El cisne negro. La obsesión autodestructiva por la perfección

| Febrero 19, 2011

Un poema del cubano Wichy Noguera hace un recuento de varios suicidios de artistas para concluir aconsejando a su hijo que no se dedicara a la poesía “porque el arte mata”.

Es evidentemente una exageración metafórica para crear un argumento para su texto; ningún artista (nadie, artista o no) debería suicidarse ni morir por dedicarse a su profesión, y en la actualidad muchos menos. Mas tampoco debemos olvidar que muchos de los que se dedican al arte son gente inconforme con la vida, que tratan de embellecerla con su talento y, no pocas veces, termina por pasarles factura.

Embellecer la vida, incluso mostrando la fealdad que hay en ella, aún a riesgo de dejarse el alma en ello; este es el conflicto de gran parte del arte y sus creadores, y no pocas veces les ha costado la vida entre suicidios, tuberculosis y otras enfermedades por no tener dinero para calentarse o directamente por pasar hambre.

Esta es quizás la parte central del argumento de El cisne negro (Black Swan), de Darren Aronofsky, una película donde la obsesión de un ser humano es vista por el espectador sin presentaciones previas.

Una bailarina, Nina Sayers (Natalie Portman) cuya vida interior está plagada de obsesiones, miedos indescifrables, deseos perversos y marcada por una niñez y adolescencia donde el posible fracaso como artista de su madre deja huellas en su carácter. Nina se enfrenta a la elección de ser o no la bailarina principal de una novedosa puesta en escena de El lago de los cisnes (cuál si no).

La verdad, en un año donde al parecer los grandes festivales de cine (no he visto todas las películas pero se va intuyendo) no albergan grandes películas, es un oasis encontrarse con una obra como Black Swan.

Desde las actuaciones de Vincent Cassel, siempre en papeles duros, pero en este además de sensible profesor de ballet, y Natalie Portman, que se da un baño de actriz madura para rematar un papel que parecía no encajarle, hasta un guión plagado de referencias a la perfección y la labor del ser humano en el arte.

Aronofsky se atreve con un argumento donde los equívocos, el doble sentido, la manipulación de nuestra percepción como espectadores juega un papel fundamental. Las situaciones de la película nos hacen preguntarnos en algún momento de la historia, ¿qué es verdad y qué es mentira? Todo en medio del imperio de la música de El lago de los cisnes como motor y la plasticidad del movimiento que se disfruta en el ballet.

A este director norteamericano habrá que seguirle la pista. De su labor han salido películas de buena factura y reflexivas como El luchador (The Wrestler), con Oscar de Mejor actor para Mickey Rourke en aquel campeón que intenta redimirse de sus errores del pasado, o la durísima Réquiem por un sueño (Réquiem For a Dream), donde la adicción a las drogas es presentada sin miedos y en su cruda realidad.

Quizás lo que me preocupa del argumento es que termina ensalzando lo que durante toda la película parece una crítica al conflicto que plantea. Y aun así, termino aplaudiendo esta obra que me deja con muy buen sabor de boca. Sí, alguna vez la volveré a ver, para ser aún más consciente cómo fui tan tonto de dejarme manipular durante una hora y media por un director al que seguiré cada vez que saque algo nuevo.

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