Socialismo a la cubana, ni socialismo, ni transición, ni nada

| agosto 4, 2009

Es muy pronto para poder sacar conclusiones sobre las palabras de Raúl Castro en el discurso pronunciado frente al parlamento cubano. Sin embargo dejó caer algunas afirmaciones que no deben pasar desapercibidas.

Esa idea de abordar cambios para perfeccionar el socialismo la lleva repitiendo desde que su hermano le pasó el bastón de mando de los destinos de la isla, y no parece que sea sólo un discurso de bienvenida hacia la galería.

Ningún país socialista dejó de serlo por la fuerza de las armas. La transición hacia la democracia en las dictaduras comunistas, y el caso interesante de la española a la muerte de Franco, contaron con el beneplácito de la mayoría de las fuerzas políticas que existían en el momento del cambio y lo hicieron con las herramientas y las leyes que tenía la propia dictadura de la que salían.

Siempre hubo un político, más o menos vinculado al viejo régimen, que asumió las consecuencias históricas de ser el responsable del desmantelamiento del viejo sistema. Por eso no nos puede sorprender que Raúl Castro, con sus limitaciones y ausencia absoluta de principios democráticos, pueda dar los primeros pasos para llegar a ese momento necesario e inevitable.

Sea transición hacia la democracia o viraje hacia un socialismo a la China, la mayoría de los cubanos necesitan ver que realmente se hace algo para dar la vuelta a la situación que les impide arribar al futuro que les vienen prometiendo hace 50 años y del que no han visto ni la ruta que los llevará hasta él.

Existe siempre una minoría importante que se resiste a los cambios y los políticos que han asumido la responsabilidad de estos han tenido que lidiar con reticentes y partidarios, ejerciendo pragmáticamente las medidas necesarias para la permutación de la sociedad y dando discursos de apaciguamiento que den la sensación de que no cambian las cosas o, cuando menos, que si cambian, es sólo para mantener lo que ya existe.

No es sensato, en cualquier caso, creer que Raúl Castro pueda ser ese político. Primero no lo han elegido, es la consecuencia ilógica del paso de poder de una dictadura. Segundo, no ha demostrado en absoluto que quiera reformar profundamente la sociedad cubana, apenas ha asumido medidas de maquillaje que no cambian el carácter antidemocrático de la isla caribeña. Y tercero, al formar gobierno no eligió a jóvenes como Carlos Lage o Felipe Pérez Roque de cierto tinte reformista –dicho esto con todo el reparo de lo que significa ser reformista en Cuba y el rechazo personal que nos puedan provocar alguna de estas figuras– sino a una caterva de ancianos reticentes a soltar el poder por todo lo que temen y pueden perder con él.

Su discurso no parece ser la estrategia del político que quiere reformar el socialismo para asumir el cambio hacia la democracia, sino la expresión pública de su convencimiento de que se deben cambiar cosas para intentar hacer funcionar el sistema que ha demostrado por más de 80 años que nunca ha funcionado en ningún país del mundo.

Lo peor es intentar hacer cambios sociales sin hacer cambios económicos. Recortar gastos de salud y educación, combatir la corrupción, y dialogar con Estados Unidos sin querer asumir cambios, no parecen ser las medidas más urgentes que necesita Cuba para salir de su crisis endémica.

Otra cara tiene instaurar de una vez, y respetar con todas las garantías, la propiedad privada y el libre mercado, como también ha insinuado Castro en el discurso. Pero es de temer que estas medidas estructurales que a la larga conllevarían un posible cambio político, no será asumido por la gerontocracia que gobierna Cuba.

Si el cubano pierde la gratuidad de la salud, se siente perseguido por “resolver” para mantener a su familia, y no le dan herramientas para mejorar económicamente y poder pagarse la “nueva salud” y dejar de mantener a su familia a través del mercado negro, mal irán las cosas para el futuro de la isla. Aunque lo de ir mal viviendo en el socialismo sea una redundancia pesada.

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