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Estuve reflexionando sobre el famoso experimento del Washington Post con el violinista Joshua Bell. En 2017 Joshua Bell, ataviado con unos vaqueros, una camiseta de manga larga y una gorra, tocó su Stradivarius de 1713, valorado en 3,5 millones de dólares, en L’Enfant Plaza de Washington ante las 1097 personas que suelen pasar por ese lugar y a escasos metros de él durante su actuación en ese día.
En los 43 minutos que tocó, muy pocas personas se detuvieron siquiera unos momentos a escucharle. En total, fueron 7 los individuos que se pararon y 27 los que decidieron pagarle algo; Bell recaudó 32 dólares y 17 céntimos. La cifra está muy alejada de los 100 dólares que los espectadores pagaron tres días antes por asientos de categoría media, que no son los más caros, en el Boston Symphony Hall, que registró un lleno completo.
La reflexión es ¿sabemos apreciar la belleza en un contexto y en un momento inapropiados? ¿Admiramos el arte por lo que digan los demás? ¿Hay algo que valide el arte más allá de algunos criterios estéticos? ¿Pasaría lo mismo si quien lo hiciera fuera Bad Bunny? Mientras veía la conferencia La magia de la música en el cerebro, de Manuela del Caño. Me vinieron unas cuantas reflexiones sobre el tema. Os las comento.
Veía la conferencia La magia de la música en el cerebro, de Manuela del Caño. Merece la pena que la veas. Explica la estrecha relación entre la música y la neurología. La música, como actividad compleja que activa numerosas áreas del cerebro relacionadas con la memoria, las emociones, el movimiento y la atención. Todo orientado a exponer como el cerebro humano está preparado desde edades tempranas para procesar la música, utilizando diferentes regiones cerebrales que trabajan de forma coordinada.
En un momento habla de cómo reaccionan nuestros cerebros con el reguetón. Y dice esto que resumo:
La diferencia entre la partitura del reggaetón y de una partitura de una sonata de Bach, es que el reguetón es “pun chin pun chin pum chin pun chin pum” ¡y ya está! Así hasta que se aburran. Y esto otro es todo lo de Bach. Y uno tiende a pensar, “pues lo de Bach tiene que ser buenísimo para el cerebro, ¿no? Pues muy complejo.” Bueno, pues los científicos cogimos a personas, les pusimos en una resonancia magnética, les pusimos distintos tipos de música y ¡oh sorpresa! El reggaetón es la música que más partes del cerebro activa.
Respecto a la música clásica, respecto al folklore, el reggaetón activa más al cerebro. La explicación de esto todavía no la tenemos muy clara, pero parece ser, lo que sí sabemos es que el cerebro ha evolucionado para predecir, porque si predice se puede preparar para lo que venga. Lo que necesita el cerebro es predecir lo que puede venir después, para prepararse para ello. Si tú predices que ese mamut te va a investir, pues coges y sales corriendo. Entonces, lo que nos ha salvado es que nuestro cerebro puede predecir. Pues bien, en la música, el reggaetón se puede predecir. “pun chin pun chin pum chin pun chin pum” . El cerebro sabe lo que viene después y eso le viene bien. En la música de Bach es imposible porque cuando crees que estás en una tonalidad, se va a otra tonalidad, cambia totalmente el ritmo. Imposible. Entonces, el cerebro, cuando ve que no puede predecir lo que viene después entra en un estado que se llama la Red Neuronal por Defecto. Y es cuando el cerebro ve que no puede predecir nada; se va por ahí y, entonces, se desconecta.[1]
Lo más importante de este argumento es que cuando estamos prestando atención a algún fenómeno externo y el cerebro no puede predecir lo que viene después de lo que estamos viendo, escuchando o sintiendo en general, se pierde en la Red Neuronal por Defecto (DMN, por las siglas en inglés de Default Mode Network) es decir que el cerebro como que se apaga o se aburre y dejamos de prestar atención. En términos científicos sería que el cerebro entra a realizar actividades por defecto que tienen que ver con mantener el equilibrio físico del cuerpo, pero no se entretiene en interpretar lo que no entiende o no puede predecir. Como que entra en piloto automático. Y esto, según Manuela del Caño, nuestros cerebros lo hacen más con la música clásica de Bach que con el reguetón.
Este descubrimiento es interesante porque permite, como ella misma dice, hacer revivir a determinados pacientes con problemas graves de afectación de memoria, muchos ya desconectados de la realidad, revivir momentos de su vida vinculados a una música concreta y poder tener un momento de lucidez. La música, explica del Caño, no solo es una forma de arte, sino también una herramienta útil para la rehabilitación cognitiva y el tratamiento de algunos trastornos neurológicos. En definitiva, la conferencia muestra cómo la música tiene un gran impacto en el funcionamiento del cerebro y en el bienestar de las personas.
