Una película es mejor ¿por su historia o su estructura formal?

| enero 19, 2020

A la hora de valorar la calidad de una película podría decir que me sorprenden las diferencias entre el gran público consumidor, por un lado, y el conjunto que reúne a especialistas, críticos y productores de cine, por el otro; pero no es verdad que me sorprenda. Cada año los medios de comunicación y las redes sociales se llenan de alabanzas o diatribas a ciertos filmes de estreno que llaman la atención y, como tendencia, hay grandes contradicciones entre los que tienen algo que ver con el cine desde el punto de vista creativo o crítico y los espectadores.

El fenómeno no es nuevo ni exclusivo del cine. La literatura tiene sus propios conflictos desde tiempos inmemoriales. La crítica y la mayoría de los lectores activos (es decir, que dialogan con el argumento de manera activa) reconocen año a año Ulysses, de James Joyce o À la recherche du temps perdu, de Marcel Proust (entre otras) como grandes obras maestras, mientras, por su lado, el público pasivo (que sólo disfruta sin interacciones directas con el texto) convierte en más vendidos libros más cercanos a El niño del pijama de rayas o Las cincuenta sombras de Grey.

¿Por qué sucede esto? Difícil saber, pero aventuro una hipótesis.

Miro la lista de las principales películas nominadas a los Oscars 2020; una cosecha increíble. Hay al menos cuatro filmes que son, como mínimo, muy buenos. JokerThe IrishmanOnce Upon a Time in Hollywood o Parasites (Gisaengchung), y que podían haber ganado el premio a la mejor película sin que tengamos que hablar de tongos o favoritismos extra cinematográficos; en principio.

Cuando hablo con amigos o colegas a quienes les gusta el cine, pero no necesariamente conocen el proceso de creación de una película, ni de escritura de guiones, ni de posiciones o movimientos de cámara, apuestan por películas cuyo valor fundamental están en la historia y el argumento. Por el contrario, cuando pregunto a quienes han manejado una cámara, han escrito para el cine o saben en general del proceso creativo de una película, potencian más los aspectos técnicos. Esto, claro, como tendencia, nunca como verdad absoluta.

Probablemente aquí está la frontera, aunque no debería serlo porque tiene algo de disparatado.

Una buena película en sus aspectos técnicos no tiene necesariamente que ser una obra maestra en su historia (Titanic, de Cameron) como una novela innovadora no tiene por qué tener tampoco un argumento magistral (caben Joyce y Proust).

Hay libros más vendidos que son a su vez buenas novelas desde el punto de vista formal (Il nome della rosa, de Umberto Eco) como filmes muy populares que técnicamente nos dejan con la boca abierta y que tienen argumentos de peso (E.T. The extraterrestrial).

Establecer una comparativa simple entre lo formal, lo emocional y lo más vendido, es una lógica escasamente racional.

Para empezar, la ficción, como muchas veces se ha expresado, es una imitación de la realidad que busca entretener y/o hacer reflexionar a un receptor a través de ciertos resortes emocionales que no son comunes a todos. Lo que para unos es una reflexión profunda sobre la vida o el ser humano, puede ser un truño para muchos, y lo que puede ser entretenido para otros, puede resultar un aburrimiento de mil demonios desde otros puntos de vista.

En 2019 el público general prefirió Parasites –que sí, es una excelente película–, Marriage Story o Litle Woman antes que 1917 o The Irishman, que son las aclamadas por los espectadores más cercanos del proceso creativo del cine.

Sin embargo, no existe paradoja qué resolver.

No es posible desconocer la importancia de la forma en una obra literaria o cinematográfica. Las técnicas y recursos estilísticos no son más que instrumentos que se emplean para intentar alcanzar el objetivo que se pretende en la obra de ficción. Un carpintero cambia de instrumentos cada vez que necesita cortar, lijar o martillar. El creador de ficción, como el carpintero, tiene que ser consciente cuando debe usar la sierra, la lija o el martillo para dejar bien acabada su obra; a veces incluso cuando pasar la yema del dedo por la superficie para notar las imperfecciones que no se aprecian a simple vista.

Una obra de arte tiene mecanismos propios, internos y únicos para ser creada, y como en la carpintería, las herramientas elegidas y el buen uso que se haga de ellas influye en el producto final. En función del orden, la forma narrativa, la caracterización de los personajes y a veces hasta el ordenamiento de los capítulos, se influye en la percepción que recibe el receptor y, por tanto, en la forma en que se le intenta persuadir. El orden y la manera en que se escogen palabras, oraciones, imágenes o secuencias de imágenes alteran la experiencia emocional, porque la forma cambia también el contenido. No es lo mismo decir: “He visto la luz del sol sobre un par de zapatos viejos al anochecer” que, “Me sorprendí al anochecer viendo agotarse la vida en un rayo de sol que acariciaba un par de zapatos viejos”.

De la misma manera, en función de la organización de los elementos del montaje cinematográfico que decida el director obtenemos diferentes reacciones emocionales en el espectador, como podemos obtener diversas reacciones similares o contrarias según se ordene la consecución de una escena u otra. En la ficción la forma debe ser una vía provocada por el análisis del contenido, no al revés.

Para analizar la calidad estética de varios filmes (incluso novelas) me hago la siguiente pregunta: De todos ellos ¿cuál tiene la historia más humana –vista como “referente al ser humano” y no como únicamente a la bondad–, más creíble y ajustada a la verdad ficcional, que es capaz de usar los recursos técnicos adecuados y mejores para transmitir su argumento y provocar las emociones más eficaces en el espectador?

Para mí en el año 2019 en la carrera de los Oscars ha sido 1917, de Sam Mendes, pero me cuesta decir que es la mejor de todas las películas que he visto, porque todas las que podían haber ganado están bien contadas, técnicamente ajustadas a sus argumentos y con historias humanas qué nos emocionan y nos hacen reflexionar.

La pregunta qué deberíamos hacernos los creadores a la hora de concebir un filme, una novela, un cuento o cualquiera de las variantes elegidas de la ficción narrativa es: ¿qué elementos técnicos me permiten contar la historia que quiero en aras de conseguir mis objetivos?, y no al revés. Los aspectos técnicos nos ayudan a crear la impresión de realidad que provoca el impacto en el lector-espectador, pero nos debería mover nuestra historia y nuestro argumento.

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