Caracterización de los personajes. La importancia de los secundarios

| junio 4, 2010

Los personajes secundarios, aun cuando, no sean los que más interactúan con el lector, también deben tener toda nuestra atención y regirse por este patrón de caracterización. Por supuesto que no todos tendrán igual tratamiento. Existe en la literatura algo semejante a lo que en el cine se llama actores de reparto; personajes cuya intervención no es vital para la buena marcha de la historia. Un cartero puede traer una carta que constituya un asunto de vida o muerte para el protagonista, pero no por ello es necesario contar la vida de ese cartero. El botones de un hotel puede salvar la vida del protagonista pero, a menos que su relación después sea más directa, tampoco es necesario conocer detalles de su personalidad.

Hay, empero, secundarios esenciales que si no convencen podrían malograr la evolución de un buen texto. La agudeza de Sherlock Holmes, que sería un magnífico ejemplo de personaje protagonista, no sería tan brillante si no tuviese una contrapartida ingeniosamente creada en el doctor Watson, y lo mismo podría decirse de la fantasía del Quijote sin la sencillez y la rusticidad de Sancho.

Es recomendable conocer a nuestros personajes como parte de la familia, o mejor, como a nosotros mismos. Puede ser de mucha utilidad el uso del método de actuación de Stanislavsky para el teatro. Según Stanislavsky, se debe lograr una caracterización vívida y una repercusión del interior del personaje.

Por ello es vital inventarle un pasado, otorgarle rasgos físicos, espirituales: cuándo tuvo sexo por primera vez, su relación desde la infancia con los padres, con sus amigos, con sus compañeros de clases, sus apetencias más pequeñas, sus vicios, virtudes y defectos. El escritor, por una reacción lógica, establecerá una especie de paralelo entre su vida pasada y la vida del personaje; aportando datos de su propia vida, intentará explicar actitudes presentes de su personaje, justificando aquellas cuyo origen están en el pasado. Quizás el personaje tenga miedo al agua porque vio morir a su hijo mientras se ahogaba sin poder hacer nada por salvarlo; o es misógino porque su madre le pegaba cuando chico.

Muchos de estos detalles quizá no aparezcan en el relato pero favorecen en el proyecto de crear un personaje consistente, es decir, con una personalidad específica, con márgenes lógicos dentro de los cuales actuará.

¿Pero es que en realidad siempre actuamos según nuestra personalidad? Por supuesto que no. Muchas veces hemos conversado con algún conocido sobre la actitud sorprendente de X ayer o la semana pasada. La sorpresa viene dada porque nos hemos creado un patrón de conducta de X y según el cual creemos que siempre actuará. Esto es algo que hasta los horóscopos ya tienen en cuenta a la hora de conformar sus predicciones.

No es raro que en cualquiera de estas supuestas predicciones o características de los signos del zodíaco podamos leer: «Los nativos de este signo poseen un carácter amable, solícito y comprensivo. Pero a veces, sin causas válidas, son malhumorados, caprichosos e irritables, llegando en ocasiones a negarse a hablar en absoluto». Este fragmento está sacado de uno de los tantos horóscopos que hay en Internet y corresponden a un signo específico que me abstengo de mencionar. ¿Duda alguien que ésta forma de reaccionar pertenezca a su propia personalidad?

La personalidad humana es compleja. No es posible negar que actúa según patrones, lo que le da consistencia, pero tiene momentos de inconsistencias. De ahí su complejidad. Y la literatura debe reflejarlo porque le da verosimilitud a un personaje. Aristóteles —siempre volvemos a él— llamó a esta norma consistencias inconsistentes.

Y es que en la realidad hay mucho más que las acciones visibles. Lo que realmente importa es lo que los individuos esconden, aquello que se abstienen de presentar en público. Aquello que rompe nuestra imagen o nuestra forma de verlos.

 

Más en: Cómo se escribe una novela. Técnicas de la ficción narrativa

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