Antoine Albalat. El gran olvidado

| diciembre 21, 2014

l'art d'ecrire

Este texto es un extracto-resumen de un ensayo en preparación y cuyo título podría ser el que encabeza este texto.

Cuando se habla de Literatura creativa o Escritura creativa pocos dudan en mirar a los Estados Unidos. En el mundo anglosajón escritores y catedráticos como William Somerset Maugham, Natalie Goldberg, William Zinsser, William Strunk o Leon Surmelian comprendieron muy pronto que existen no pocos cánones que se repiten en casi todas las grandes creaciones ficcionales del mundo, y asumieron que estas, como en una disciplina científica, se podían someter a un espacio controlado que permite volver a aplicarlas cuando es necesario, y han incluido su estudio en gran parte de las universidades sajonas.

En la historia literaria, que se tenga noticias, se usó por primera vez el término literatura creativa cuando Paul Witty y Lou LaBrants en su obra, Teaching the People’s Language, de 1946, hablaron de la lectura y la escritura como un conjunto de normas que se podían someter a un orden y enseñar como disciplina teórica, más allá de la Retórica y los estudios de Teoría Literaria.

“La escritura creativa, individual o personal es una parte más importante de un programa en lenguaje profundamente concebida. Para muchas personas esta forma de expresión parece ser simplemente un pasatiempo agradable, o tal vez un medio de liberación. Pero estos valores son importantes, esenciales con frecuencia para la salud mental del niño o adolescente, hay resultados más que significativos de la escritura creativa. Este tipo de escritura ofrece una verdadera prueba a muchos alumnos destacados de apegarse a las palabras.”[1]

Sin embargo, en el campo de la enseñanza de la literatura esta polémica tuvo un momento muy interesante desde el punto de vista historiográfico a finales del siglo XIX francés, en especial, con el surgimiento del movimiento romántico a inicios de ese siglo y el paso posterior a ideas positivistas como reacción al primero.

Un libro de ensayo, aparecido cuando terminaba el siglo XIX, hoy prácticamente olvidado, y que se encuentra apenas en bibliotecas y en copias de segunda mano o electrónicas, y solamente en francés, marcó, el inicio de la polémica. Fue L’art d’écrire enseigné en vingt leçons, de Antoine Albalat, publicado por la editorial de Armand Colin, en 1899.

Como hoy en día han creado revuelo los textos de Bloom o Todorov sobre la crítica literaria francesa, el libro de Albalat, se levanta como el primer gran valladar contra el academicismo excesivo, no sólo de los textos críticos, sino también de la literatura de ficción.

De padre español y madre francesa, Antoine Albalat nació en 1856 en Brignoles, donde realizó la primera parte de su labor profesional.Antoine Albalat

Albalat fue crítico, ensayista, y especialista en literatura francesa. Colaboró en numerosas revistas en Brignoles hasta que se mudó a París en 1897 donde fue asiduo al café Vachette. Allí se reunía un grupo amplio de artistas como Pierre Benoit, Paul Vuilliaud, Jean Moréas, Maurice Magre, Jean Tharaud, Jean-Paul Toulet, Bernard Grasset, Étienne Rey, André Billy[2] y que ha quedado con el nombre de grupo Albalat y del que André Billy ha dejado un testimonio inigualable en su libro Le Pont des Saints-Pères[3].

Fue Secretario de dirección en el Journal des Débats, desde donde respondió a no pocos ataques a su obra y Redactor del Feuilleton littéraire. Pero tenía Albalat además, la visión que faltaba a muchos críticos de la época, incluyendo a Gustave Lanson, el más importante crítico de entonces, y es que era creador de ficción. Fue poeta y novelista, con una obra, si no amplia, sí sostenida como creador de textos de literatura narrativa de ficción.

Publicó relatos cortos, libros de poemas y varias novelas como, Un Adultère, La Maîtresse de Jean Guérin, L’Amour chez Alphonse Daudet, La Faute d’une mère, Une Fleur des tombes, Marie, L’Impossible pardon.

Pero donde fue realmente destacable Antoine Albalat y donde marcó un hito aún no del todo reconocido fue en sus estudios críticos; en especial dedicados a enseñar un nuevo método de aprendizaje de la escritura:

Le Mal d’écrire et le roman contemporain (Flammarion, 1895)

Ouvriers et procédés (Havard, 1896)

L’Art d’écrire enseigné en vingt leçons (Colin, 1899)

La Formation du style par l’assimilation des auteurs (Colin, 1901)

Le Travail du style enseigné par les corrections manuscrites des grands écrivains (Colin, 1903)

Les Ennemis de l’art d’écrire. Réponse aux objections (Librairie Universelle, 1905).

