Mujô

| Marzo 26, 2017


(fragmento de la novela
Un cello bajo dos lunas; inédita)

“En este día de primavera de tenue luz solar las flores de los cerezos me apenan, ¿por qué caen inquietos sus pétalos cual lluvia?”

 

–Es extraño y triste –dijo Hugo–. Tiene una belleza indudable, y sorprende la idea de comparar las hojas del cerezo con la caída de la lluvia, en especial en una estación donde sucede justo lo contrario. El cerezo está floreciente, la primavera está en su punto más alto y bello, pero el autor está triste porque piensa en algo que va pasar, se va a acabar la belleza que contempla.

–En realidad, la literatura es más melancólica respecto al Mujô. Los autores literarios miran más el declinar y la extinción que sus otros aspectos, más llamativos.

–Un poco triste –dijo Hugo mirándola con un rostro que parecía de conmiseración.

–Es lo que digo, es triste porque es literatura. Este verso está incluido en un libro del siglo X que estudiamos todos los japoneses en los colegios.

–Sin embargo –dijo Hugo devolviendo la hoja de papel–. Murakami cuando fue a recoger el premio de Cataluña era más optimista. Invitaba a ver la belleza en las cosas feas.

–Bueno, no exactamente la belleza en las cosas feas. Más bien, la esperanza en las cosas amargas o angustiosas. Mujô es más que la melancolía de la literatura por los cerezos que marchitarán.

–¿Por ejemplo?

–A ver si logro explicarlo. La idea original budista de Mujô es también nacimiento, devenir y desarrollo. Hay como dos caminos opuestos; uno, el que nos arrastra al declive y otro que conduce al renacimiento. La literatura se fija más en el primero, pero la palabra que nos acerca a esta filosofía se define en el diccionario como –buscó en el pequeño ordenador personal que siempre usaba en el aula y dijo–, bakanasa, que en inglés sería algo así como fugacity.

Mizuki se dio cuenta que Hugo buscaba en su interior algo que se le acercara a lo que ella decía. Continuó:

–Si buscamos Mujô en el diccionario Kójien, aparece como segunda opción –volvió a mirar la pequeña pantalla–, “que la vida es fugaz”. It’s something fleeting, non-eternal.

–Efímero… –dijo Hugo como si quisiera acercarse a un concepto que se escapaba a ratos.

Mizuki estaba sorprendida y algo satisfecha. Los hombres tienen la tendencia a hablar de sí mismos, a fijarse en sus logros y deseos, y las mujeres nos hemos acostumbrado a seguirlos, aunque no nos interese en absoluto aquello de lo que hablan. En realidad, de tanto que lo ha vivido, y que le han dicho sus amigas que no cambia con sus parejas o conocidos, que apenas le llamaba la atención cuando sucedía.

¿Por qué Hugo hacía lo contrario? ¿De dónde sacaba aquellas ganas de saber? ¿Por qué se interesaba tanto en algo que hasta hace tres días, en sus propias palabras, le era absolutamente ajeno?

Sentía impotencia porque ella misma era incapaz de explicarle con claridad lo que era aquella filosofía que su cultura arrastraba desde tiempos inmemoriales. Lo que explicaba era suficiente para él. Quizá, o eso parecía, le llenaba algunos puntos oscuros de cómo su país ha transformado el valor negativo que implica el Mujô en un valor positivo.

–Siento no ser de mucha ayuda. Yo misma no alcanzo a entender la totalidad del concepto. Lleva tantos años en la idiosincrasia de mi pueblo que nadie se pregunta sus orígenes. En la vida diaria del japonés, aun cuando estamos muy invadidos por el Occidente cultural, aun guardamos esta visión del mundo.

–Me tiene desconcertado –dijo Hugo–. Tiene una contradicción bella y estremecedora a la vez.

–Y está en todo. La gente se duele de lo fugaz, efímero y pasajero de las cosas, los sucesos, los fenómenos naturales, y casi toda la vida humana, hasta los sentimientos entre los seres humanos.

–Incluso, el amor…

Even, love… –repitió Mizuki.

Escuchar la palabra amor en los labios de Hugo la estremeció. ¿Por qué pasaba? No sabría decirlo. Había algo en su acento, o quizás que hacía tiempo no escuchaba aquella palabra, ¿o sólo era ella que anhelaba escucharla?

Cuando escuchó amor, fue como un chisporroteo. Aquella palabra que había decidido enterrar con las cosas diarias de la razón le hizo viajar a los 20 años. Vio de nuevo a Tsukasa, su cuerpo desnudo sobre ella que se dejaba entregar con cierto recato, pero sin rechazos. Se vio de nuevo acariciando su vientre, tocando con curiosidad su sexo, escuchando de sus labios aquella palabra que se parecía al “te amo”, pero que no tenían en japonés, admirando su inusual habilidad con la guitarra, él acariciando la punta de sus senos.

Miró a Hugo y observó en él algo de Tsukasa. Lo advirtió con desconcierto y cierta mortificación. A pesar de que había motivos para recordar a su examante con algo de rencor la comparación con Hugo era extraña e inesperada. No había nada contra Hugo y debería existir rechazo hacia Tsukasa.

Hugo no era un hombre normal. Lo encontraba varonil, pero tenía algo femenino que ella no sabía explicar y la aturdía por momentos. Era como si en el interior del cubano se debatieran dos mundos, como Yin y Yan, hombre y mujer, negro y blanco, y que se turnaban sin control ni perspectiva. ¿Quizás habría en él algo que explorar?

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    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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