Mentir por piedad o la verdad a toda costa. Depuis qu’Otar est parti

| Abril 2, 2017

Lacie estaba obsesionada con que todos le dieran su aprobación. Cada vez que se cruzaba con alguien miraba en su teléfono las estrellas que le había dado en su red social. Cuando se cruzó con aquella conductora de camión que no tenía puntuación alguna en la red, se asustó.

Pero resulta que la conductora había dejado de prestar atención a la red. Había decidido un día que toda la aprobación y las estrellas que pudiera recibir no le iban a devolver al hombre que amaba. Así que decidió dejar de aparentar y decir siempre la verdad. A partir de entonces dejó de ganar estrellas y se convirtió en una paria social; pero feliz.

La verdad es aquella virtud que todos alabamos, pero rara vez podremos practicar en su totalidad. No es posible exponer siempre la verdad pues la propia sociedad, como a aquella camionera de la serie Black Mirror, enviaría a las galeras de lo antisocial a quien lo hiciera. Y, sin embargo, sigue teniendo un gran prestigio social la idea de practicarla, aunque quien lo predique esté alejado de ejercerla.

¿Y es bueno decir la verdad? Sí, pero no siempre. Quizás sea la primera reflexión de Depuis qu’Otar est parti, un filme franco belga dirigido por Julie Bertuccelli, donde la verdad no es precisamente apreciada. Y no puede serlo.

Ada, una joven estudiante georgiana, está obligada a sobrevivir y mantener a su abuela Eka, de 90 años, luego de que Otar, su tío e hijo de Eka, haya partido a París en búsqueda de una vida mejor. El conflicto se acrecienta cuando, mientras estaba con su madre Marina, reciben la noticia de la muerte de Otar. La decisión es simple: para los años que le quedan a Eka, es mejor no contarle la verdad, Es preferible fingir que el médico exiliado en París aún vive, que recibimos sus cartas y sigue trabajando en la capital francesa.

El argumento no es nuevo: inventar una ficción paralela a la realidad para ocultar una verdad dolorosa. El gran Julio Cortázar ejerció su maestría para contar historias semejantes en varios de sus cuentos: “Cartas a mamá” y “La salud de los enfermos” (una obra maestra de cómo se escribe un relato) son dos de los más referidos. Pero después el cine ha engrandecido la teoría de mentir por amor o piedad en filmes como La vida es bella o Goodbye Lenin, con bastante eficacia narrativa y estética.

El caso de Depuis qu’Otar est parti es mucho más interesante por la particular distancia narrativa que toma de aquellas dos, alejándose de ambas con un ritmo pausado, que permite la reflexión con algo de sosiego. Cuentan aquí los silencios, las miradas, los gestos sutiles como el roce apenas intencional de las manos, los encuadres de los objetos, todo ello hace de este filme una verdadera joya donde es difícil descubrir, para los menos atentos, los artificios que convierten una sugerente escritura literaria en una no menos insinuante narración cinematográfica.

Depuis qu’Otar est parti  es una historia apacible y terrible, historia de tres generaciones femeninas, donde los sueños, deseos, frustraciones y nostalgias se insinúan con la cámara más que con los diálogos.

Si bien existe una versión cinematográfica (Mentiras piadosas) de los cuentos de Cortázar que tratan el tema, y aunque se desconoce que Bertuccelli reconozca influencia, referencia o reconocimiento de la obra de Cortázar, esta película es la que mejor recoge el espíritu de “La salud de los enfermos”.

Como el cuento, recoge el viaje de Otar (Alejandro en el texto cortaziano) a París, y como en aquel sabemos muy pronto que el personaje principal ha muerto, porque es la clave para manipular emocionalmente al lector-espectador. Hasta aquí es una copia casi perfecta del relato de Cortázar.

Pero en lo que gana Depuis qu’Otar est parti es en retomar, como ya lo hizo Goodbye Lenin en colocar en la balanza el tema del comunismo, con una madre, que es seguidora de Stalin, y que se niega a reconocer los crímenes que ya todo el mundo ya sabe, y que ve en el capitalismo, el sitio adonde ha partido su hijo, como su gran bestia negra.

También como en el cuento de Cortázar, estamos ante la presencia de un personaje que ocupa toda la narración con su nombre, las referencias a él y toda su vida antes y después de partir a París, pero al que jamás vemos en pantalla. Una perfecta concepción de ese recurso técnico de la ficción que se conoce como personaje sugerido.

No pretendo destripar el final, pero es interesante el fuerte giro argumental de la historia hacia el final porque acrecienta aún más la compasiva idea de que a veces es mejor mentir por amor o piedad que destrozar una vida con una verdad dolorosa.

Es probable que mentir no sea moralmente aceptable, es quizás mejor decir la verdad por dura y devastadora que sea, pero esta historia nos obliga a pensar en la otra parte, aquella en que, desde el punto de vista moral somos deplorables, pero desde el punto de vista emocional, desde la capacidad para la empatía, de la comprensión hacia los demás, aún tenemos una posibilidad de salvación. Sabiendo además que, si aceptamos mentir por compasión, también debemos estar dispuestos a aceptar que nos mientan a su vez, y que aceptemos nuestra propia mentira, porque en la aceptación de ella, está nuestro propio escudo contra la dureza de la vida.

Se habla de aquella paradoja de Epiménides que dijo un día: “Todos los cretenses son mentirosos”. Siendo él mismo un cretense, habría que preguntarse: ¿decía la verdad? Un mentiroso sólo hace afirmaciones que son falsas, pero ¿qué pasa cuando la mentira ayuda a vivir mejor? Esta película nos obliga a pensar en ello.

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