Los libros que me formaron IV. Los talleres literarios

| mayo 15, 2020

Un día descubrí que podía crear mis propias historias de ficción. No fue espontáneo y no recuerdo la totalidad del proceso, tan sólo la primera historia con pretensiones de trascendencia. Las creaciones previas apenas las guardo en mi memoria. Me dicen quienes sí recuerdan que eran textos con intereses de conquista, homenajes amistosos y algún diario de viaje; en fin, nada serio.

Cuando pude cometer el pecado de la creación no sabía nada de técnicas literarias, no había leído un solo libro sobre enseñanza de la escritura y jamás había mostrado ni leído públicamente un texto propio. Cuando lo hice el resultado fue desastroso; un texto lleno de lugares comunes, cacofonías y repeticiones, pero me dijeron que estaba bien contado argumentalmente y que no debería cejar en mi pretensión como escritor.

¿Dónde podía aprender? En los talleres literarios. Fui al primero por casualidad, gracias al reencuentro (por circunstancias ajenas a los libros) con uno de los amigos de la adolescencia quien también escribía historias de ficción. Nos dimos valor para asistir a uno de tantos encuentros literarios de la red de aspirantes a escritor que había (no sé ahora si existen) por toda Cuba.

Entrar a un grupo de gente con intereses creativos comunes provocó un cambio que, aunque esperado, fue extraordinario. Descubrir y compartir con gente que también construía historias y que recomendaban lecturas que yo no conocía o conocía sólo como lector pasivo o, apenas, con ojos de historiador fue de una riqueza que aun hoy no puedo calibrar en su totalidad.

A pesar de haber asistido a varios, solo dos encuentros literarios me aportaron ese tesoro: el Centro Dulce María Loynaz, en Pinar del Río, y el Centro Onelio Jorge Cardoso, en La Habana. En ambos hubo aprendizaje: uno de forma intuitiva, el segundo de manera teórica, pero en ambos pude aprender algo más que técnicas literarias; vislumbré el compromiso propio que significa ser creador, compromiso con tu obra y tus lectores, la búsqueda de un estilo y una voz propia, y el desarrollo de tu propia forma de escribir, alejado de ideologías o partidismos y pude hacer amigos que hoy en día aun mantengo, a pesar de las distancias geográficas e ideológicas. Más tarde supe que había tenido suerte porque esto no era la generalidad de todos los talleres.

Pude apreciar de forma transparente que la naturalidad por la levitación de Melquíades, la admiración que produce Sherlock Holmes o la empatía que sentimos por Ralskolnikov, era algo más que una simple impresión provocada por la lectura; había unos mecanismos técnicos, unos recursos estilísticos y prácticos que persuaden y estimulan a crear esa impresión, y yo podía aprenderlos y repetirlos.

Nunca dejó de sorprenderme el nivel cultural y técnico de la mayoría de los colegas con los que compartí entonces, las lecturas de las que podían presumir y los trucos literarios que mostraban en sus textos me dejaban con la boca abierta. ¿Cómo conocían estas cosas? ¿De dónde sacaban aquellos libros que no estaban en las bibliotecas? Fue esto lo que más ayudó en ese proceso, descubrir autores que, por motivos extraliterarios, jamás me habían ofrecido en clases o lo habían hecho de manera muy superflua o prejuiciada.

La política soslaya aquello que no la respalda, la dictadura lo prohíbe. Mi cerebro, el mismo que navegaba sin rumbo por Mompracem, Kumáon o el planeta Aurora, no se ajustaba a la idea de que había lecturas prohibidas. La colisión entre lo que me permitían y lo que necesitaba, me llevó a una búsqueda de alimentarme de lo primero. Kundera más que Ibsen, Camus más que Sartre, Vargas Llosa más que García Márquez, Borges más que Cortázar, Cabrera Infante más que Carpentier, Lezama más que Guillén. De cada uno de ellos aprendí algo, pero no puedes evitar una parte para conocer el todo; especialmente si la decisión es impuesta.

De aquellas lecturas el autor que más apuntó el camino por dónde debía transitar fue Mario Vargas Llosa, con su personal forma de narrar, su riqueza de lenguaje y su aparentemente inextricable forma de organizar las historias. No era consciente entonces, pero he puesto una meta en imitar a los grandes, en aprender de ellos para después crear mi propia forma de narrar y rivalizar con ellos. Los contemporáneos me dan igual. Pero con Vargas Llosa tropecé con un estilo y una riqueza que me costó años abandonar.

Pero todo no podía durar para siempre. Los talleres literarios, las escuelas de escritura y todo encuentro destinado a la enseñanza de otros autores y el debate y promoción de la literatura propia, son magníficos para el aprendizaje y el progreso de la carrera de un escritor. La concurrencia de voces diferentes enriquece, pero a la vez, si no se sabe salir a tiempo, se convierten en esquemas que es mejor evitar.

Esos encuentros me llevaron, sí, a aquella literatura extranjera, desconocida o poco conocida, que enriquecían el campo y aportaban el descubrimiento de lo novedoso, pero también llevaba un peso: algunas creaciones hechas por cubanos contemporáneos, a los que podías admirar como arquitectos, pero escasamente te ibas a deleitar con el edificio que construían. Sin darme cuenta estaba aprendiendo también a amar las herramientas, y no el edificio terminado.

Me di cuenta que mucho de lo que había aprendido lo asumía como objetivo y no como lo que era en realidad: materiales para construir. Pensemos en un delicioso plato de cocina, hecho de múltiples ingredientes que nada tienen que ver entre sí: en algún momento, las escuelas de escritura producen una receta, apetitosa si atrapas ciertos trucos, pero muchas veces pueden conseguir un plato que se cuece sin ingredientes originales, quizás comestible, pero no embriaga al paladar.

La literatura cubana que yo leí entonces, en su mayoría, era como ese plato: llenaba el estómago, pero apenas me producía placer. La gran ambición de los escritores cubanos que leía parecía ir más destinada a construir la gran novela estéticamente impecable y pura de la literatura universal, epatar con el lenguaje y estructuras complejas y, quizás, originales, pero habían extraviado el camino en algo fundamental, habían olvidado algo esencial de una historia: entretener; y no parecían pretender guiarse con la brújula.

Aún no sabía por qué, dado que no me había percatado del motivo, pero sabía que algo no funcionaba. Tenía que desaprender lo aprendido; no por inútil, sino por repetitivo, y un viaje inesperado a España lo cambió todo.

 

Texto previo: Los libros que me formaron III. El historiador

Continúa en: Los libros que me formaron V. Epifanía

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