¿Para brillar debemos consumirnos?

| Septiembre 1, 2011

Una frase de una amiga me saca de la rutina. Decía que somos fuego, porque para brillar, necesariamente deberíamos consumirnos, y me dejó con una desazón espantosa. Lo obvio sería preguntarse, ¿si cuesta tanto brillar por qué no dejar de hacerlo? ¿No es mejor dejar de hacerse llaga interior y vivir de forma normal; sin aspiraciones, pero sin conflictos eternos; anónimos para el resto del mundo, pero sin atraer incómodas o envidiosas miradas? ¿O quizás no es del todo cierto que haya que autodestruirse para triunfar?

Por desgracia hay muchos ejemplos de seres destruidos por seguir un sueño que le llevaba a irradiar luz por encima de la existencia diaria. Citando superficialmente en la esfera del arte: Ludwig Van Beethoven, Vincent Van Gogh, Mahatma Gandhi, Marilyn Monroe, Arthur Rimbaud, Martin Luther King, John Dos Passos, Amy Winehouse, Paul Verlaine, Elvis Presley, Silvia Plath, Fiodor Dostoievski, Kurt Cobain, y así, y así, y así…

Muchos murieron en la miseria, afectados por enfermedades vinculadas a la pobreza,  otros vivieron vidas azarosas por penosos desamores, por cuestiones políticas, por luchar por la libertad individual o social, por no saber llevar el brillo que les cegaba a sí mismos, pero en todos los casos por ser personajes que intentaron resplandecer más allá de la existencia y que dejaron en su campo de trabajo obras imprescindibles para la humanidad.

Decía Luis Rogelio Noguera en su poema Le digo a mi hijo:

…estudia matemática,

hazte agricultor o militar

porque el arte mata.

Quisiera decir que es una exageración, pero la lista anterior me quita la razón. Podría hacer una lista más larga, penosamente amplia, casi insoportablemente larga, y algunos se echarían atrás antes de emprender este camino.

En la literatura, esfera que manejo con algo de solvencia, existe una lista igual de larga (quizás más que las muertes ingratas) de cientos de escritores que sufrieron incomprensión, prisión y destierro, aunque luego hayan muerto rodeados de bienestar y de seres a los que amaron y que los amaron a su vez, pero el camino que recorrieron hasta ese final estuvo plagado de un sufrimiento que daría para muchas sesiones de psiquiatría.

No sé si alguien lo ha intentado: sería interesante comparar una lista de escritores malditos con otra de escritores exitosos que han vivido y muerto de manera feliz, o lo más cercano a ella. Seguramente habría más dichosos que infelices, aunque al parecer los espíritus más atormentados de la literatura, al menos en algún momento trascendente o extenso de sus vidas, son los que han dejado las páginas más gloriosas para la posteridad.

¿Dejar de escribir? ¿Dejar de pintar? ¿Dejar de componer? ¿De diseñar edificios? ¿De cantar? Probablemente sí pero, al menos yo, me niego a creer que haya que inmolarse para poder lograr llegar a triunfar en lo que uno quiere, y, caso de probarse que sea inevitable, me niego a evitar los peligros de hacer lo que siento por miedo a las consecuencias autodestructivas que pueda traer aparejado.

Un artista verdadero debería estar dispuesto a aceptar las secuelas de vivir haciendo lo que quiere, por más que, yo mismo, no recomiende a nadie hacerlo por mi consejo ni por el de terceros. Si bien el brillo no me ciega como para buscarlo por mí mismo, tampoco escribo sólo para mí, sino para los muchos o pocos que logren entender los miedos, frustraciones, anhelos y estados de placidez que encuentren en mis textos.

“Odio a los escritores que dicen que escriben para sí mismos. Lo único que escribimos para nosotros mismos es la lista de la compra”, dijo Umberto Eco en una rueda de prensa que le hicieron en una feria del libro de Budapest en 2007. Pues tiene razón, nadie escribe para sí mismo porque hasta en un diario existe un afán de trascendencia hacia el grupo más o menos cerrado que tendrá acceso a él luego de nuestra muerte.

Sin embargo, lo importante es no dejarse cegar por el brillo que quieres alcanzar. Si todo fuera tan en blanco y negro habría muchos más que intentarían brillar. Al parecer el gran objetivo es tratar de ser feliz haciendo lo que a uno le gusta, lo que siente o intuye que es su misión en estas vacaciones terrenas, y que el brillo sea una consecuencia, una externalidad, una consecuencia que nos encontremos sin esperar, si es que llega alguna vez.

Lo peor, lo verdaderamente espantoso, sería dejar de hacer lo que uno quiere por miedo a la ceguera que pueda provocar la luz o a la corriente que la origina. Y por el contrario, igual de espantoso es hacer algo por lo que uno siente rechazo sin intentar –al menos de cuando en cuando– salir de la rutina de aquello que nos causa desprecio forjando lo que nos hace emocionar con fuerza. Si no buscamos la luz, por más que nos consuma, puede que, en el lecho de muerte, habremos comprendido que no habrá ni brillo que ciegue, ni llama que consuma, pero tampoco placer de hacer lo que uno quiso. ¿Qué es peor?

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Comentarios (1)

 

  1. Hiram dice:

    “comsumanos todos , hagamos una hoguera con nuestro fuego fundamos el metal con nuestro calor ”
    Pd. Muy buen pensamiento , la razón de llegar aquí fue buscando la relación entre kurt cobain y fiodor dostoievsky.

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