Si has visto el primer capítulo de la serie Brilliant Minds, protagonizada por Zachary Quinto, (sacari cuintou) recordarás que usan este proceso para revivir la mente de un pianista de jazz para que pudiera tener un momento de despedida con su familia, en especial en la boda de su nieta.
Sin embargo, el argumento de que un cerebro se activa más con música ruidosa y pegadiza que con una música compleja y elaborada, tiene varios problemas más allá de lo obvio. El primero es que toda la música clásica no es Bach o Shostakovich, autores donde hay piezas de alta complejidad musical y ejecutiva. ¿Respondería igual el cerebro ante Las estaciones, de Vivaldi, que en su época era considerado como lo que hoy llamamos música ligera? Es difícil que un cerebro normal no sepa predecir los acordes simples, pero atractivos de La primavera. Pero incluso así, estoy dispuesto a aceptar que se activen más zonas del cerebro con Bad Bunny que con el Himno de la alegría, de Beethoven.
El otro problema que veo más importante en este argumento trataré de explicarlo de forma simple para que juntos lo entendamos. Me pregunto si sería sensato tratar de generalizar a todos los cerebros un proceso que debe tener algún tipo de porcentaje repetitivo.
Sabemos que la base de la ciencia es la repetición constante de un mismo proceso. Este ejemplo lo he expuesto otras veces: si de cien veces que dejas caer una botella de vidrio al suelo, 90 veces se rompe, la explicación científica es bastante simple, el vidrio es débil ante los golpes bruscos. Pero aun así hay 10 botellas que no se rompieron. La ciencia intenta explicar no sólo el fenómeno general de que la mayoría se rompe, sino porqué hay un 10% que no lo hace. Cuándo se hicieron estas pruebas del cerebro para comparar la reacción ante una música popular y otra menos popular, ¿se activaron todos los cerebros más con reguetón que con música clásica o sólo la mayoría?
¿Es el aburrimiento el mismo para todos?
Os pongo un ejemplo sencillo de entender. Es más bien una anécdota que viví en carne propia. Yo tengo dos hijos cuya capacidad de aprendizaje estuvo en sus primeros años vinculada a juegos con mapas y libros. Yo creía que eran juegos normales y, por tanto, para mí, que realizaran determinadas actividades propias de niños de más edad eran normales, hasta que varias personas me hicieron ver que tato Samuel como Claudia hacían algo que iba más allá del juego y más allá de la edad que tenían.
Persuadidos, llevamos a Samuel, mi hijo mayor, a un análisis que se hace en un consultorio destinado a diagnosticar las altas capacidades, y nos dijeron que efectivamente Samuel era un niño que tenía altas capacidades intelectuales. Ya hoy es un adulto que tiene encaminado sus estudios en radiografía.
Mi hija Claudia, nacida diez años más tarde, no tiene el diagnóstico realizado, pero tampoco hace falta, porque es evidente lo que se ve. Repite el mismo patrón de inteligencia más allá de su edad como lo hacía su hermano con la misma edad.
No os voy a contar el calvario que significa para unos padres saber que tienen un hijo con este diagnóstico, porque habrá muchos a los que les han diagnosticado justo lo contrario y no puedo imaginar el tormento (que debe ser aún peor) para quien le dicen que su hijo tiene algún tipo de discapacidad intelectual. Es más, repito que, si nadie nos hubiera advertido a su madre y a mí de lo que para todos era evidente, ni siquiera nos hubiéramos preocupado por esto.
Pero resulta que ese diagnóstico fue muy importante para saber cómo actuar cuando más adelante a nuestro hijo le dio por empezar a sacar malas notas en los estudios de secundaria, lo que en España, llaman el instituto. En nuestra lógica racional, era absurdo que un niño de “altas capacidades” pudiera sacar malas notas, hasta que en los centros que se dedican a atenderlos, de forma autónoma y casi sin apoyo del estado, nos dijeron que era una reacción normal en niños de altas capacidades porque se aburren en clases.
¿Y por qué hablo de esto?
Imaginen por un segundo que un aula donde todas las clases están adaptadas para un nivel medio que permita que tanto niños de bajo nivel como otro más alto, las adapten sólo para niños de altas capacidades, que son más analíticos, establecen más vínculos entre diferentes actividades o disciplinas y tienen mayor poder de resolución de problemas.
Sería el caos, porque el aburrimiento que podría tener un solo niño de altas capacidades en un aula, lo trasladarían a la gran mayoría del resto de la clase. Bajarían todas las notas de la clase excepto la de un niño de alta capacidad. Resuelven un problema, pero crean 20 o 30.
