Los libros que me formaron V. Epifanía

| mayo 24, 2020

En 2002 salí de Cuba hacia España y, aunque no lo sabía aún, sería para no volver. Emigrar es un arma de doble filo. Cruzar fronteras para mejorar la vida profesional no es, ni por asomo, lo mismo que dejar un país disfuncional y que no te va a recibir jamás de la misma manera. Inventas mil motivos para justificar un pretexto que tienen la misma causa, asumes que cortarás los asideros fundamentales de tu vida y, como fue mi caso, destruyes muchas naves que permitían el regreso. No es una experiencia agradable, al menos no siempre.

Este viaje fue, eso quiero creer, en medio de un proceso ascendente de mi vida profesional en la isla. Tenía libros publicados, alguno en proceso, un cargo de corrector en una revista literaria, y aun así mi vida era un caos económico y social.

Las infelicidades de tipo personal, las carencias económicas, la ausencia de libertad las suplía con la idea de que profesionalmente las cosas iban bien y mejorarían. Sin embargo, dos amigos diferentes, Joaquín Badajoz y otro cuya vida política actual me impide mencionar, cuyas miradas iban más allá de las fronteras, me hicieron ver la luz de que todo aquello era insustancial, temporal y poco útil. Si bien no dije nada entonces, me hicieron recapacitar. No era la primera vez que veíamos caer estrellas ascendentes.

La evolución emocional que experimenté al emigrar aun hoy no la he podido igualar. Tenía problemas; vivía bajo un techo prestado, no tenía un trabajo y sabía que debía buscar mi propio camino, pero las ilusiones no cabían en mi cuerpo. La suerte no dejó de acompañarme, a pesar de los obstáculos, los retrocesos, las pequeñas tristezas del día a día.

Gracias a dos escritores españoles, a quien aún hoy no puedo agradecer lo suficiente, gané algo de dinero dando clases de escritura por diferentes talleres literarios de Córdoba. Mi situación legal me impedía trabajar de forma clara, así que tenía mucho tiempo libre y un mundo de cosas por hacer y aprender. Mi día a día se dividió en ir a la biblioteca durante las mañanas y a la filmoteca por las tardes. Lo que pude vivir entonces fue la verdadera epifanía.

Cuando amigos y colegas madrileños me preguntaban tiempo después por qué considero tan importante esta etapa de mi vida les respondía que, en 2002, para un cubano con vida en provincias, sin ningún asidero familiar en el extranjero, salir de la isla era comparable a ir a la luna para cualquiera de ellos.

Mi vida pasó, por tanto, asistiendo a la biblioteca de Córdoba, y luego toda mi vida personal y profesional en España giró en torno a bibliotecas de Madrid. Las bibliotecas españolas me abrieron puertas físicas que devinieron espirituales, me invitaron a una exuberancia informativa y cultural que no había conocido. Ahí estaba gratis, al alcance de la mano, una riqueza, un tesoro revelador que muchos conocidos apenas notaban. Desde revistas sobre temas que parecían imposibles, novelas recientemente publicadas de montones de autores mundiales y artículos de escritores y periodistas que solo en sueños (y a veces ni eso) podía imaginar en Cuba.

Luego, la abundancia de información, los diarios para leer gratis en los bares, la vida parlamentaria que se veía en la tele, las tertulias políticas de la radio, hasta los programas de tele-realidad como Gran Hermano me ofrecían una información que para los que estaban a mi alrededor era irrelevante. Todo era nuevo, sorprendente e inusual para mí y de todo aprendía algo.

Más que nada me sorprendió que no existía, como me habían inculcado en el cerebro, una frontera real entre dos mundos enfrentados, que esa premisa sólo real en el socialismo donde había vivido. Bueno es saber que existe algo que no conoces y muy diferente es experimentarlo. Vivir en España, experimentar la libertad ajena a los intereses del Estado, acceder a un tipo de información y su contraria, todo fue como una epifanía.

Leí decenas de cuentos y novelas que no se publicaban (o apenas conocían unos pocos) en Cuba. Desde Octavio Paz, Cabrera Infante, Pasternak, Solzhenitsin, Kundera hasta Mario Vargas Llosa. Conocí por primera vez la existencia de un Bolaño, de Vasili Grossman, Arthur Koestler o Viktor Frankl, y la mayoría de la literatura norteamericana contemporánea, Kerouac, Foester Wallace, Roth, Barnes, Delillo.

Logré ampliar mis lecturas al ensayo. Pude leer libros de economía liberal que ni siquiera había visto, Von Mises, Hayeck, Friedman, pero a la vez El Capital, de Marx, en una traducción alejada de la que había leído en la isla, aquella incomprensible en español cubano que venía de un ruso que había traducido del alemán. En esta línea pude leer a Trotski y Gramsci, páginas del diario de Ernesto Guevara que se habían censurado en Cuba, los testimonios de Hubert Matos, Manuel Vázquez Montalbán, Carlos Franqui, Dariel Alarcón, y la lista sería inmensa.

Pero sigo leyendo novela. Es el género en que más persisto y me motiva. La novela histórica me sigue maravillando, aunque me quedé estancando en los clásicos. Como escritor, ya consciente de los trucos que se usan para presentar la realidad de otra manera y convencer desde la emoción, distingo que el truco de mezclar Ficción e Historia consiste en usar la libertad de la primera y la precisión la segunda, para contar otros aspectos humanos más allá de la Historia.

Por obligación profesional, para profundizar las motivaciones y métodos creativos actuales, he leído algunos autores muy vendidos. Pero reconozco que, más allá de su valor como contraposición a la novela clásica, muy poco me aportan. La mayoría de las simples estructuras ficcionales actuales, el modo repetitivo de caracterizar personajes y el uso de frases muy cortas y poco interesantes visto desde la riqueza del idioma, me obligan a volver a los clásicos.

Sólo un autor muy vendido leo una y otra vez sin remedio: Haruki Murakami. Sus novelas tienen algo que no sé explicar del todo y la mayoría de mis colegas que han intentado navegar sus páginas lo detestan. Yo mismo no entiendo por qué me gusta tanto. Cuando comienzo a leer sus historias lo hago con cabreo, incómodo por algún motivo claro: que si usa siempre al personaje este, que si esta historia sería mejor no haberla empezado así, que para qué había usado esa frase tan llana, pero al final no puedo parar de leerlo. Y siempre, cuando llego al fin de sus novelas me digo: ¿Cómo puede este brujo hacer que me queje de sus libros y llegue hasta al final para adorarlo? Eso es literatura.

 

Texto previo: Los libros que me formaron IV. Los talleres literarios

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