Peter’s Friends. Los escarpados senderos de la amistad

| junio 27, 2011

Probablemente una de las más difíciles misiones del arte de la ficción es provocar la mezcla de una sonrisa reflexiva con una tristeza emotiva en la misma obra artística. Hay verdaderos genios desde Shakespeare hasta Giusseppe Tornatore, y pasando por Chaplin, aunque no por ello deja de ser un gran reto.

Si logras de manera inteligente esa mezcla en una película sobre la amistad, con todos los altibajos que se viven entre dos seres humanos, un guión directo y perspicaz y las actuaciones de Kenneth Branagh, Emma Thompson, Hugh Laurie (El ya famoso Dr. House), Stephen Fry (siempre genial desde Carros de fuego hasta la voz en off del Pocoyó en inglés), te queda Los amigos de Peter (Peter’s Friends) la que probablemente sea el mejor trabajo como director de Kenneth Branagh.

No me atrevo a decir que Kenneth Branagh es un genio, porque además no lo creo. Pero es uno de esos alumnos aventajados que cuando destapan su talento brillan casi más que sus maestros. Sus adaptaciones de las comedias de Shakespeare tienen suficientes argumentos para defenderse por sí solas, con más o menos suerte, pero todas con una mirada propia sin dejar de respetar el original.

Los amigos de Peter es, probablemente, de las cuatro o cinco películas más interesantes sobre la amistad. Las hay más emotivas, más cargadas de dramatismo y hasta más lindas (con todo lo que de subjetivo encierra ese término). Pero Los amigos de Peter es la que mejor retrata los altibajos, los conflictos entre los amigos, las vueltas y revueltas, cómo te molestan algunas de sus decisiones, y cómo no te comprenden las tuyas, pero luego terminan perdonándose, y sobre todo aceptándose.

Las tres reglas básicas de la amistad: decir y escuchar la verdad, comprensión hacia nuestras decisiones y las del otro, y perdón y aceptación por ambas partes, están recogidas con absoluta maestría por el director y actor irlandés en esta pequeña obra maestra de apenas cien minutos.

La amistad es eso, una forma de aceptar lo diferente, de comprender que alguien te escucha cuando lo necesitas, pero que entiendes cuando no escucha porque te necesita. Es decirle en la cara al otro que su forma de llevar las relaciones lo lleva al fracaso, y que el otro se molesta porque sabe que tienes razón y luego te da un abrazo por ser sincero. Es cuando te dicen que eres un ermitaño, casi un fóbico social y te llenas de razón para aceptarlo y sales a la calle a encontrarte con los que te critican porque te quieren; o no sales y aun así tu amigo acepta lo que considera un defecto de tu personalidad, como tú aceptas la suya de ser un andarín callejero.

Si de algo puede sentirse alguien satisfecho es de tener amigos que dicen la verdad a la cara, si no lo hacen no lo serían del todo. Quizás hay que saber decirla, en el momento adecuado, cuando menos susceptible estás, pero que no lo callen es vital. Y en esta magnífica película se recoge esa gran verdad.

Amigos que se ven luego de mucho tiempo, con vidas nuevas, anhelos diferentes, necesidades afectivas, miedos, soledades, frustraciones, pero sobre todas las cosas, con el recuerdo de una gran amistad. Y todo con unos diálogos inteligentes, con frases reflexivas como que “los adultos somos niños con dinero”. O escenas magistrales como la magnífica anécdota del escritor que escribe un libro sobre autoayuda para enseñar a vivir a los demás y luego se suicida por no soportar la vida. Todo en un tono de tragicomedia, de risa culpable, donde reírnos nos hace llevar con menos dramatismo una situación desagradable o triste.

Las relaciones humanas siempre ha sido, es, y al parecer lo seguirá siendo, la más difícil asignatura que debemos aprobar en nuestra vida. En la película Peter expresa una frase del escritor británico Gilbert Keith Chesterton que es la base sobre la que se sustenta el argumento central de esta gran película, y es que una persona realmente aventurera no daría la vuelta al mundo buscando nuevas experiencias, ni escalaría altas montañas para demostrar su valía, sino que le basta sólo con saltar la verja de su vecino y pasar la prueba de convivir con un ser humano diferente.

De la misma forma Chesterton argumenta que una auténtica prueba de carácter para un individuo sería dejarlo caer al azar por una chimenea y ver como se llevaría con la gente que encontrara en la casa. Esta es quizás –o podría no serlo en absoluto– la verdadera muestra de un espíritu aventurero, pero sí lo es de un test sobre la amistad; aquella que sobrevive a los contratiempos de nuestros defectos. Recomendable siempre.

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    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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Escrito por Hector García Quintana