De la misma forma pasa si tomamos como ley absoluta que todos los cerebros pasan a la Red Neuronal por Defecto con el mismo tipo de música, libros, cine o arte en general.
Esto lo explica bien Mara Dierssen en su libro El cerebro del artistaque, aunque lo parezca, no trata solo del cerebro de quien pinta, hace música o escribe ficción, sino que analiza todo tipo de cerebros. Porque la creatividad, a pesar de que te digan lo contrario, no es privativa del arte.
Se entiende la creatividad como un proceso de producir algo nuevo, que no existía anteriormente. Esto implica avanzar a mundos no explorados, adentrarse en lo desconocido, en lo nuevo, huir de lo establecido y hasta cuestionarlo. Existen múltiples actividades creativas que nada tienen que ver con la estética, como la creatividad científica, y ejemplos de actividades artísticas que nada tienen que ver con la creatividad, como cuando se reproduce o se copian de obras de arte.
Bien, Mara Dierssen expone que uno de los grandes méritos del cerebro creativo es su capacidad para tender puentes entre disciplinas: neurociencia, psicología, historia del arte e incluso antropología. Dierssen nos lleva a considerar que para comprender la creatividad artística es necesario mirar no solo al cerebro aislado, sino también a cómo éste se relaciona con el contexto cultural y social que lo rodea.
Esto es, mi cerebro y el tuyo pueden funcionar igual desde un punto de vista físico, neurológico o biológico. Es decir, cuando entran en la Red Neuronal por Defecto, es probable que realicen las mismas actividades neurológicas, pero no reaccionan (no pueden reaccionar) de la misma forma ante el entorno que los rodea porque, en definitiva, mi cerebro y el tuyo han estado sometidos a diferentes vivencias, formas de aprendizaje y alimento espiritual.
Quizás tú no viviste 30 años en una dictadura siendo escritor, lo que obliga a ser creativo para romper la censura. Quizás tú tuviste Internet desde que naciste, yo lo conocí con más de 30 años cuando salí de Cuba y, antes de eso, tenía que desplazarme a la biblioteca para poder leer un libro o encontrar una simple referencia bibliográfica. Quizás te formaste culturalmente leyendo libros juveniles y viendo series infantiles de tu país, yo me formé con un tipo muy concreto de dibujo animado ruso y clásicos literarios universales que estaban en la biblioteca de una vecina.
Todo esto hace que nuestras referencias, nuestra forma de abordar una novela, un filme o una canción, no pueda ser igual. El arte, ya sea como creación o como consumo, no es solo producto de procesos neuronales aislados, sino también de la interpretación cultural que hacemos del mundo. La manera en que un cerebro humano procesa los colores, las formas, la lectura y su interpretación, y los sonidos está influenciada por el entorno, la educación y las experiencias vitales de cada persona.
Esta mirada integradora nos permite entender por qué una misma obra puede emocionar profundamente a unos y dejar fríos a otros —no solo porque nuestros cerebros son únicos, sino porque nuestras historias, expectativas y recuerdos moldean la percepción artística.
La neurociencia de la personalidad lleva décadas mostrando que hay cerebros con un umbral de estimulación muy alto: si el entorno es demasiado simple, se apagan, se aburren y salen a buscar experiencias más intensas y complejas. El psicólogo Marvin Zuckerman describe a estas personas como buscadoras de sensaciones: necesitan estímulos variados, novedosos y complejos; la rutina y lo previsible no les calma, les irrita.
¿Y cómo estos cerebros de buscadores de sensaciones, estos cerebros creativos o con aspectos creativos, activos, buscan romper esa rutina? Unos hacen parapente, otros, buscan playas haciendo turismo sin cesar o se suben a la montaña rusa más alta que puedan o con más tirabuzones posibles. En algunos casos, muy raros, rompemos la rutina con novelas complejas y filmes que no sean de superhéroes o peleas absurdas de patadas y puñetazos imposibles.
Por eso no es lo mismo como funcionan nuestros cerebros ante el reguetón o el Allegro del Concierto de Brandeburgo. No es posible llevar la respuesta general de la masa a unos pocos que necesitan otro tipo de estimulación diferente, donde lo que quieren no es que el cerebro sepa lo que viene, sino justo lo contrario, que todo, o casi todo, sea un reto o un misterio. A los cerebros complejos tienes que darle cosas que supongan un reto o se aburren. También es fácil un libro de frases cortas y sencillas, pero no suponen un reto para mentes brillantes.
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[1] UBUinvestiga. La magia de la música en el cerebro | Conferencia de Manuela del Caño, 2026. https://www.youtube.com/watch?v=ss1S0tg0ObE.