Armador de puzles, no lector del aire

| febrero 1, 2015

puzzle_amor“La vida es dura. Se supone que es dura. Si no sufriéramos, no aprenderíamos nada, ¿no?”

Richard Linklater

Estoy rota, dijo, y mi hombro fue un escalón. Estoy rota, insistió, pero igual no importó: soy bueno armando puzles. Y puzles armé. Hasta que estuvo entera. Un montón de piezas regadas por el suelo, que con la paciencia de la rama que crece, devino flor, y casi primavera. Entonces el oficio no sirvió, y quiso enseñarme a leer el aire.

No existe más deber y derecho que amar y ser amado, pero nos empeñamos en evitar que nuestra vida pueda girar en torno al otro. Y el amor pasa, las ganas se diluyen, y el viento pasa fácilmente donde antes había granito. Pero la regla se mantiene intacta en medio de un mar de tormenta: amar y ser amado.

No existe más absoluto que la felicidad. ¿Es que no logramos comprender que casi todo lo que hacemos es una manera de que nos amen un poco más? Sigamos negando, sigamos diciendo que somos libres e independientes. Sigamos abriendo los brazos cuando deberíamos abrazar, soltando las manos cuando deberíamos sujetar, cerrando la boca cuando deberíamos besar.

El tiempo hace pasas de una uva, ruinas del castillo, y aquí seguimos empeñados en planear estrategias como un general; buscar puntos débiles para seducir, para triunfar. Encontrar flancos donde aguijonear para evitar ser atravesados.

Lograr la meta es ansiado como lo más transcendental, pero, ¿qué pasa cuando nos apartan de lo alcanzado? ¿Qué, si lo que nos llevó a la cima, parece reliquia?  Armado el puzle, ¿qué hacer si nos obligan a mirar a otro lado? ¿Será que la felicidad no es terminar el puzle, si no el hecho mismo de armarlo?

Estoy rota, dijo; y puzles armé hasta que el oficio fue reliquia. Enséñame a leer el aire, dije entonces, pero al final no quise leer el aire. No quiero leer el aire para estar en sus entrañas. Si algo se debe leer, es mi mano en su hombro, o la suya en el mío, mientras se dibuja la flor, o la primavera. No existen sobreentendidos en el amor, y si los usamos lo matamos.

Mirando su silla vacía me doy cuenta: hice bien dejándola ir, dejándola ser feliz sin mis lastres, ni yo con los suyos. Sigo mi camino, buscando donde haya otros puzles que armar. Disfrutar del acto de armar, construir, edificar; hacer primavera, amar. Armar puzles ajenos es una tarea feliz, mientras seamos incapaces de armar el propio.

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  • Daniel:

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