Comprar libros a ciegas. ¿Qué libro no habría leído si no fuera de tu escritor favorito?

blankQuiero confesar. Una confesión que a muchos lectores nos cuesta hacer: no todos los libros que leemos nos llaman realmente la atención. Algunos llegan a nuestras manos por pura devoción. No por la historia, ni por el tema, ni siquiera por la portada. Llegan porque en la cubierta aparece un nombre. EL NOMBRE. Ese que ha firmado algunas de las páginas que más nos han acompañado. Todos tenemos uno. Ese autor al que seguiríamos leyendo, aunque escribiera la lista de la compra. Es LA FIRMA.

Y surge una pregunta algo inoportuna, pero fascinante: ¿qué libros no habríamos leído jamás si no los hubiera escrito nuestro autor favorito? Ocurre, y más de lo que queremos admitir.

La editorial Barrett, para celebrar su primera década de existencia, han ideado un “catálogo a ciegas”, una suerte de “piñata cumpleañera”, como llaman ellos. Así, en los ocho títulos que van a publicar en 2026 no figurará el nombre de sus respectivos autores, todos ellos “conocidos” y ninguno amateur, aseguran. Las dos primeras obras, que se titulan Idealista (primer poemario que sale en la editorial) y Un mal menor (narrativa) ya están disponibles.

La editorial se ha comprometido a no hacer público el nombre de los autores y dejar el enigma sin resolver, aunque los propios escritores pueden, si lo desean, reclamar la autoría pública de su libro transcurrido un año. La editorial también ha creado una porra con premio (1.000 euros) para que los libreros hagan apuestas sobre los autores. Ganará quién acierte más autores, pero desde Barrett no dirán quién está detrás de cada título, insisten.

Igual me equivoco, pero auguro un fracaso comercial; y ellos lo saben. Porque es difícil que los lectores, salvo algunos curiosos o juguetones que quieran entrar en esta travesura lúdica, estemos dispuestos a comprar un libro sólo por el título, si el tema no es de nuestro agrado o no estemos seguros de la eficacia del autor. Y hablo de eficacia, no de calidad. Porque hay libros eficaces, que consiguen el objetivo, o uno de los objetivos, que persigue todo libro, pero no siempre superan cierto baremo de calidad estética.

Yo seguiré este juego, a ver si alguno de los libros futuros de este catálogo a ciegas de Barrett, llama mi atención, pero con lo raro que soy, me temo que apenas daré el paso de meterme en una novela o ensayo si el libro no tiene una firma autorizada. Para empezar, el primer libro que han publicado es de poesía, que yo, salvo casos muy concretos y que están ya asentados como clásicos, esquivo como a la peste, porque es pasto de enorme mediocridad.

Y una mala novela, con errores de estructura argumental o de escritura, puede llegar a entretener por la historia que cuenta, si haces una gran abstracción; pero un mal libro de poesía es peor que tragarte tu propio vómito.

Aquí hay algo que me viene como reflexión de mis clases de español y/o de técnicas de escritura. Uno de los trucos de la argumentación, ya sea que escribas o hagas un discurso oral es precisamente el uso de la autoridad, esa voz que ya sabemos que tiene más información que nosotros y que ha estudiado más y te fías de su criterio. Y aunque estamos y seguimos abocados a un mundo estúpido donde se potencia la emoción antes que la obtención de cultura, la argumentación sigue siendo la base de un buen discurso.

Te paras frente a un auditorio y dices que toda historia tiene un principio, un medio y un final, y el auditorio te mira con cara de bobo por la obviedad hasta que aclaras que no lo dices tú, lo escribió Aristóteles en su Poética el famoso tratado que hoy conocemos casi como el primer libro de ensayo o de escritura creativa, y todos admirarán la frase como una gran genialidad.

Y es curioso porque a veces la firma autorizada no es siquiera una identidad real. Muchos compran las novelas de Elena Ferrante sin saber quién es, y tantos compraron los libros de Carmen Mola defendiendo la genialidad de la escritura feminista sin saber que tras la firma había tres tipos con pelo en pecho. Lo cierto es que los lectores respetamos una firma autorizada porque ya tiene el baremo de habernos convencido previamente.

Un caso llamativo para mí, fue Darian North. Lo leí con entusiasmo, cada historia era un gran entretenimiento del que no podía sustraerme. Un día en la década de los 90, tras 4 novelas, dejó de escribir. Nadie sabe quién estaba detrás, y si alguien lo sabe no la ha contado, pero si hoy en día aparece un libro bajo su firma, y a pesar de que es probable que sea un impostor, es muy posible que lo lea, da igual el tema, pero lo haría por el nombre.

Otro caso, nadie me habló de Stefan Zweig en la universidad. Miento, una profesora de historia, creo que, de historia moderna, nos recomendó Fouché, un libro que por mí mismo quizás no habría descubierto. O quizás habría llegado muy tarde a él, y hasta podría haberlo esquivado, pero la realidad es que, tras la biografía del político francés, para mí Stefan Zweig se convirtió en una firma de autoridad. Y no me equivoqué, todo lo que leí después del autor austríaco, fue una experiencia que me llevó a lo que soy profesionalmente.

¿No te llama la atención eso de los libros que no leerías si no tuviera una firma conocida debajo? Hay unas cuantas novelas cuya premisa nos habría hecho cerrar el libro en la misma librería. Ensayos sobre temas que, de entrada, no nos interesaban. Historias ambientadas en lugares o épocas que normalmente esquivaríamos, géneros que quizás visitamos en la niñez o la adolescencia, pero ya dejaron de interesarnos. Y entonces aparece esa firma en la portada y algo cambia. El lector deja de elegir el libro. Empieza a elegir al autor. Y es un acto casi de fe.

