Método de caracterización por la apariencia

| Agosto 3, 2010

Esta técnica para caracterizar personajes literarios es muy importante, por una cuestión de pura lógica. La vista es el medio de percepción más desarrollado en el hombre. Se recibe más información no sensorial mediante la vista que por el resto de los sentidos. Cualquier aspecto físico es superficial y muchas veces subjetivo, pero somos seres materiales, tenemos un aspecto anatómico que no podemos negar, así que cualquiera de estos aspectos morfológicos deben expresarse para que el lector pueda percibirlos. Este método está muy unido al discurso y la acción, pero es la apariencia la que provoca las primeras reacciones en los demás.

De todas maneras son varias las formas en que se puede caracterizar la apariencia de un personaje, y no solamente por el sentido de la vista. Cuando apreciamos algo en la vida lo tratamos de hacer con todos nuestros sentidos. La risa, la forma de mirar, de tomar algo en nuestras manos, de beber, tener sexo, hasta el sonido de nuestra voz; todo ello también sirve para caracterizar como parte de la apariencia.

Quizá una duda muy razonable con respecto a este método es que no pocas veces las personas somos diferentes a lo que aparentamos, muy en especial si teníamos una cita de trabajo o nos vemos con alguien a quien queremos impresionar de manera positiva o negativa. No deja de ser cierto; y en la literatura, si buscamos este efecto en el lector, debemos, por lógica, exponer la apariencia del personaje de manera convincente para que el lector sea posteriormente sorprendido con la contradicción del juicio de valores que se había formado y la actitud que más tarde decide el personaje. En esta contradicción, que parece tan simple, puede estar la mayor carga del conflicto, de las motivaciones, o puede ser el centro de la verdad de nuestra historia.

De hecho, si nuestra intención no es asumir esta contradicción, mucha información podemos aportar a través de la apariencia sobre los personajes y su posterior actuación. No tenemos la misma información si vemos, por ejemplo una mujer de labios excesivamente pintados de rojo con un pintalabios a otra que los tenga igual de rojos pero manchados de sangre. Tampoco nos transmite el mismo mensaje un hombre vestido de traje y corbata caros, junto a una limosina, que otro con ropas sucias junto a un recipiente de basura.

Por todo ello es esencial tener en cuenta esta forma de presentación y no tomar a la ligera la descripción del aspecto exterior de un personaje. Veámoslo con algunos ejemplos muy evidentes. Primero, retomemos el momento en que el joven de El jugador presenta a Mademoiselle Blanche: «Mademoiselle Blanche es bella (…)», y el resto de las descripciones que ya leímos en páginas anteriores, y que muestran la naturaleza lujuriosa de la mujer frente a la que nos encontramos. Muy diferente de la manera en que Oskar Mazerath, este inquieto y sarcástico niño creado por el ingenio de Günter Grass, nos presenta a su abuela en El tambor de Hojalata:

Mi abuela no tenía sólo una saya, sino cuatro, una sobre la otra. No debe suponerse que usaba una saya y tres sayuelas; no, ella usaba cuatro sayas; una seguida de la otra, y las usaba todas de acuerdo a un sistema definido, es decir, el orden de las sayas cambiaba de un día para otro… La que ayer llevaba más abajo revelaba hoy claramente el diseño de su tejido, o mejor dicho su falta de diseño; todas las sayas de mi abuela Anna Bronski tenían el mismo color patata. Debía de quedarle bien.

Hay aquí dos presentaciones que por su apariencia nos dicen cosas diferentes de ambos personajes sin que haya una intervención demasiado rotunda del autor.

Aquí tenemos otra presentación de un personaje por su apariencia, esta vez de una joya cuentística salida de la pluma de Ambroise Bierce, Un suceso en el puente del riachuelo del buho:

Desde un puente ferroviario, al norte de Alabama, un hombre contemplaba el rápido discurrir del agua seis metros más abajo. Tenía las manos detrás de la espalda, las muñecas sujetas con una soga; otra soga, colgada al cuello y atada a un grueso tirante por encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas.

 

Más enCómo se escribe una novela. Técnicas de la ficción narrativa

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    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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