La feliz casualidad

| mayo 26, 2013

HandsMuy improductiva es la queja de amor. El lamento por no ser comprendidos, por no encontrar la pareja adecuada o el confidente necesario de nuestros sentimientos. Y sin embargo no podemos evitarlo.

Nos entregamos a quien queremos, y de la forma que decidimos, muchas veces renunciando a pequeñas o grandes cosas, pero el tope de la renuncia es nuestro, decidimos qué podemos entregar, qué podemos guardar y hasta donde soportamos la renuncia.

En la realidad, quizás concedemos más de lo esperado. Nos despertamos una mañana preguntándonos, ¿dónde dejé aquel amigo, dónde aquel proyecto, aquella forma de encarar la vida? ¿Dónde quedó el hábito perdido y añorado, aquella costumbre que me hacía feliz y los sueños que han sido ajusticiados por el día a día? Es esa entrega, quizás, la que nos produce más impotencia. Perder lo amado es, en parte, el reconocimiento de haber entregado mucho para nada.

Y el aprendizaje, la enseñanza obtenida no es aliciente. En una hipotética encuesta la mayoría (si no, todos) renunciaría a la experiencia si pudiesen mantener el amor perdido, concesiones incluidas; porque la sensación de fracaso parece mayor que la experiencia, porque a veces preferimos haberlo sabido antes que no ponerlo en práctica con el amor que está por llegar.

Es todo en vano. O no, que dirían los gallegos.

Todos los seres humanos cambiamos, somos inconstantes, mudamos de aires de manera inevitable, nos guste o nos disguste. No somos los mismos ante las mismas circunstancias, porque, de forma general, somos también complejos. Como tendencia, mantenemos una base sólida y amplia que se mantiene aparentemente inalterable, por una educación concreta, unos principios morales o éticos perpetuos, o una capacidad, o falta de ella, para solucionar problemas que se van presentando.

Pero en realidad cambiamos. Cada pequeño hecho, gesto o situación diaria crea en nosotros una respuesta, porque nos prepara para una situación parecida en el futuro, nos enseña una forma nueva de actuar que hasta entonces no habíamos previsto. Incluso en esa base sólida, si existen crisis profundas, simas abruptas, somos capaces de olvidar nuestro credo, nuestra religión y hasta nuestros principios morales o éticos.

Visto de esta manera parece medio absurdo la queja de amor. Las condiciones que se pactaron en su momento entre dos cambian al año entrante –no porque se violen, que no se debería– porque ninguno de los dos son iguales, las reglas inalterables de un momento determinado no funcionan para dos que han cambiado. Hay que renegociar.

Solo la renegociación permite la continuidad. No hacen falta cumbres anuales, ni reuniones especiales para ello. Cada día se van pactando las condiciones de la convivencia. Solo un milagro hace que sobreviva el amor a ese constante tejemaneje, a esos cambios, a las competencias o incapacidades para la coexistencia que todos tenemos en nuestro día a día.

El escritor William Somerset Maugham escribe en The Summing Up, uno de sus libros de reflexiones:

“No somos este año las mismas personas del año pasado, ni lo son a quienes amamos. Es una feliz casualidad si, al cambiar, seguimos amando a la persona que ha cambiado.”

Esa feliz casualidad, ese increíble momento donde descubres un día que llevas un año –dos o los que sean menester– soportando los defectos de otro que además soporta los tuyos, y el amor aún existe, hay que conservarlo como un insecto en una gota de resina fósil. Y no porque sea imposible, sino porque es escaso.

Un amor que sobrevive a los cambios, una pareja que se siente bien, más allá de la constante renegociación de las condiciones de la convivencia no se debe echar en saco roto. Si eres testigo de un amor así, si tienes la suerte de mantener a tu lado alguien que te quiere y a quien quieres, por más que se arrojen entre sí los defectos diarios, debes hacer lo posible por mantenerlo, o cuando menos, por disfrutarlo mientras dure; cada día, hora o minuto.

Hay cosas a las que agarrarse en la vida para creernos más felices. Desde el bienestar que da el dinero hasta la satisfacción del trabajo que nos gusta. Pero recuerda, bienestar no es felicidad, y trabajo, siempre habrá, si haces las cosas más o menos adecuadamente, y eres capaz de adaptarte a las circunstancias. Disfruta el bienestar, cultiva tu trabajo si te gusta, pero agárrate a un amor que sobrevive al tiempo y los vaivenes emocionales. Es raro, muy raro, casi hasta el milagro, encontrar a alguien que nos haga felices.

Loading Facebook Comments ...

Escribir comentario

Últimos comentarios

  • Daniel:

    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

  • paco:

    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

  • Anonimo:

    Gracias... A veces siento que no valgo nada como persona y que soy insignificante. Supongo que no podre...

  • Víctor:

    Tuve la oportunidad de verla por primera vez en renta, sin palabras, la mejor película que he visto...

  • Mónica:

    Mi película favorita. Encantadora, tierna, profunda. Para mí se quedará así. Como ese amor de...

  • cris:

    Carmen, estoy de acuerdo contigo. Ninguna variante es inferior a otra. Un idioma que no cambia con el...

Escrito por Hector García Quintana