Rezo por un amigo contra el cáncer

| mayo 17, 2012

Debo rezar por un amigo sin creer en Dios. Nadie me enseñó a hincarme de rodillas, nadie me dijo que hay Cristos y santos debajo de figuras de yeso o porcelana a los que se les pide cuando un dolor consume las ganas de seguir, nadie me hizo repetir esa música que casi como una letanía empieza por “Padre nuestro que estás en los cielos…”. Pero voy a rezarte a ti, que no se si eres alguien o algo, que no te conozco y no sé dónde estás, por un amigo que lo necesita.

No sé a quién elevar mi voz, ni si en verdad debo arrodillarme, o acostarme bocabajo, si debería peregrinar a un sitio sagrado para calmar tu furia, si escalar una montaña como penitencia por mi amigo que no puede, o ayunar encerrado a cal y canto entre cuatro paredes hasta que me escuches.

Hago un rezo, Padre nuestro, si es que eres Padre, si es que eres nuestro, porque mi amigo tiene ganas de vivir, tiene una vida por delante, tiene un alma limpia, pero le has dejado un cáncer.

No voy a cuestionar las razones de esa penitencia. Sólo espero que no te incomode que ella –por que es ELLA y lo sabes– no tenga los gustos sexuales que algunos dicen que tú dices que deben tener las personas normales. Bien sabes si es que eres padre, que ella es tu hija, y bien sabes que sus gustos son normales.

Pido que dejes de emponzoñar su cuerpo, que remitas su mal, que permitas que vuelva a andar, que no se agote su aliento a los pocos pasos, que la dejes seguir nuevamente la vida plena y bella que tenía y que a nadie molestaba.

No te digo su nombre; quizás no pretende que lo largue a los cuatro vientos en esta queja que no sirve como rezo, pero me dicen que eres omnisciente, todo lo sabes, todo lo puedes.

Pon a prueba tu poder: dale vida, quítale dolor, inyéctale fuerzas para seguir, para elevarse, para volar como siempre lo hizo, para que siga pariendo ideas que destruyen oscurantismos. Abre tus manos hacia ella, ponla en el altar que se ha ganado, de los que persiguen y fabrican sueños, los que inician obras que abren puertas.

Y si el poder te lo impide, si tu misericordia es menos fuerte que tu deseo de condena, si decides que debe continuar hacia donde le has obligado, si no vas a dejar de escribir en aquellos renglones torcidos, te pido que alivies el camino, que le des luz para tomar la mejor decisión, que le recuerdes que ella es una, pero se debe a nosotros, que nos ha acostumbrado a su risa, a su acento salido de la musicalidad colombiana sazonado de un inglés neoyorkino que extrañaremos, a su alegría, sus manos abiertas al que padece, al que llora, al que necesitaba un aventón para salir de un lago oscuro.

No sé quién eres, no sé si existes, no sé si me escuchas, pero te pido: hazte conocer. Y si este extravagante, aunque sincero lamento llega a tus pies no te sientas obligado a escucharme. Escúchala a ella. Es su voz la que importa.

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