Método de caracterización de personajes por la acción

| Agosto 6, 2010

Con respecto a este método es esencial no confundir acción y movimiento. El movimiento físico puede ser necesario para la acción, pero no siempre que se habla de acción debe existir por obligatoriedad movimiento físico. También tomados del cine son los términos de acción física y acción emotiva, que establecen muy bien la diferencia.

Muchas de las películas que se producen en el cine norteamericano están plagadas de acción física. Coches que colisionan en medio de las calles, bofetadas y tiros entre los buenos y los malos, explosiones a toda hora. Esta acción física casi ha degenerado en violencia y muchas veces se usa de manera flagrantemente gratuita e injustificada, como la famosa escena del Titanic en que el amante injuriado la emprende a tiros con su antigua novia y el nuevo amante, como si fuese más importante vengar su honra que salvar su vida.

De cualquier manera, el cine y el teatro, cuya estética recae en la imagen, ponen énfasis en la acción física, si bien los mejores conflictos, las películas que más permanecen en nuestra memoria son aquellas capaces de evidenciar la acción emotiva sobre la acción física. La realidad es que en toda obra literaria hay más acción emotiva que física aunque puedan estar unidas en determinados momentos.

Sería interesante que se prestara atención a este fragmento de El lobo estepario de Hermann Hesse. Su protagonista, Harry Haller, está caminando de noche por las calles con una desagradable sensación de vacío; está evitando llegar a su casa pues sabe que en ella podría pensar en el suicidio y entra en un restaurante donde «había ambiente de juerga, algarabía de muchedumbre, humo, vaho de vino y gritería». En este sitio donde la gente baila apretujado se ve empujado a una esquina y sucede esto.

“…en el diván junto a la pared estaba sentada una bonita muchacha pálida, en un ligero vestidito de baile, con gran escote, en el cabello una flor marchita. La muchacha me miró con atención y amablemente cuando me vio llegar; sonriente, se hizo un poco a un lado y me dejó sitio.”

Y más adelante:

“Me limpió las gafas; entonces pude verla claramente: la cara pálida bien perfilada, con la boca pintada de rojo de sangre; los ojos grises claros; la frente, lisa y serena; el bucle derecho, por delante de la oreja. Bondadosa y un poco burlona, se cuidó de mí, pidió vino, chocó conmigo y al propio tiempo miró hacia el suelo a mis zapatos.”

En este caso se mezcla la apariencia de la muchacha con sus acciones físicas –muy escasas– que son a la vez muy emotivas y que esconden, tras una supuesta timidez, un claro deseo de intimar con el desconocido, es decir con Harry. Posteriormente sabemos que esta muchacha es una prostituta, pero son demasiadas claves las que nos da Hesse para que lo sepamos sin que nos lo diga directamente.

Como último ejemplo de este método me gustaría que se fijaran en la magnífica presentación de Antonio Consejero que nos hace el narrador de La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, novela sobre la que volveremos más de una vez:

Primeramente nos hace una presentación del personaje por su apariencia y después nos introduce de lleno en la caracterización por sus acciones tanto físicas como emotivas:

El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil. Su piel era oscura, sus huesos prominentes y sus ojos ardían con fuego perpetuo. Calzaba sandalias de pastor y la túnica morada que le caía sobre el cuerpo recordaba el hábito de esos misioneros que, de cuando en cuando, visitaban los pueblos del sertón bautizando muchedumbres de niños y casando a las parejas amancebadas. Era imposible saber su edad, su procedencia, su historia, pero algo había en su facha tranquila, en sus costumbres frugales, en su imperturbable seriedad que, aun antes de que diera consejos, atraía a las gentes.

“Aparecía de improviso, al principio solo, siempre a pie, cubierto por el polvo del camino, cada cierto número de semanas, de meses. Su larga silueta se recortaba en la luz crepuscular o naciente, mientras cruzaba la única calle del poblado, a grandes trancos, con una especie de urgencia. Avanzaba resueltamente entre cabras que campanilleaban, entre perros y niños que le abrían paso y lo miraban con curiosidad, sin responder a los saludos de las mujeres que ya lo conocían y le hacían venias y se apresuraban a traerle jarras de leche de cabra y platos de farinha y frejol. Pero él no comía ni bebía antes de llegar hasta la iglesia del pueblo y comprobar, una vez más, una y cien veces, que estaba rota, despintada, con sus torres truncas y sus paredes agujereadas y sus suelos levantados y sus altares roídos por los gusanos. Se le entristecía la cara con un dolor de retirante al que la sequía ha matado hijos y animales y privado de bienes y debe abandonar su casa, los huesos de sus muertos, para huir, sin saber adónde. A veces lloraba y en el llanto el fuego negro de sus ojos recrudecía con destellos terribles. Inmediatamente se ponía a rezar. Pero no como rezan los demás hombres o las mujeres: él se tendía de bruces en la tierra o las piedras o las lozas desportilladas, frente a donde estaba o había estado o debería estar el altar, y allí oraba, a veces en silencio, a veces en voz alta, una, dos horas, observado con respeto y admiración por los vecinos. Rezaba el credo, el padrenuestro y los avemarías consabidos, y también otros rezos que nadie había escuchado antes…”

 

Más enCómo se escribe una novela. Técnicas de la ficción narrativa

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    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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