Presos y presos
Hector García Quintana | febrero 25, 2010
por Carlos Alsina
Ha empezado el reparto. El primero llegó anoche, sin que el gobierno informara previamente del asunto, y los próximos irán llegando en los próximas semanas. Presos de Guantánamo en España. El favor que le hacemos a Barack Obama para que pueda clausurar ese centro de detención que ha funcionado como fosa séptica de la guerra de Afganistán, un campo de prisioneros capturados, o secuestrados, por la CIA en distintos países del mundo violando la legislación de esos países y a espaldas de la ley que, para los detenidos, rige en los Estados Unidos. El primer preso, que ya no lo es, está en España. Aunque el gobierno se niega a ofrecer información sobre su identidad alegando que la privacidad es obligada para que este hombre pueda rehacer su vida, se sabe se llama Walid Hijazi, veintinueve años, nacido en Gaza y emigrado luego a Afganistán. La versión norteamericana dice que fue reclutado por Al Qaeda y entrenado en los campos de adiestramiento que conserva la banda. Iba para terrorista, según esta versión, pero no llegó a entrar en acción porque se hirió en una pierna cuando le explotó una granada. Trasladado por los suyos a un hospital de Pakistán, fue entregado por la inteligencia de este país a los americanos. La versión de su abogado es distinta: Walid era un joven de Gaza que quería ver mundo y se fue a Pakistán a vivir su aventura. Pero nunca se entrenó con Al Qaeda ni aspiraba a convertirse en terrorista.
Sea como sea, Hijazi estaba libre de cargos desde febrero de 2008. Libre de cargos y a la espera de destino, es decir, a la espera de que algún país lo aceptara en su territorio. A España viene, por tanto, sin causas pendientes ni en Estados Unidos ni aquí, no supone, a decir de los gobiernos de Obama y Zapatero riesgo alguno para nadie, quiere rehacer su vida (ha dicho hoy Rubalcaba) y tendrá permiso de residencia para que pueda acceder, si lo encuentra, a un trabajo. Visto así, es una persona inocente que debiera gozar de la misma libertad que disfrutamos los demás residentes en España. Y, sin embargo, su libertad de movimientos estará restringida: no puede salir de España y será discretamente vigilado. Tanto él como los otros cuatro que restan por llegar.
Pregunta obligada: por qué. Si no hay cargos contra ellos, si no están ni buscados ni reclamados por la Justicia de ningún país, por qué se les impide viajar y se les aplican estas condiciones especiales. Sólo hay una respuesta posible, aunque no quieran admitirla en público no sólo nuestro gobierno, sino todos los gobiernos europeos que han dado un paso adelante para acoger presos de Guantánamo: lo que están diciendo, con estas restricciones que aplican a la libertad de los que vienen, es que, siendo cierto que no hay nada, hoy, contra ellos, si han pasado por Guantánamo será por algo. Que condenando la existencia de ese sumidero alegal y las torturas que en él se han practicado, tampoco se atreven a decir que los presos ahora liberados sean trigo limpio. Sólo así se explica que no traten a estos ex detenidos como al resto de los mortales inocentes. Obama, a todo esto, mantiene congelada su decisión de cerrar Guantánamo a raíz del atentado frustrado de Detroit, persuadido por sus asesores de que algunos de los presos yemeníes que fueron excarcelados han acabando engrosando las filas de Al Qaeda en Yemen.
De Guantánamo, de sus presos y de su escandalosa situación, se ha hablado mucho en España en los últimos años. De los otros presos que existen en esa misma isla, no en territorio americano, sino en suelo cubano, se hablado mucho menos. Ni siquiera se ha hablado mucho hoy, cuando una madre a la que se le acaba de morir el hijo, pide al mundo que reclame la libertad de los presos políticos de Cuba. La madre lo ha pedido, pero no parece que haya obtenido como respuesta un clamor de condena al régimen castrista. El hijo cuya muerte llora se llamaba Orlando Zapata Tamayo. Era albañil, era negro y era pobre. Llevaba en prisión siete años.
Detenido bajo la acusación de desorden público. Una excusa, como tantas otras, que utiliza el gobierno cubano para dar apariencia de legalidad a la represión de la disidencia. A Zapata lo detuvieron en la redada de 2003, aquella operación represiva en la que cogieron también a Raúl Rivero (y a otros setenta opositores) acusados de conspirar contra la patria colaborando con los Estados Unidos. La milonga habitual del régimen: los traidores que ansían convertir la isla en un estado más de Norteamérica. La coartada de los Castro para mantener la represión y negar la libertad de opinión a los cubanos. Zapata Tamayo inició en diciembre una huelga de hambre que, ochenta y seis días después, le ha costado la vida. La huelga de hambre es una opción que asume voluntariamente quien la realiza, a nadie le obligan a no comer. No es, por tanto, la huelga de hambre el asunto de fondo, sino la escandalosa situación de los doscientos presos políticos que están privados de libertad en Cuba por disentir de las consignas del régimen. El movimiento pro derechos humanos en Cuba dijo anoche que, a diferencia de lo que ocurrió en los setenta, cuando un dirigente estudiantil murió también en prisión por una huelga de hambre, esta vez el mundo iba a enterarse de lo sucedido y por eso la muerte de Zapata “sería un escándalo”.
Enterarse, se ha enterado todo el mundo. Pero no parece que, al menos en España, se haya producido ese escándalo. Por parte del gobierno se ha escuchado la voz de Manuel Chaves lamentando el déficit de derechos humanos en Cuba, una forma un tanto etérea de referirse a la muerte de un preso de conciencia, y la de Fernández de la Vega lamentando, a su vez, el trágico desenlace. Con papel de fumar ambos. De IU, que aún bebe los vientos por Fidel, no se ha escuchado ni media palabra, pero nadie la esperaba. Rajoy ha sido el más concreto, al enviar un telegrama a la madre del difunto en el que elogia la coherencia y dignidad que ha demostrado su hijo. Particularmente sangrante, e incomprensible, ha sido el silencio del presidente del gobierno, el presidente del gobierno de España, que hoy estaba en Ginebra predicando la abolición de la pena de muerte en todo el mundo. Es muy loable la campaña abolicionista que encabeza nuestro gobierno, pero en ese contexto resultaba no sólo oportuno, sino obligado fijar la posición de España respecto de los presos políticos en Cuba. No lo hizo el presidente. Y aunque Moncloa sostiene que en su discurso oficial hubo una velada alusión a la muerte de Zapata, fue tan velada que cuesta creer que fuera realmente una alusión.
Es evidente que Zapatero no comparte, no puede compartir, que se encierre a la gente por pensar distinto, razón de más para preguntarse por qué le cuesta tanto decirlo. Por qué le cuesta tanto cuando de Cuba se trata, porque hubiera sido el primero en denunciarlo si se tratara de un país distinto. ¿No es acaso el presidente quién sostiene, con buen criterio, que, entre países amigos, hay que decirse abiertamente las cosas que no se comparten? Hoy perdió una espléndida ocasión de aplicar su propia doctrina. A Fidel no hay que pedirle clemencia para los presos políticos. Lo que hay que exigirle es la libertad de todos ellos. No es clemencia. Es justicia.
Tomado de: El blog de Alsina. 24 de febrero de 2010
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