El éxito de Albalat con su obra crítica fue enorme. Las últimas cuatro obras fueron reeditadas una y otra vez por el reclamo que alcanzaron en gran parte del público lector de entonces; y tienden a considerarse como un único e inevitable volumen sobre literatura creativa; si bien aún en esta época no existía este término.

De toda la obra crítica de Antoine Albalat, la que tuvo más repercusión fue sin dudas L’Art d’écrire enseigné en vingt leçons. Un libro único en su momento, que planteó una manera diferente de abordar la escritura desde una visión universal, más allá del análisis del autor y el entorno social de la literatura, como habían propuesto Taine, y luego Lanson, y que predominaba en la enseñanza universitaria de la época.

L’art d’écrire enseigné en vingt leçons, es un libro que no se comprende por qué ha quedado como una reliquia para muy expertos. Es la primera obra de su género que pone la literatura como un arte que se puede enseñar, llena de métodos prácticos basada en la revisión de autores publicados y muy reconocidos como Montesquieu, Pascal, La Bruyère, Boileau, Bossuet, Balzac, Flaubert, Chateaubriand, y otros cuya obra no ha llegado del todo hasta la actualidad, como el Abate Du Bos, Jules Sandeau, o hasta los manuales de retórica francesa de los siglos XIX y XX, pero que en su momento le permitieron establecer también, elementos de cómo no se debía escribir.

Por desgracia, Antoine Albalat no ha sido traducido al español adecuadamente. Existe una copia de El arte de escribir por la editoral Atlántida, de los años 60 del siglo XX, pero mutilada en lo que en realidad diferenciaba a Albalat del resto de los críticos previos que intentaron el mismo empeño: el uso de la práctica a través de la lectura y la revisión de los autores clásicos.

 

La editorial El barco Ebrio, publicó El  arte de escribir, de Antoine Albalat, en español, como primer paso a la publicación del resto de su obra, y de otros libros que tratan la temática del arte del estilo y de la escritura del francés y del inglés, y que no han sido publicados al español, o han sido publicados sólo en parte.

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CITAS Y NOTAS

[1] WITTY, Paul Andrew. Teaching the People’s Language. Hinds, Hayden & Eldredge, New York, Philadelphia, 1946.

[2] CORTANZE, Gérard de. Pierre Benoit: Le romancier paradoxal. Albin Michel, Paris, 2012, pg. 44.

[3] BILLY, André “Le groupe Albalat” en Le Pont des Saints-Pères, Arthème Fayard, 1947.

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Comentarios (2)

 

  1. Siempre me he preguntado acerca de ese tópico y es sumamente complejo. En cuba, antes del taller televisado de Eduardo Heras León y López Sacha, no se hablaba de enseñanza de la escritura creativa, ellos le llamaron Técnicas Narrativas y al escenario de enseñanza Taller de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Antes, lo que se hacía era comentar las obras de los principiantes en Talleres literarios, animados por promotores culturales y escritores de la UNEAC, en el mejor de los casos. Se aprendía a escribir de forma autodidacta y algunas veces lo ideológico predominaba sobre lo artístico. El referente que uso Heras León en su Curso Gonzalo Martín Vivaldi, no se usaba en esos talleres. Lo otro era el canon literario. De un realismo chato se paso a lo Real maravilloso y el Realismo Mágico. En verdad se requería tener un léxico y una cultura amplia para poder expresarse de un modo sincero en ese estilo, si de verdad se quería hacer algo original. Recuerdo que cuando Manuel Pereira Quinteiro, un periodista de la Revista Cuba internacional publicó El comandante veneno y El ruso, dos novelas escritas en ese estilo, lo acusaron de imitar a García Márquez en la primera y a Carpentier en la segunda. El mismo Reinaldo Arenas que era un admirador de ese estilo, prefirió irse del lado de Cabrera Infante en lo anecdótico pero eludió el rejuego con las palabras y los artificios de este. Le digo esto porque el actual Realismo Sucio citadino y policiaco que práctico después la generación de Pedro Juan Gutiérrez y Leonardo Padura, tendrá los defectos que siempre tienen las obras, pero son naturales y espontáneas, no así muchos pastiches novelísticos de aquella época.
    En verdad considero que la escritura creativa tal como se le concibe y práctica en España y Latinoamérica debe tomar de la corriente anglosajona y de la hispanoamericana, pasando por la francesa y la italiana. Nuestro vino es amargo pero es nuestro vino y que mejo opción que empezar por alballat

  2. Apreciado Hector, decidí extender mis comentarios de tu post en facebook a tu blog, ya que el proyecto que te propones y de hecho, estás llevando a cabo es muy necesario. Un saludo.

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