Si quieres escuchar el podcast:
En estos días, gracias a varios proyectos, me he puesto a leer algunos de los libros que en Internet prometen hacer que te conviertas en un superventas. De esos del tipo “20 errores que cometes para vender tu libro” o “10 claves para ser un bestseller”. Los consejos que promueven estos libros son para un decálogo de la anti-literatura, pero más allá de los consejos, (muchos de ellos absurdos y contradictorios en su base) algunos de estos libros hacen, probablemente sin proponérselo, un diagnóstico muy interesante sobre los problemas de ser escritor en estos tiempos de redes sociales y “loqueseatubers” que inunda Internet.
Uno de estos “libros”, por ejemplo, nos pone de vuelta y media a los que seguimos escribiendo el tipo de libro que nos gustaría leer, y establece que estamos equivocados en hacer lo que nos gusta y en no llenar el deseo de los que pueblan Internet a los que tenemos que complacer bajando nuestro nivel. Y para eso diagnostican algo como: “No es cómo lees tú… es cómo consumen ellos”. Y mira, ahí tengo que darle la razón. Diagnostica muy bien el problema, luego el consejo es para hacerle un homenaje al contenido que reposa en el váter (la taza del baño, el excusado o como lo quieras llamar), pero no deja de ser cierto que muchos escritores seguimos empeñados en cultivar margaritas cuando el mercado podría estar plagado de gorrinos. Yo no me lo creo.
Pero no me incumbe otorgarles demasiado crédito a estos libros que prometen algo que se aleja de lo que promueven. Si estás interesado en ese tipo de libros y quieres que analice alguno, o algunos de ellos, de manera objetiva, sin prejuicios y tratando de aprovechar lo que puedan ofrecernos, me lo dejáis dicho por aquí por los comentarios.
Lo que quiero en realidad es centrarme en algo que leí en uno de ellos, una de tantas lecciones que demuestran que quien las siga a pie juntillas, jamás escribirá un libro que valga un céntimo. El consejo decía que te dejes de tanta caracterización de personajes y de tanto trabajarlos, que ellos son tus marionetas y no hay rebelión de personajes que valga, que, si un personaje que tú has creado se rebela, es porque eres un mal escritor.
Y esto me llevó a unas cuantas reflexiones sobre si es importante que exista o no esa llamada “Reflexión de los personajes ¿Qué es? ¿Es real? ¿Sirve de algo?
La definición, si es que alguien la puede exponer desde un punto de vista razonado es bastante irracional. Explicado de forma simple, es cuando la libertad y la independencia del personaje de ficción se escapan a la voluntad del escritor. Tras haber hecho toda la preparación de tu novela, relato, cuento o cualquier tipo de texto de ficción, quieres que un personaje haga algo, pero el personaje se niega.
Espera, es un personaje de ficción, no existe, eres tú quien lo ha inventado y tiene que hacer lo que a ti te dé la gana. Tú imaginaste la historia, organizaste los capítulos, tú decidiste el clímax, la escena obligatoria, creaste los personajes, el bueno, el malo y los secundarios; o el malo, el otro malo y los secundarios, a cada uno les has creado un destino, unas pautas y unas formas de actuar, y por más que quieres que este maldito personaje haga algo, se niega a hacerlo o hace algo que no se espera de él, incluso contrario a tu voluntad, a la voluntad de su creador, su Dios. ¿Qué brujería es esa? ¿A qué es irracional?
Para explicarlo mejor te doy una, o varias de esas muletillas del entendimiento que, según decía Ichikawa, mi profesor de Filosofía, son los ejemplos.
Imagina que escribes un relato o novela donde Sherlock Holmes es llamado por los servicios de inteligencia rusos al apartamento de Aliona Ivánovna, la usurera rusa a la que Raskolnikov asesina en Crimen y castigo, y que ante la pregunta de que establezca las causas del asesinato de Aliona, el detective de Baler Street respondiera:
—No sé. Lo que se ve aquí me impide establecer patrones para saber lo que pasó en esta habitación.
¿Sherlock Holmes diciendo “no sé”? ¡Houston, tenemos un problema!
Otro: imagina que en el momento en que aparecen las figuras de los molinos a lo lejos en el capítulo 8 de Don Quijote, y Sancho dice:
—Mire vuestra merced que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
Y ante ese comentario tan sensato Alonso Quijano dijera:
—Bien parece, que estás cursado en esto de las aventuras: son molinos; y dado que me has hecho entrar en razón, no voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
¿Perdona? ¿Qué Don Quijote no combate a los molinos?
Que sí, que tú eres el escritor y tu personaje hace lo que te dé la gana, pero estamos hablando de una metáfora. Es simplemente una parábola que, contrariamente a lo que propaga el libro de “X maneras de escribir y vender un Best-seller”, habla bien del escritor. Si un personaje que creaste, al que estás sometiendo al arbitrio de tu voluntad, empieza a hacer algo que no tenías previsto para él, significa que has creado un personaje vivo, quizá peculiar, con unos rasgos propios y especiales, que, llegado el momento, tu subconsciente creativo, tu olfato de novelista, tu experiencia como creador de personas, te impide colocar al personaje en un hecho que contraviene la lógica de su caracterización.
Alguna vez he hablado que de esto se han hecho buenas historias. Varias películas y novelas, llevan esta paradoja creativa al límite establecido entre la realidad y lo ficcional. La llamada metalepsis, un palabro creado por Gérard Genette para identificar la ruptura incoherente de los planos narrativos, es llevada al extremo en novelas como Niebla, de Unamuno (novela rupturista y adelantada donde las haya) o Seis personajes en busca de un autor, de Pirandello.
Para verlo aún mejor te recomiendo que veas el filme Más extraño que la ficción (Stranger than Fiction) realizado en 2006, por el director Marc Forster, una magnífica historia que cuenta como un personaje de novela entra en conflicto con su creador hasta el punto que debe ir a ver a un psiquiatra, que a su vez le aconseja que vaya a ver a un especialista en literatura.
Sobre la importancia de los personajes en una novela dijo uno de los mejores escritores de la historia.
Cuando un autor escribe una novela tiene que crear personas que vivan, personas, no personajes. Un personaje es una caricatura. Si el autor puede hacer que vivan las personas, es posible que haya un gran personaje en su libro.[1]
¿Cómo negar entonces que los personajes se rebelen? Es hasta deseable que suceda. Los personajes, si son buenos, si los caracterizas bien, van a terminar interactuando entre sí independientes de nuestra voluntad y deseo en ese mundo ficticio que les has creado. Sí, los creamos nosotros, pero cuando coexisten en su realidad debemos mantenernos alejados de sus decisiones, convertirnos en espectadores y dejar que hagan bien o mal, que rían o lloren, y jamás debemos, “como los dioses del Olimpo, recoger una lanza que ha arrojado nuestro favorito y ponérsela de nuevo en la mano.” Esta frase es literal de mi libro Cómo se escribe una novela, que va por la cuarta edición, así que apunta a longseller. Y sí, quiere que escribas bien, no que seas un bestseller, que nadie puede garantizarlo.
-.-.-.-.-.
[1] Ernest Hemingway, Muerte en la tarde, 1a. ed. en esta colección., Planeta bolsillo (Barcelona: Planeta, 1993), 173.