenga fundamento teórico o estilístico verdadero o sustancia esencial sobre la vida, y no para esconder su ignorancia tras oropeles lingüísticos elaborados.

Alguien dijo que lo fácil de entender es fácil de juzgar. Cuando se hace arte sin oropeles ni alardes técnicos hacemos sencilla la labor de los críticos, que no necesitan desenmarañar los objetivos y la hipótesis de quien crea. Por el contrario, una obra que esconde la inopia intelectual de su autor tras el oscurantismo del lenguaje ampuloso (sea literario, musical, plástico, cinematográfico o cualquier otro) o el adorno innecesario de la frase, hace dudar al crítico si quizás es hay algo trascendental que no entiende y se atreve menos a la ejercer su invectiva.

A fin de cuentas, el respeto hacia la labor creativa de otros estilos o maneras de hacer, es una forma de respeto hacia nosotros mismos, e igualmente el reconocimiento de una verdad tan simple como la diversidad del ser humano.

El escritor Fernando Savater dijo en una entrevista: “Consumir sólo alta cultura es como alimentarse sólo de caviar”. Yo agregaría, además, que denostar la tortilla de patatas porque tenemos siempre caviar, es de una ignorancia rayana con la intolerancia. Hay que aprender a comprender, o cuando menos respetar. No es tan difícil, sólo necesita aprendizaje.

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