Un insólito ganador
Hector García Quintana | junio 2, 2010
Mariano Rajoy es un ganador infrecuente. El líder del principal partido de la oposición española es (para la mayoría de las personas que conozco) un tipo soso, sin carisma, poco agraciado, que molesta con su acento de eses arrastradas, que a la mayoría de la gente no acaba de gustarle, que pertenece a un partido que, incluso quienes le apoyan y le votan, lo hacen en silencio para que no los acusen de fachas, que ha perdido dos elecciones a la presidencia del gobierno. Y con todos estos obstáculos, sigue siendo un tipo difícil de derribar.
Ha sido mil y una veces cuestionado, ha sido puesto en el punto de mira, casi a punto de apretar el gatillo, y ahí sigue siendo el caballo ganador del Partido Popular español y cada día con más papeletas para ser el próximo presidente de España.
No todo lo ha perdido. Ha ganado dos convocatorias importantes: las elecciones al parlamento europeo y una mayoría absoluta en las elecciones gallegas cuando todos los sondeos decían que el Partido Popular las perdería. Pero esto suele olvidarse con bastante frecuencia por aquellos que le critican tanto si habla como si calla.
Por mi parte no creo que tenga tantos defectos como dicen sus detractores. Creo sí, que pertenece a un partido que tiene demasiadas anclas en el pasado, pero que intentan de salir de él, y Mariano Rajoy es un puntal de ese despegue. Creo que es un candidato poco eficaz, es decir, es un opositor de poca efectividad, un debatiente demasiado “gallego”, que intenta estar todo el tiempo en buenas con la mayoría de los que le disputan ideas. Tiene ante sí el que probablemente sea el peor presidente de la democracia en España, y aún así la percepción de la opinión pública es que no es un triunfador.
De hecho, las encuestas le han sido favorables por primera vez cuando la debacle de la política socialista ha salido a la luz antes de lo previsto, y sólo cuando el presidente del gobierno ha reculado –o lo han obligado a recular– en su política de gasto social a costa de dejar en negativo el déficit español.
Tampoco parece una virtud en él esa forma de dejar que las cosas se resuelvan solas, que se pudran hasta que consigan reventar sin su intervención. Si siempre actuara así podría ser un lastre para gobernar bien un país. Pero hasta ahora esa política le ha dado resultado y no parece que sea del todo errónea. Y tampoco deberíamos dar por sentado que sería el mismo como opositor, que como presidente: miren si no al actual inquilino de La Moncloa.
No digo que Rajoy sea el mejor opositor, tampoco que sea la mejor opción de las posibles en el principal partido de la oposición para próximo presidente de España, pero cualquiera que lo sustituya sería igual de cuestionado, sólo por ser del partido al que pertenecen. Y creo que si es un mal opositor –extremo que cada día creo menos, dadas las actuales circunstancias– podría ser un mejor presidente para España.
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