Al límite entre la verdad y la mentira

| agosto 7, 2009

No creo en el destino, no creo que exista un punto del futuro al que navegamos irremediablemente hagamos lo que hagamos. Sin embargo, creo que cada vez que un camino se nos abre, también se nos interponen uno o varios obstáculos que nos obligan a escoger entre el camino abierto y otra opción, quizás por igual deseable, y que nos obliga a recapacitar sobre la importancia de esa decisión que puede cambiar nuestras vidas.

Decidir bien o mal ante esta disyuntiva es patrimonio de cada cual. Conozco el caso de una muchacha, excelente actriz, que ante una oferta de actuar en una obra importante que podía lanzar su carrera decidió no aceptarla porque su familia se lo pidió. Nunca pudo cumplir su sueño de actriz y sus padres terminaron por separarse al final. ¿Decidió mal? Yo creo que sí, pero de la misma forma pudo haber escogido ser actriz, y terminar metida en el mundo de las drogas odiando la fama y añorando la vida en familia junto a sus padres.

No está previsto que la misma decisión sea igual de satisfactoria para todos. Lo cierto e inevitable es que ese momento de decisión en el que actuamos bien o mal, en que escogemos ir hacia delante o estancarnos, en que decidimos individual o colectivamente, cambiar de aires o mantenernos en la misma atmósfera, está a cada paso de nuestras vidas.

He visto una buena película, Al límite de la verdad (Changing Lanes), que tiene reflexiones interesantes sobre la importancia de actuar bien o mal, decidir correcta o rematadamente mal. Un alcohólico reciclado (Samuel L. Jackson) que no quiere perder a su familia se dirige a una vista judicial donde se decide el destino de la relación con sus hijos, en el camino tiene un accidente con un abogado (Ben Affleck) quien defiende los intereses de una firma de abogados corrupta de cuyo jefe es yerno.

El abogado, apresurado por una llamada del juzgado donde debe representar a su empresa, decide no aportar la información del seguro del coche ni esperar a la policía porque le atrasa en su llegada al juicio, le da un cheque en blanco al alcohólico para que repare los daños que le ha causado y abandona la escena del accidente olvidándose un documento vital para poder ganar el juicio al que va y asegurarse su futuro como abogado.

A partir de ese momento de decisión, ese pequeño instante en que el abogado resuelve que es más importante actuar mal que correctamente, el argumento de la película convierte una situación en apariencias intranscendente en uno de los enfrentamientos más absurdos desde el punto de vista del carácter humano. Amenazas, atentados a la integridad personal, acceso y alteración de información privada, nada es imposible para intentar sobreponerse a la decisión del otro, y con una solución final que dejará a más de uno con la sensación de que el mundo está lleno de personas insatisfechas con la vida que llevan y que no saben o no tienen valor para escoger la vida que siempre quisieron.

Quizás, y esto es una apreciación personal, hay una crítica subrepticia (o evidente) a la sociedad actual, donde las apariencias y el individualismo fanático son una forma de triunfar en sociedad.

Una película recomendable y bien argumentada que nos hace reflexionar sobre las decisiones del pasado, lo que tenemos en el presente y lo que deberíamos obtener en el futuro. Si es verdad que el hombre es bueno por naturaleza esta película es un ejemplo necesario para recordarlo y hacernos sentir optimistas por el futuro de la humanidad, capaz de sobreponerse a las más duras pruebas que le ha impuesto la historia.

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  • Daniel:

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