Entender la política o ver el cielo azul

| diciembre 15, 2008

Conozco pocas personas que hablen bien de la política o de los políticos. Los políticos son unos corruptos, la política es lo peor, solo están para llenarse los bolsillos, la gente les importa una mierda. Todo este tipo de comentarios y algunos más cargados de tono son usuales cuando la política entra como tema de conversación.
La realidad es que, si bien hay políticos corruptos, una cosa no es lo mismo que la otra. Es decir hay corruptos en política no más ni menos que en cualquier otra esfera de la vida pública. Sólo que en la política se ve más por dos razones obvias: son personas de vida pública y supuestamente han dedicado su vida a los demás y no es normal que quien dedique su vida los demás se llene los bolsillos a costa de ellos.

Si lo analizamos bien todos los que hoy echamos pestes de los políticos y de la política nunca pensamos lo mucho que debemos a ella. La historia de la humanidad no sería igual si no existiera una forma de organizar la individualidad de los seres que vivimos en ella. La política no es más que eso: la ciencia de organizarnos dentro de la sociedad. Sería genial que no existiera la política ni los políticos, que pudiéremos todos gobernarnos a nosotros mismos sin necesidad de ellos pero eso pretendía el comunismo y ya sabemos lo que trajo al mundo.

Necesitamos la política para contener nuestros más oscuras pretensiones. La ley y las normas que se han pactado en estos miles de años evitan que nos tomemos todos, la justicia por nuestra mano, nos convierte en esclavos de esas normas para poder ser más libres, como hace muchos años decía Marco Tulio Cicerón.

Para ser políticos necesitamos convencer a la mayor cantidad de personas posibles de que somos los más preparados para resolver sus asuntos. Por ello no se puede pretender que un político sea del todo sincero o pretenda que diga toda la verdad de lo que cree. Digamos que no aceptaremos que diga que desprecia al resto de los que no le votan acusándolos de ser “tontos de los cojones” pero apreciamos que busque el voto de los que cree estúpidos por no votarle o, cuando menos, no los ofenda públicamente.

Es una forma sucia de tener amigos o conocidos pero es la única forma de ser un buen político. En la política no se tienen amigos, se tienen votantes, aliados, compañeros de partido, pero no siempre se tienen amigos. Es más, cuando un político se deja llevar por la amistad lo vemos con malos ojos porque pretendemos que sea inmune a las pasiones que nos aquejan al resto de los ciudadanos.

Hace unos años hice notar los errores de la política exterior de España precisamente por hacer aquello que siempre le criticamos a los políticos: desligarse de la realidad y entrar en el terreno de los amiguismos y las vaguedades intelectuales.

El regreso de las tropas de Irak, obligado por una promesa electoral, fue sólo el preludio de toda una política que se podría considerar errática e idealista. Dos detalles que no son precisamente virtudes de un político ni de la política. Es de un idealismo supino intentar armar una alianza de civilizaciones para acabar con el terrorismo en el mundo y no aportar soluciones al hecho de que una parte de los dos posibles aliados de esa posible alianza prefiere eliminar a la otra parte antes que pactar con ella. También es una postura idealista derrochar pestes sobre las guerras, criticarlas por ser injustas, crueles, pero no dar soluciones diferentes a la intervención armada en algunos conflictos del mundo donde no existe otra solución. Está muy bien decir que la pobreza en el mundo es injusta y desviar la responsabilidad hacia occidente y no dar soluciones al hecho de que las ayudas desde el primer mundo para acabar con esa pobreza quedan en manos de los mismos gobiernos que acrecientan esa miseria.

Al final es como si un conocido nuestro viene y nos dice que el cielo se ve azul; ¡hombre pues sí, claro que se ve azul!, ¿quién puede estar contra eso? Quizás lo que estaba faltando era que alguien advirtiera a los responsables de la política exterior de España que sí, que el cielo se ve azul, pero que es un espejismo, que realmente es una ilusión de nuestras retinas y que la realidad es mucho más prosaica y dura de explicar.

Por todo ello alabo el cambiazo evidente que se está gestando en la política exterior de España. Dejemos la promesa de un cielo más azul o de cómo acabar con la injusticia en el mundo para los que pueden hacerlo desde otras esferas. La gente elige a un presidente para resolver sus problemas primero y la crisis económica ha devuelto esa intención a los gobernantes españoles que derrochaban el dinero en este tipo de alianzas extravagantes con países que son sospechosos de respetar los derechos humanos.

Estados Unidos o Francia pueden ser despreciables para muchos ciudadanos españoles. No voy a entrar en los orígenes y las causas de un desprecio tan poco sensato, pero para cualquiera que intente resolver los problemas de los españoles parece más que evidente que una alianza internacional adecuada pasa antes por esos dos países que por Cuba, Venezuela o Marruecos.
Para ayudar a los que le han puesto en el cargo que ocupa un político debe ser pragmático, apostar por las mejores soluciones aunque algunas de ellas vayan en contra de su propia ideología. Para llegar al gobierno se puede ser socialdemócrata o demócrata liberal pero luego hay que gobernar como ambos.

Si en la actualidad José Luis Rodríguez Zapatero alaba la historia de los Estados Unidos cuando antes no se levantaba al paso de su bandera, si hace lo imposible por estar en foros internacionales del primer mundo cuando antes los despreciaba, si envía al Secretario de Estado de Asuntos Exteriores a Iraq, país que había olvidado los seis años anteriores y si solicita a la Ministra de Defensa que públicamente exprese la disponibilidad de más tropas para resolver la situación creada en Afganistán, cuando antes se jactaba de ser pacifista, no debería provocarnos risa, temor o preocupación.

Todo ello debería más bien alegrarnos porque demuestra que el presidente del gobierno español ha dejado ser un idealista en su actuación aunque quiera seguirlo siendo en su interior, demuestra que se ha dado cuenta que está gobernando para todos y no para la congregación que lo eligió como rechazo al oponente, demuestra que ha comprendido que esto de la política es una ciencia donde no se tienen amigos, sino aliados tendientes a ayudarlo a mejorar la vida de los que gobierna y demuestra que ha comprendido que el cielo se ve azul porque la realidad obliga a que una deformación de nuestros ojos lo vea así, pero que hay más colores en el mundo y que debe intentar verlos todos independientemente de su intención de verlo de un solo color.

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    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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