Mr. Pip. Literatura contra violencia

| enero 17, 2015

PIPSuelo recordar con cierta amargura un comentario de Mario Vargas Llosa sobre el escaso poder revolucionario de la literatura. Decía por algún sitio que no existen evidencias concretas de que un libro de ficción, una novela, pueda haber cambiado el curso de la historia. Y sí, tiene bastante razón, pero no toda.

Esta afirmación suelo cotejarla con algo que pasó alrededor de la publicación de un libro de escasa, o casi nula, originalidad, La cabaña del tío Tom, de Harriet Becheer Stowe; previsible y poco original, pero de una ternura y una humanidad que lo ha convertido en un clásico. Creó un impacto tal en la opinión pública que muchos se atreven a considerarlo un catalizador del fin de la esclavitud en los Estados Unidos.

En cualquier caso, no fue el libro quien terminó la esclavitud porque en esencia, tuvo que existir una casta de políticos que comprendiera la irracionalidad de aquella institución. Seríamos ingenuos si creyéramos que la ficción puede cambiar el mundo. ¿O quizás no?

Miraba Mr. Pip, el filme de Andrew Adamson, basado en el libro de Lloyd Jones –que no he leído, pero ya tengo en mi recámara– y comprendí que estaba ante una obra memorable.

Estamos en esta historia hacia los inicios de los años 90, en la isla de Bougainville, Nueva Guinea, en medio de una cruenta guerra civil que no nos deja respirar en nuestra silla del espectador. Los europeos que allí estaban salen en lo que pueden. El señor Watts, un hombre blanco, un desequilibrado (porque sólo un loco lo haría) se queda en la isla. Su argumento es que está casado con una nativa, pero hay algo de sacrificio en su decisión, algo más allá de su matrimonio o su propia vida, que lo ata a aquella isla.

Este hombre blanco, al que todos conocen como Ojo saltón u ojos saltones, se impone una misión casi imposible: hacer conocer a los niños de la única escuela de la isla, a un señor llamado Dickens, especialmente a través de un libro que se llama Grandes esperanzas.

Hay en Mr. Pip, más allá del regreso a las pantallas de Hugh Laurie luego del polémico House, el atractivo de una historia que por momentos parece realismo mágico, con dos historias, una real y una de ficción, que no tienen más punto de contacto que un hombre que lee en voz alta la segunda y una niña que está siendo transformada por ella.

Dos historias que, gracias al poder de una novela para agitar las raíces de la imaginación, terminan por contaminarse como vasos comunicantes, provocando el paso a un tercer argumento, uno que no se aprecia a simple vista, que ocurre en las mentes, aquel que permite derivar en un ser humano diferente gracias a la ficción.

La película tiene, bien es cierto, algunos elementos que podrían parecer inverosímiles, aunque luego se salvan por ese tono onírico, casi mágico, que ensancha toda la historia. Un onirismo que no impide la reflexión descarnada sobre la violencia, sobre la terrible maldad a la que, por desgracia, nos remitimos a veces los seres humanos para salvar nuestras diferencias.

Sí, quizás nadie pueda mostrar evidencias de que una novela haya cambiado el curso de la historia, pero luego de ver esta sugerente película uno se pregunta si alguna novela no habrá influido en alguna de las mentes que luego sí lo han hecho.

La emoción que transmite un libro de ficción, el poder sugestivo de una historia que nos obliga a la reflexión, ha sido un motor de increíble fuerza en la búsqueda de la felicidad, y por tanto en la acción que se deriva hacia su exploración.

De esta manera la alegoría de un personaje literario como Mr. Pip que termina por salirse de la novela de Dickens, que logra convertirse en una de las motivaciones más fuertes del cambio para varios personajes “reales”, es a la vez una invitación a someterse a las virtudes de lectura.

“Realmente no puedes simular leer un libro. Tus ojos siempre te delatarían; tus ojos y tu respiración. Una casa podría incendiarse y un lector absorto en un libro ni siquiera lo notaría hasta que el tapizado estuviera completo en llamas.”

No dejemos de creer que en algún sitio de este extraño mundo, allí donde no sabemos, alguien ha creado un mundo paralelo donde una novela puede cambiar el mundo.

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Comentarios (1)

 

  1. Vargas Llosa no es el único caso de escritor que ha relativizado el poder de influencia de la literatura en los cambios sociales, también Alejo Carpentier dijo algo parecido. Para él, esos libros eran El capital de Carlos Marx y El contrato social de Rousseau, sin embargo ahí están Oliver Twist de Charles Dickens y Los miserables de Victor Hugo y su repercusión en el sistema inhumano de los orfanatos y hospicios de Inglaterra y Francia, sin olvidar los rostros de Oliver y Cosette, que luego el cine ha inmortalizado.

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Últimos comentarios

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