Los libros que me formaron III. El historiador

| mayo 8, 2020

Alguna vez quise ser traductor de inglés. Lejos quedaban entonces las lecturas de la biblioteca de Savina. La vocación apareció, primero por mi padre, quien luego de haberme instado a aprender ruso, cambió mi inspiración con una frase:

–Olvida el ruso y aprende inglés. Es lo que todos saben en el resto del mundo.

Pero fue Orlando, mi profesor de inglés de séptimo grado, quien provocó las ansias. Sus elogios públicos a mis –aun rudimentarias– lecturas de inglés me desconcertaban. Vio él, en aquel adolescente tímido e introvertido que gastaba su tiempo leyendo, un ejemplo del que presumir frente al resto de la clase. Mal que me pesara.

Mis lecturas de adolescencia ya habían empezado a ser conscientes y los libros que pasaban por mis manos eran muy disímiles y variados, aun marcado por la ciencia ficción y los policiales. Escuchaba música de forma ecléctica y sin método alguno, desde Los Zafiros hasta Michael Jackson, y veía mucho cine, hasta tres películas al día, si me dejaban. Pero más que nada leía, como un poseso. De lecturas juveniles salté a clásicos que luego marcaron parte de mi carrera como historiador.

Los sueños de ser traductor de inglés se acercaron cuando empecé la universidad de La Habana en Filosofía e Historia. Ya me cambiaré en segundo año, dije, pero no contaba con un detalle inesperado: la Historia me cautivó. Por motivos que me parecieron razonables y que hoy me lo siguen pareciendo, abandoné la idea de cambiar a la facultad de idiomas. Siempre supe que el idioma –los idiomas, puedo decir hoy– nunca me abandonarían, y la Historia me provocó otras lecturas que hasta entonces no conocía y no imaginaba.

Ser historiador obliga a la búsqueda de la verdad, incluso en un sistema ajeno a ella. Los profesores que tuve, de forma general, la buscaban. Fueron los mejores profesores posibles que podía tener en Cuba, y de todos aprendí cosas diferentes y algo en común: la ideología no ayuda a la búsqueda de la verdad.

Como lector las novelas históricas me brindaron una mirada hasta entonces no prevista. A la imaginación desbocada de las historias de ficción tradicionales tuve que sumar el rigor sobreentendido de una investigación histórica. La cabeza casi me estalla cuando vi lo que creó Henrik Sienkiewicz en Quo Vadis y luego Mika Waltari en todas sus novelas, pero en especial, Sinuhé, el egipcio. Hasta mucho más tarde no pude comprender que, en realidad, el truco consistía en usar la precisión histórica y la ficción para contar otros aspectos humanos más allá de la Historia.

Menos, pero igual de sorprendente, me pareció García Márquez con El otoño del patriarca, que además proporcionó una nota muy alta de la que presumir en la clase de Historia de América. Cien años de soledad revolucionó una visión que tenía, me obligó a mirar diferente a la carrera que había decidido, porque parecía un libro de Historia lo que era, en realidad, todo ficción.

La misma sensación, y aumentada, tuve con El señor de los anillos, porque mientras más leía, menos podía quitarme la incómoda sensación de que J. R. R. Tolkien había construido un libro de Historia cuando sabía que era una trama de fantasía.

Los amigos con los que compartía entonces eran estudiantes, futuros colegas. Nos pasábamos los mismos libros, y los comentábamos una y otra vez, pero siempre desde la mirada que brindaba nuestra profesión. Todo Cervantes, José Eustasio Rivera, Ricardo Güiraldes, Rómulo Gallegos, Fernando de Rojas, José Martí; y entre los más aprovechables para un futuro que aún no avizoraba, Juan Rulfo, Borges o Carpentier.

De los amigos de entonces Tania era la más increíble. Nunca supe cómo sacaba tiempo para tener buenas notas en Historia de África y Medio Oriente –sólo a modo de ejemplo, porque tenía buenas notas en general– y a la vez estar al día en las películas de estreno y conocer las últimas novedades de literatura. Aunque ella nunca lo supo, dado que no siempre le di la razón, tenía en cuenta su criterio porque escucharla era un aprendizaje constante.

De aquellas interacciones con Tania y otros amigos –menos colegas, aunque igual de lectores y brillantes– salieron lecturas de contemporáneos (Günter Grass, Patrick Süskind) y escritores de moda que no siempre resultaron útiles. De todos el que sigue conmigo fue El perfume, de Süskind, que aun utilizo en clases de escritura.

Más interesantes fueron los paseos por los mundos de Dostoievski, Tolstoi, (el conde, no el camarada), Thomas y Heinrich Mann, Hermann Hesse, Joseph Conrad, Goethe, Rulfo, Kafka, Stefan Zweig. A todos ellos les tengo en alta estima y siguen ahí para recordarme las metas a alcanzar.

En ese entonces si leí algunos autores cubanos, todos vinculados a la Historia, excepto, quizás el descubrimiento de Senel Paz y su cuento “El lobo, el bosque y el hombre nuevo” que luego sería el origen de la película Fresa y Chocolate; y por primera vez asumí las lecturas de Lisandro Otero y Alejo Carpentier. Por cercanía y entusiasmo de la novela histórica me adentré en las historias que proponía Alfredo Antonio Fernández, que aún sigue activo y escribiendo mejor.

Otros autores cubanos, que no fueran ensayos históricos, apenas conocí y los pocos que leí, no los tengo en la memoria; los libros que hoy recuerdo son los que me marcaron. No otros, para mal y para bien.

 

Texto previo: Los libros que me formaron II. Los empollones

Continúa en: Los libros que me formaron IV. Los talleres literarios

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