Y no es lo mismo que leer por disciplina. La lectura por disciplina es más bien cosa de especialistas; o curiosos, como es mi caso, que no me considero especialista en nada, pero sí me gusta conocer el funcionamiento interno de las cosas, por curiosidad, por querer saber, por simple deseo de entender.

En esta parte del argumento disciplinario me puse a leer en su momento El manifiesto comunista o Mein Kampf, que son dos tótems de dos ideologías respectivas que detesto. Pero no me leería todo libro comunista ni cualquier apología fascista que venga firmada por Hitler o cualquiera de sus seguidores. Si bien me empujé -con todo lo de escatológico que tiene el verbo- El capital, también por disciplina.

Y es que veces, no sólo por disciplina, te metes en la lectura de un libro que no es tu registro, no es tu tema, ni el género literario que te entusiasma, porque quieres entender por qué gusta a tantos, o a tu amigo o a tu pareja. Y terminas leyendo aquel libro que te huele a humo o estiércol, o simplemente detestas, (o no, nunca sabemos) pero del que aprendes algo, aunque no sea de un autor que te entusiasme.

No es raro que nos pase con escritores que ya han demostrado que saben llevarnos a lugares inesperados. Uno confía en ellos como confía en un guía que ya le ha enseñado paisajes inolvidables. Si dicen que el camino va por aquí, uno acepta caminar, incluso cuando el sendero parece extraño. Con Vargas Llosa tuve una revelación al leer La guerra del fin del mundo. Entré por recomendación, dado que en Cuba donde yo vivía cuando lo descubrí, estaba prohibido. En un viaje a México, Juan Carlos, amigo y colega de antropología, me prestó aquella novela de aquel peruano cuyo nombre completo me sonaba a cantante de boleros; esa novela que, dada mi condición de historiador, tenía que leerme. Y ocurrió algo maravilloso. Un libro que me pareció único, me llevó a un hombre, cuya trayectoria vital, describía la mía, y se convirtió en referente profesional. Sin embargo, si yo hubiera visto Travesuras de la niña mala o Elogio de la madrastra en una librería sin firma o bajo la firma de un tal H. G. Quintana, probablemente no lo hubiera comprado. Espero no quitarte el entusiasmo por ese escritor.

A veces esos libros, los que nunca habríamos elegido, terminan siendo los que más nos sorprenden. No porque sean necesariamente los mejores del autor, sino porque rompen nuestras propias barreras como lectores.

Un lector que jamás se acercaría a la ciencia ficción acaba leyéndola porque su escritor favorito decidió escribir una novela sobre un asesinato en el planeta Solaria en el siglo (47) XLVII. Otro que huiría del ensayo termina fascinado por un libro de reflexiones sobre el origen de los libros. Un tercero que nunca leería una novela histórica acaba atrapado en una intriga ambientada en los idus de marzo del año 44 A.C. o el imperio de Akenatón. Y de repente el mapa de nuestros gustos cambia. Ese es uno de los grandes poderes de los autores que admiramos: expanden nuestro territorio lector.

Esta anécdota ya la he contado alguna vez. Unos amigos de Madrid casi me obligaron (moralmente) a leer 1Q84, de Murakami. Tenía un prejuicio formado por comentarios de colegas y críticas literarias, precisamente de firmas autorizadas, que me hablaban bastante mal del escritor japonés. Por demostrar que lo había leído y dar mi opinión al libro que me prestaron (Ya digo, una obligación moral), me metí en ese mundo extraño y sugestivo que propone Haruki Murakami. Hoy en día me pasa siempre con él lo que me pasó con ese primer libro, entro quejándome de cómo empieza sus libros, de la monotonía de sus personajes, o (no tanto monotonía de los personajes) sino más bien, de la desquiciante homogeneidad de sus actuaciones, y al final termino sus novelas como deberían terminarse todas las novelas: reflexionando varios días y la sensación de haber leído algo diferente. Pero al final me leo todo lo que saca: hasta la lista de la compra.

Y esto no es siempre un sendero de un solo sentido, ni siempre avanzamos por él con placer ni salimos indemnes. Hay libros que, siendo honestos, solo leímos (leemos) por fidelidad, por la firma, por el autor, por la firma. Libros que terminamos con respeto, incluso con cariño… pero sabiendo que, de haberlos visto firmados por otro autor, habrían permanecido en la estantería de la librería.

Y no pasa nada.

La relación entre lector y autor es algo extraño, casi íntimo. No siempre se basa en que todo lo que escriba sea perfecto. De hecho, no existe la perfección en literatura. Entre escritores solemos decir que un libro terminado es un libro que abandonas a su suerte para que se defienda solo, pero nunca terminaste, en verdad. Por eso esa relación escritor-lector a veces se basa simplemente en la curiosidad de acompañar al autor en su camino creativo. Leer a un autor favorito también significa aceptar sus experimentos, sus riesgos y, por qué no decirlo, sus tropiezos.

Porque al final lo importante no es si ese libro era exactamente para nosotros. Especialmente si eres creador, o especialista en literatura, o simple amante de libros, al menos, lector activo. Lo importante es que alguien en quien confiábamos nos invitó a entrar en él. Y aceptamos.

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