Nobel concedido a la nada
Hector García Quintana | octubre 16, 2009
Centrémonos en cómo esto ha influido en la percepción de la Casa Blanca, cuyos enemigos, por cierto, con la excepción de Hitler pero no la del comunismo o Bin Laden, siempre fueron indultados y elevados a razón moral por la mala conciencia occidental; ¿la dictadura del proletariado?, ¿las Torres de Manhattan?: «Algo habremos hecho para merecerlo». Si Bush sufrió una de las más despiadadas campañas de odio y desprestigio de las que haya memoria, no fue solamente porque se tratara de un presidente espantoso. Es que además no encarnaba la superación de ningún colectivo/víctima, sino que más bien era una manifestación del hombre blanco eternamente hegemónico y culpable por definición. Por tanto, se le podía detestar sin remordimiento. Es más, odiarle constituía un alivio de conciencia.
Lo contrario ocurre con Obama, ante quien una sola crítica te convierte en racista y cavernario. Porque Obama surge como una gran oportunidad para que Occidente rebaje a través de él los complejos de culpa por los barcos negreros, por los latigazos en la plantación, por los linchamientos en Alabama, por el asesinato de Luther King y Malcolm X, por los autobuses con asientos sólo para blancos. Es tal la oportunidad, que ni siquiera importa que Obama jamás viviera una vida de negro: aun así personaliza la petición de perdón a los esclavos y al gueto, y ante él todo Occidente se comporta como Bernstein en su ático ante los Panteras Negras. Porque lo cool es reconocerse culpable. Amando a Obama de un modo irracional, desaforado, como de gruppi que tapiza la carpeta con un retrato de su ídolo, Occidente se siente mejor porque cree reparar los comportamientos de sus antepasados, de los que el tiempo actual se avergüenza.
Muchas actitudes occidentales sólo son comprensibles vinculadas a un complejo de culpa. Por ejemplo, el disparate de haber concedido un premio Nobel a un presidente que apenas lleva meses en el cargo y que, aparte de librar una guerra en Afganistán, no ha hecho nada más allá de lo retórico. Sólo falta que encima se lo crea y se meta en la cama con Yoko Ono.
Tomado de: Diario El mundo, 11 de octubre de 2009
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