The Wife. Del “nosotros” al “yo”

| noviembre 18, 2018

En mi búsqueda inacabable por aprender mejor a juntar letras para provocar emociones, a veces encuentro películas basadas en libros que, a poco que te fijes, enseñan muy bien el proceso y las herramientas para aprender a escribir.

Una de ellas es The Wife del director Björn Runge, o La buena esposa, como se ha comercializado en español y que, probablemente, nos provocaría algunas reflexiones cercanas a la frase “detrás de cada gran hombre…” y que, no me cabe la menor duda, has terminado de completar, sin apenas pestañear.

Pero esta película tiene algo más que una reflexión de género sobre la frase, que quizás no sabías es de Groucho Marx y quizás tampoco que la frase completa no tiene nada que ver con lo que todos repetimos; pero, la verdad sea dicha, eso es tema para otra discusión.

Lo mejor de esta película es su extraordinaria caracterización de los personajes; diría que, quizás, mejor que en la novela.

Si estás algo implicado en el aprendizaje de las técnicas narrativas, ya debes saber que toda narración tiene un conflicto para poder avanzar, y que las partes enfrentadas en este conflicto deben tener igual fuerza argumentativa frente al lector o espectador, si se pretende crear una novela mínimamente digna, que deje algún poso reflexivo en la mente de estos.

Meg Wolitzer, la autora de la novela original, escribe muy bien, hace una novela remarcable y muy feminista, pero comete un error de principiante que le lastra como creación ficcional: la elección del punto de vista.

La historia no reviste grandes misterios. En 1992 el escritor norteamericano Joe Castleman gana el premio Nobel de literatura y viaja junto a su esposa Joan para participar en la ceremonia y recoger el galardón. A medida que avanza la historia y van interactuando los personajes vamos descubriendo los secretos que oculta esta pareja, y que marcan definitivamente el futuro de ambos.

Al decidir que esta historia fuera contada por Joan la novela es un ajuste de cuentas de ella, la buena esposa, con su pasado y con su esposo, un tipo bastante despreciable, del que uno no comprende del todo cómo ha estado atada a él por tan largo tiempo.

Desde los primeros pasajes de la novela, podemos ver que Joan está muy incómoda con las constantes infidelidades y actitudes machistas de Joe, al que llama “uno de esos hombres que son dueños del mundo”. Un hombre que flirtea con todas las mujeres, que no deja de atravesar con la mirada “con su antiguo mecanismo de excitación de afilador de cuchillos” cuanto escote se le pone delante.

La novela desde la frase inicial ya nos vaticina lo que va a acontecer durante toda la historia:

“En el momento en que decidí abandonarlo, el instante en que dije, es suficiente, estábamos a 10 mil metros sobre el océano.” (Pido disculpas si tu libro dice otra cosa, pero es que la traducción es mía, porque tengo el libro original y no a su edición española.)

No hay progresión, los personajes apenas se mueven; quizás se mantiene un poco la expectativa porque al final nos provoca algo de sorpresa por un giro inesperado que ya no tiene ninguna capacidad reflexiva, porque claro, ¿cómo este hombre tan miserable podía tener talento?

Sí, tienes razón, como denuncia social del machismo, de los injustos mecanismos de promoción del éxito que rige una sociedad patriarcal, es un excelente mensaje; ahí no tendremos discrepancias. Pero como novela, como construcción ficcional que pretende presentar la verdad con otras herramientas, la novela hace aguas.

En The Wife, la novela de Wolitzer, como todo lo vemos desde el punto de vista −casi como ajuste de cuentas− de Joan, la denuncia feminista gana terreno a la virtuosa construcción de la ficción dejando, sí, esa gran denuncia social de los patriarcales mecanismos que rigen la promoción cultural, pero también, un mal sabor a panfleto social que The Wife, la película, con una mejor caracterización de personajes, y un eficaz manejo del flashback, no tiene.

Lo sorprendente de Björn Runge es manejar con eficacia el afecto verdadero que se tienen dos personas que han vivido juntos por más de 50 años sin dejar de mantenernos en alerta por una corriente subterránea de sentido gracias a la que podemos percibir con claridad que hay algo más que nos aboca a algo que queremos y vamos a descubrir.

Las miradas, los gestos, los diálogos en apariencia insulsos, todo camina con verdadera maestría hacia un final que, por casi esperado, no deja de ser emocionalmente enérgico, extraordinario, y todo sin perder de vista la denuncia social de esa sociedad patriarcal que ofrece honores intelectuales a los galardonados, y días de tiendas y compras a sus esposas.

Mención aparte, como siempre, las actuaciones de todos los personajes, pero en especial de Glenn Close, esa bestia interpretativa que no deja de sorprendernos con el contraste entre la Joan contenida y atenta del principio con la fuerte mujer que defiende su espacio vital al final, y sin perder, ni por un momento, las motivaciones que la llevaron a ser la concubina de una historia donde era reina.

Para los puristas que creen que la ficción debe tener personajes positivos y negativos claros, recomiendo que se fijen en la progresiva transformación de Joe en el joven escritor que en 1960 salta sobre la cama junto a su esposa diciendo “Nos han publicado” , y el consagrado premio Nobel que, en la misma situación, dice “He ganado el Nobel” en 1992. En esa progresiva transformación del “nosotros” en el “yo” que denuncia el patriarcado, está la fuerza de la película que falta a la novela original.

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  • Daniel:

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