Escritores que se ocultaron del público. David Uclés y un aprendizaje

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J. D. Salinger

Me doy cuenta que todos hablan de David Uclés. Él lo ha buscado y lo ha conseguido, y todos hemos ido entrando al trapo y cayendo en la red que se ha tejido en torno a su figura pública. Y yo voy a hacerlo, pero trataré de elevarme sobre el problema para darte algunas ideas generales que he aprendido sobre esto de crearse un personaje público para lidiar con la masa, sean los seguidores y/o la opinión pública. Al final es inventarse un yo hipotético para lidiar con la fama.

A Uclés no lo conozco y no pude leerme su primer libro. Pero antes de que me saltes encima, lo intenté. Igual es mi problema, pero me pasa a menudo con las novedades, lo cual es una contradicción conmigo mismo, porque cada libro que escribo y publico es también una novedad.

Mi problema viene porque mi formación es, casi exclusivamente, basada en clásicos. No es una postura oficial, ni siquiera fue una decisión consciente. En La biblioteca del disidente explico la suerte que disfruté cuando era niño, de tener una vecina, Sabina, con una biblioteca llena de libros de Emilio Salgari, Jules Verne o Jack London. Bastaba con terminar “La isla misteriosa” y devolvérsela para poder llevarme los cuentos de Grimm o Andersen. Y luego, siendo adolescente y ya adulto, tras descubrir que podía encajar una palabra tras otra para crear mi propios mundo ficcional, me adentré en un mundo de grandes obras clásicas, donde de cuando en cuando, leía alguna novedad.

Así que aprendí a ser tolerante ante todo tipo de obra de ficción y, aunque no reniego de Los pilares de la tierra, de Ken Follet, El niño del pijama de rayas, de John Boyne o Reina Roja, de Juan Gómez-Jurado, para mí resulta tedioso leerme un libro que no me creo. Y el estándar de lo que necesito creerme (créeme), es bastante alto.

Ya he escrito alguna vez que Los pilares de la tierra es un libro reiterativo, lleno de explicaciones innecesarias, y desvíos argumentativos, que trata al lector como si fuera imbécil, y eso llegado a la página 40 a mí me resulta insoportable.

También he dicho que El niño del pijama de rayas tiene una de las peores caracterizaciones de personajes que recuerdo, con un protagonista cuya caracterización desentona artificialmente con su actuación, tanto que llegado un momento de la novela ya no me creo la historia que cuenta.

Hay otros casos en que el final está cantado desde la página 30 y la gente sigue leyéndolos. Así que he asumido, tras muchos intentos de lecturas en novedades y superventas, que el problema es mío.

En el caso de Uclés y su primera novela noté enseguida los trucos literarios. Y como dije, no he leído su último libro, probablemente no lo lea pronto, aunque haré todo lo posible por leerlo, como intenté con el primero. Espero tener más suerte que con ese.

Lo que me llama la atención del caso Uclés es ese personaje público que se ha inventado para promocionar su obra. Podría decir, para lidiar con la fama, que no es lo mismo, porque puede que te inventes un tú que no eres tú y decenas de trucos para vender un cuadro, una película o una novela, pero luego te encante que cada vez que sales de un coche tengas una cohorte de gritones que coreen tu nombre.

Hay otros que asumen (asumimos) la fama como una consecuencia incómoda y necesaria de poder decir lo que crees con tu propia voz y tu propia pluma, pluma de escribir, me refiero.

Pero en el caso de Uclés queda claro que su barba, su boina y su ropa de hípster con pantalón atado por una cuerda, ha sido un uniforme, muy bien concebido, para recorrer España, presentando su libro, mientras cantaba tocando varios instrumentos.

Y no existe ninguna crítica en eso. Cada artista tiene derecho a vender su obra o lidiar con el vulgo y la prensa como quiera. De hecho, puede llegar a ser recomendable en no pocos casos, para vivir en paz sin periodistas esperando fuera de tu casa o algún loco que pretende alcanzar la fama haciéndote daño.

Crear un personaje público para sustentar una obra artística o soportar la fama a veces es necesario. Sobre todo, para gente tímida, o que una vez lo fue, como es mi caso, que no dejamos de crear, pero nos avergüenza estar en la boca de la gente.

Hay no pocos artistas y escritores que lo hicieron. ¿Y qué escritores se crearon un personaje público para lidiar con la fama cuando en privado no eran como el personaje que representaban en público?

