Crear desde el caos, o la felicidad

| mayo 4, 2014

la-carreteraHay un momento en la lectura de La carretera, de Cormac McCarthy, que un lector curioso se pregunta: ¿qué pasaría con los rasgos de humanidad de este personaje si no estuviera acompañado del niño? Este personaje secundario (por llamarlo de algún modo, porque tiene poco de provisional) aporta a la obra la grandeza filosófica y ética que faltaría de ser únicamente la supervivencia de un solo hombre contra el mundo.

El niño funciona como un remanso de paz en medio de la debacle de la tormenta. Si el mundo se ha ido a la mierda y estamos en el momento del sálvese quien pueda, no se puede pedir rasgos humanos y solidarios en la gente. No existe gobierno, no existe justicia ni ley, para sobrevivir hay que agarrar como sea y contra quien sea lo que ofrece el camino que recorremos.

Y sin embargo, el niño aporta ese granito de arena piadoso y sensible que podría faltar al hombre; le da un toque de compasión para hacer pasable un futuro tan horrible para el ser humano. Mientras avanzaba, no dejaba de preguntarme en qué momento tuvo el escritor norteamericano la genialidad de colocar este necesario elixir, el bálsamo necesario para no odiar sin remedio al hombre.

Quizás mi análisis es deformación profesional. La mayoría de los lectores sienten la emoción que se transluce en el libro, pero no se preguntan por qué la sienten. Lo cual dice mucho de la genialidad de McCarthy para crear esta pareja que debería un clásico, como ya lo son Quijote y Sancho o Holmes y Watson.

Pero es lógico que tenga esta deformación. Cuando leo un libro estoy, casi de forma obligatoria, mirando los pequeños trucos que el autor ideó para provocarnos la emoción que tuvo al escribirlo. Y los resultados son siempre sorprendentes, y muchas veces inesperados.

¿Por qué tuvo Cormac McCarthy la necesidad de escribir este libro? ¿Qué provocó al escritor para entregarnos una historia de piedad y amor en medio del desastre del salvajismo del fin de la humanidad?

En una de las pocas entrevistas que el autor ha concedido, Oprah Winfrey intentó sacarle esta respuesta al autor, y obtuvo una anécdota sobre un hotel con su hijo en El Paso donde le fascinó el silencio de la madrugada apenas cortado por el ruido lejano de un tren nocturno y unas luces enigmáticas en las colinas, que 4 años más tarde le hicieron pensar en lo que hoy es The Road. Tan solo imaginando qué sería aquel pueblo en 50 años.

Él mismo dice en un encuentro posterior:

“Si analizas los clásicos de la literatura, están construidos en torno a la idea de la tragedia. Uno no aprende demasiado de las cosas buenas que le van sucediendo. Pero la tragedia está en el centro de la experiencia humana y es a lo que tenemos que enfrentarnos, es lo que hace que la vida sea difícil y es de lo que queremos aprender, es aquello a lo que queremos saber cómo enfrentarnos, porque es inevitable, no hay nada que podamos hacer para prevenirlo.”

Aunque parezca duro, la historia del arte lo demuestra así. La mayoría del mejor arte que se ha creado, que sigue perdurando, que deja las mejores páginas, los mejores trazos en un lienzo, símbolos en un pentagrama, vienen desde el caos del dolor, de la tristeza y el desasosiego que nos lleva al aprendizaje. Unos, (la mayoría) aprenden y siguen adelante; otros caen en depresiones nerviosas y se convierten en despojos humanos; los artistas y escritores lo expulsamos en lo que sabemos hacer y seguimos adelante o nos convertimos también en despojos humanos.

Recientemente, mientras veía Nashville, una serie de televisión que no creía que seguiría jamás, el personaje del músico Deacon Claybourne le dice a su novia intentando pedir perdón, luego de haberle contestado mal:

“Toda mi vida, he sabido cómo escribir canciones desde el dolor o el caos de un corazón roto. Ahora mismo estoy probando todas las cosas que se me ocurren para hacer eso cuando soy feliz.”

De un tirón me vino a la mente la novela de Cormac McCarthy, los cuadros de Van Gogh, las sinfonías de Beethoven; recordé 1Q84, o casi cualquier libro de Murakami, me llegó como una saeta el magnífico testimonio sobre la depresión de William Styron con su “libro triste con un final apenas feliz”, Esa visible oscuridad, y podría hacer una lista inmensa desde Séneca hasta Coetzee, pasando por Rimbaud; ¡pero sería interminable!

Phillip Brenot aporta su granito de arena a esta espinosa cuestión cuando describe en su ensayo Genio y locura, situaciones de alteración de la conciencia que permiten a un artista crear en situaciones imprevistas.

Sin embargo, no siempre (o no solo) se crea desde el dolor, aunque sea este un motor de grandes obras.

La creación artística y literaria, es un enigma difícil de explicar a quien no lo ha vivido alguna vez. La capacidad de ver en la mente algo que no existe, invisible para el resto del mundo, muchas veces sacado de un sueño, de un trozo de periódico, o una imagen trivial del día a día, tiene una fuerza como elemento de motivación que no se entiende si no se vive.

Dina Glouberman en El poder de la imaginación usa esta capacidad del artista para crear una teoría muy interesante sobre la motivación psicológica en nuestros proyectos, practicar visualizaciones de lo que queremos ser o alcanzar para trabajar con fuerza sobre ello.

Y la imaginación, sin dudas, tiene mucho que ver; pero, siempre hay algo más que jamás podremos descifrar. El propio McCarthy en La carretera deja una de esas frases que todo artista (y todo ser humano) debería dejar esculpida en una pared de casa: “Cuando no tengas nada más, inventa ceremonias e infúndeles vida.”

La forma en que se llega a crear una obra de arte es algo que solo lo sabe la mente del creador, pero muchas veces ni siquiera. He tenido la experiencia de vivir un arranque de creatividad que sale de las entrañas, otras viene de un sitio perdido, que atraviesa nubes, edificios, personas, árboles y se instala en mi mente sin que sepa por qué me escogió a mí y no a otro. Más o menos el mismo demonio que inspiró a Cormac McCarthy aquella noche de hotel con su hijo, en mi caso con menos genialidad y suerte.

Sea genialidad, talento sacrificado, circunstancia imprevista, locura, imaginación desbordada, no hay patrones que puedan asumirse como forma creativa para todos. Podemos aprender técnicas para despertar la creatividad, o para transmitir mejor la emoción que nos llena y tenemos que expulsar porque nos mata dentro, pero no existe una única explicación para esa capacidad del artista en sacar lo imaginado y convertirlo en eterno.

Dice el novelista Raymond Carver:

“A riesgo de aparecer tonto, un escritor a veces solo necesita ser capaz de pararse en algún sitio a fin de mirar, boquiabierto y asombrado las cosas más simples, como una puesta del sol o un zapato viejo”.

A lo mejor es eso: un tonto que mira un rayo de sol y unos zapatos viejos y luego dice haber visto: un trascendental amanecer y una vida que se acaba.

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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