La mayor virtud humana

| noviembre 26, 2017

Fue un juego, casi un reto, porque conté que Diogénes iba un día con una tea encendida. ¿Qué buscas a plena luz del día buscando como un loco como si no hubiera suficiente luz? Su respuesta está recogida en los libros como la salida de un sabio: Busco a un hombre. Quería decir un sabio, un ser diferente que se alejara del vulgo embrutecido, porque aquella masa vil no tenía hombres, al menos, no completos.

¿Y qué nos hace hombres? Las virtudes humanas, claro. ¿Cuáles? Ahí empezó el reto: digamos una cada uno, explicamos por qué y lleguemos a un consenso.

Descartemos las más obvias, aquellas clásicas que son unánimes en teoría, pero no en la práctica: la Justicia, la Prudencia, la Fortaleza, la Templanza, la Bondad, la Honestidad, la Humildad y que están en todas las religiones. ¿Sobre qué base? Porque se puede ejercer la virtud, es decir “la disposición habitual a obrar bien en sentido moral” sin necesidad de todas ellas y la evolución moral de la sociedad nos obliga a otra búsqueda que incluya algo más que la religión y los argumentos de la Fe.

Crear, dijo luego de un prudente silencio entre ambos. ¿Qué tipo de creación? Inventar naves que llegan a la luna y marte, ordenadores para hacer operaciones complejas que un cerebro apenas puede imaginar; aparatos con memoria y capacidades casi humanas que caben en la palma de una mano para comunicar con el otro lado del mundo en segundos; hacer que un artefacto lleno de metales y plástico, sin alma ni vida, sea capaz de ver en el interior del cuerpo humano para conocer los males que los aquejan. Creamos para los demás, es una gran virtud.

¿Y con qué creamos sino con la Imaginación? Aprobado. La Imaginación es la gran candidata; nos hace ver lo que no existe, aquello que sentimos, más allá de nuestros sentidos humanos, aquello que podemos intuir sin oler, sin ver, escuchar, que podemos palpar con dedos invisibles que nos da haber creado la Capilla Sixtina, la sinfonía Coral o El Quijote.

Hasta comer con cubiertos, dije más pragmático, y aunque no creía ir descaminado, se impuso la pregunta: ¿y en qué nos diferencia la creación de un chimpancé o un bonobo que usa una ramita para comer hormigas? No mucho en realidad: un cerebro más grande, años de evolución.

¿La Ambición, la Confianza?, son las que trazan una frontera entre vivir solo para el presente y el deseo del futuro. Cuando ambicionamos creamos, usamos algo más que mirar a los lados porque miramos adelante, a un sitio que nos resulta impreciso, pero de lo que somos conscientes y los animales no. Pero no seríamos nada solo con ellas sino hubiera algo que nos haga pensar diferente de ellos.

¿Quizá la razón o el intelecto? Sí, nos separa de los simios, nos permite crear, pensar, alejarnos de la animalidad, buscar elementos más allá de los instintos o el simple el azar emotivo. ¿Y cómo avanzas después sin Ambición o Confianza? ¿Quizás con la Valentía? Puede ser, para salir de la comodidad de lo conocido, luego de pensar y ambicionar, hay que ser audaces, capaces de moverse en lo desconocido, tantear aquello que se escapa de nuestra comprensión y análisis racional. ¿Pero cómo ser audaces nos hace actuar bien? Se puede ser valiente y no prudente, no actuar de acuerdo a la moral.

¿Empatía? La Empatía nos acerca al otro, nos lleva a su terreno y nos obliga a entendernos como desiguales. La Empatía nos obliga a encontrarnos en el centro, en el terreno de nadie, o mejor, de todos. Más que Empatía, se parece a la Tolerancia.

¿Y cómo toleramos al nazismo o al comunismo? No, no podemos tolerarlos, los combatimos. Pero las guerras no son una virtud. No, en absoluto, lo hacemos con la justicia, pero esta se nos quedó corta, quizás con algo más.

¿Con qué? ¿Qué nos convirtió en amigos y nos hace prudentes, justos, fuertes, tolerantes, sosegados, buenos, honestos, humildes, imaginativos, empáticos, sensibles?

Volvió el silencio. ¿Cómo encontrar algo tan difícil? Nos miramos con algo de duda contenida, tratando de hallar algo que nos hubiera unido en el salón más allá de nuestras diferencias tras miles de años de evolución como especie, aquello que nos llevó a triunfar donde otros más fuertes, más capaces y mejor preparados habían fracasado.

Le puse la mano en la mejilla, la atraje hacia mí sin que opusiera resistencia alguna y la besé en los labios. Luego acerqué los labios a su oreja y le dije en un susurro: TE AMO, y entonces ocurrió.

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  • Daniel:

    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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