Primero Oscar Wilde. Construyó deliberadamente la figura del dandi ingenioso, exagerado, brillante. Esa máscara le permitía decir verdades incómodas bajo la forma de chiste… Bien es verdad que, a la larga, el personaje dejó de servirle como parapeto y lo pagó con prisión.

Recuerden a Truman Capote.Su voz afeminada, su extravagancia y su ingenio mordaz fueron una performance consciente. Él mismo decía que había “creado a Truman Capote” como personaje para moverse en la alta sociedad.

Lo mismo que ambos, hizo Francisco Umbral, sin la voz afeminada, pero su personaje público, punzante y algo agresivo, contrasta con las personas que conocieron su amabilidad en privado. En España ya es más que conocida su famosa frase: Yo vine aquí a hablar de mi libro, en un programa donde consideró que se hablaba de todo menos de su última obra publicada.

Muy llamativo es el caso de Fernando Pessoa, que más que una personalidad pública, se inventó heterónimos completos (Alberto Caeiro, Álvaro de  Campos, Ricardo Reis…), cada uno con biografía, estilo y visión del mundo. En público era discreto y gris; su genialidad vivía fragmentada en otros.

Y hay casos extremos en J.D. Salinger, que tras el éxito de El guardián entre el centeno, adoptó el personaje del ermitaño, el tipo huraño que odiaba la humanidad (y quizás hasta lo hacía en serio). Lo cierto es que, el silencio y el aislamiento se volvieron su identidad pública, en parte para proteger su obra y su vida privada.

Y otro caso extremo es Elena Ferrante. En activo y vendiendo libros como merengues, pero que no sabemos quién es. El anonimato como personalidad. Su “yo público” es precisamente no existir: entrevistas por escrito, cero apariciones. El misterio funciona como escudo frente a la exposición y como gesto político-literario.

El problema de David Uclés es que, en su caso, pienso yo, el personaje que creó se le escapó de las manos. Mientras estuvo vendiendo esa figura que caía bien o daba pena por ser una especie de víctima del capitalismo por ser artista, de izquierda y homosexual, se le subió a la cabeza cuando empezó a demostrar esbozos de ser un ultra intolerante, es decir, cuando niega a los que él considera culpables de su destino, aunque no le hayan hecho ningún daño, ni tan siquiera sepan quién es él.

Y otra vez, no pasa nada con ser ultra y de izquierda o de derecha, lo que importa es que esa intolerancia hacia los demás, la hayas mantenido siempre en el personaje que te creaste. Porque la volubilidad intelectual es insoportable, cuando ya una vez te hayas presentado con la personalidad de chico tolerante que vende novelas, y, a la larga, termines siendo un ultra que niega el diálogo, o tan simplemente, la coexistencia, a otros que piensan diferente.

En su caso es peor, cuando decides con un discurso intolerante en redes sociales, no asistir a sitios donde se piensa diferente a como lo haces tú con argumentos que quedan desmentidos por exposiciones públicas de hace 6 meses del propio personaje que te fabricaste.

Y es aún más terrible, cuando te cuestionan por esas contradicciones y cambios de punto de vista y balbucees sin saber argumentar tu posición para terminar diciendo alguna majadería como yo soy así ya está. Lo que deja expuesta tu falta de argumentación y quedes como un simple intolerante con alergia a la palabra.

¿Cuál es la moraleja? Aquí hay un aprendizaje para escritores amateurs: Si te creas un personaje público para, como dije antes: “sustentar una obra artística o soportar la fama”, al menos trata de que ese personaje no entre en contradicción evidente con tu propio personaje del pasado.

Si entras en contradicción contigo mismo, como persona, no es tan importante, siempre que te guardes de ser tú mismo frente al vulgo, pero en el momento en que dejes que ese ser que eres tú mismo salga a la luz, todos van a hacerte recordar la diferencia entre lo que dijiste hace 6 meses y lo que dices ahora.

Y créeme, no es tan importante que seas un sectario, un intolerante o un fanático de una ideología, lo que no soportan la mayoría de la gente normal es que seas una veleta ideológica, que te conviertas en un voluble que no vive como piensa, aunque no sea tan importante. Ojo con ese que se caga en el capitalismo mientras acepta un jugoso premio y publica en uno de los más grandes emporios editoriales y con más pasta de España.

¿Se puede cambiar de opinión? Sí, es hasta necesario si la realidad te quita la razón, pero una cosa es cambiar de opinión y otra, ser un oportunista que cambia sus preceptos, según vuele el viento. Y, más que nada, sobre todo, que los demás lo noten.

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