Escribir ficción: Musas, personajes y anonimato

| diciembre 10, 2017

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A propósito del éxito de su novela El cartero de Neruda (antes Ardiente paciencia) cuenta Antonio Skármeta la decepción de los profesionales de la información a la hora de intentar contactar al hombre que dio origen al cartero que tanto había marcado el quehacer italiano de Pablo Neruda.

Muchas veces periodistas que me preguntan por mi obra me piden que interceda para conseguir la dirección del cartero e ir a entrevistarlo personalmente. Cuando les digo que es un ser ficticio me miran con reproche. [1]

No es tan extraño esta reacción en quien no escribe, o simplemente no entiende la postura del creador de ficción. Dan Brown ha expresado, no una, sino varias veces, su placer a la hora de regodearse con la Historia para inventar ficción, y sin embargo, gran parte del público lector cita aun (y parece que seguirá haciéndolo) su novela El Código Da Vinci como fuente de autoridad sobre la historia del Opus Dei, y hasta la propia organización se ha visto obligada a desmentir las licencias creativas de Brown con una frase que resultaría enigmática si no fuera clara: “…los errores, las invenciones, las tergiversaciones y los simples bulos abundan por toda la novela.[2]

Los ejemplos de malinterpretaciones (o simple contaminación cruzada) de la realidad con la ficción son múltiples desde llevar a juicio a un autor como Flaubert por atacar la moral pública con Madame Bovary, citar novelas como El Código Da Vinci cual si fueran fuentes de autoridad científica o promover personajes literarios de Dostoyevski como ejemplos de desórdenes psicológicos.

¿Pero es que hay alguna novela que no tenga como base la premisa de la invención?

En la Teogonía, Hesíodo dijo que cuando todo era Historia, en tiempos clásicos, las musas, juguetonas y malcriadas donde las haya, le susurraron al hombre muchas mentiras que parecían verdades. Estas invenciones dichas al oído provocaron que la realidad terminara siendo mucho más rica y fantástica que la imaginación misma. Claro, esta invasión o contaminación de la realidad con invenciones y mentiras tiene una virtud: el de la verosimilitud; con esta, los seres humanos nos quedamos aliviados cuando los hechos nos resultan inexplicables.

Si el cerebro, como nos dicen a menudo los neurocientíficos, es la maquinaria de la sobrevivencia, y no de la verdad, ¿Cómo no vamos a comprender que nos inventemos curas imaginarias para heridas que no sanan, tapones de mentirita para huecos que molestan o historias de ficción para explicarnos las partes de la realidad que desconocemos y nos inquietan? Y a menudo, incluso teniendo la explicación más sencilla, obvia y real, nos inventamos otra que nos sea menos incómoda.

Más allá de las lógicas (mal)interpretaciones, lo que me emociona es la capacidad de la ficción para meterse en la vida real, esa virtud –no siempre virtuosa– de que existan los adjetivos «pantagruélico» o «quijotesco», que se citen Crimen y Castigo o Los miserables como fuentes de autoridad psicológica o histórica, y que todavía busquemos con ansiedad a las modelos que posaron para La Gioconda o El origen del mundo.

Y en realidad ¿importa tanto saber o no la inspiración de una novela, la modelo que sirvió a un cuadro o la idea inicial para una película o una gran ópera?

Yo diría que no. Tenemos una curiosidad inmensa, digo nosotros, los humanos; todo lo que cae en la frontera de lo desconocido nos inquieta y, a algunos, hasta les abruma. Y es normal. Borges nos asustó un poco al decir que «sabemos muy poco de las leyes que rigen la casualidad»; y la inquietud que nos produce ese desconocomiento, mezclado con una curiosidad ilimitada por querer saberlo todo, no lleva a esa paradoja que apuntan los que nos estrujan el cerebro: aquello que se nos arrebata de los sentidos, nuestro cerebro lo rellena con información que conoce y puede explicar, y si no la tiene registrada y no se puede explicar, se inventa los datos.

Este obscuro y complejo órgano tan bueno para hacernos sobrevivir, es también incapaz de aceptar explicaciones sencillas para grandes problemas. Quizás por eso hay tantas teorías conspirativas sobre los casos expresados antes, pero también sobre la existencia de Cristo, la identidad de Jack el destripador, o el verdadero asesino de Kennedy.

Pero la realidad es que la explicación más lógica suele ser la más sencilla y poco importa saber los orígenes u otros intríngulis recónditos de la mayoría de las obras artísticas o de cientos de logros humanos siempre y cuando seamos capaces de aprovechar los valores humanos que nos ofrecen; es decir, siempre y cuando nuestra experiencia vital o nuestra simple capacidad de entretenimiento, o de emoción se vea satisfecha.

Me gusta la idea del anonimato de los personajes e historias literarias. Dice Skármeta que “un personaje ficticio adquiere derecho de vida real cuando establece una relación entrañable con un lector o un espectador.” [3] Y quizás con eso debería bastar, por más que existan –y nos ofrezcan– cientos de claves para conocer el proceso creativo y sus misterios.

Me remito a la entrevista que ofreció Claudio Magris en el programa Le temps d’écrivains en France Culture cuando le preguntaron sobre la verdad de la ficción:

No importa en absoluto saber si alguien en verdad existió o no siempre que guardemos una cierta epifanía de la vida. Es esa la verdad diferente de la literatura, no es una verdad correspondiente a una situación material, sino como revelación del alma humana o de la historia. [4]

[1] El País, «Entrevista con Antonio Skármeta», EL PAÍS, noviembre 5, 2003, https://elpais.com/cultura/2003/11/05/actualidad/1068058015_1068059081.html.

[2] «La historia que manipula “El Código Da Vinci”», s. f., http://opusdei.es/es-es/article/la-historia-que-manipula-el-codigo-da-vinci/

[3] País, «Entrevista con Antonio Skármeta».

[4] “La littérature est un territoire où l’on cherche sa propre identité”, Claudio Magris, France Culture, s. f., https://www.franceculture.fr/emissions/le-temps-des-ecrivains/la-litterature-est-un-territoire-ou-lon-cherche-sa-propre-identite

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