Line of Duty. El juego de Verdad o Mentira

| Abril 15, 2017

El japonés, Junichiro Tanizaki, uno de los más llamativos escritores de la literatura y gran maestro del cuento, narra en algunos de sus relatos más turbadores la delgada línea que existe entre la percepción de los sentidos y lo que realmente ocurre en la realidad.

En “El caso del baño Yanagi”, −incluido en Cuentos de amor (Alfaguara, 2016) y del que recomiendo una lectura atenta−, un abogado y su invitado son interrumpidos por la llegada de un joven con cierta agitación y dificultad para explicarse. Ante las preguntas del abogado cuenta una historia muy inquietante de su tormentosa relación amoroso-sexual con una chica que se llama Ruriko con la que tiene unos altibajos que van desde el amor más desmedido a batallas campales donde no faltan los golpes y la violencia sin control. A ello se agrega una historia entre lo erótico y lo misterioso con sustancias mucosas y cabellos desparramados en suelos resbaladizos de unas saunas públicas donde pueden aparecer, a su vez, cadáveres de mujer sin rostro que pondría los pelos como escarpias a más un lector aprensivo.

Todo lo que este joven cuenta luego nos es matizado por un giro de tuerca en la historia que nos desvela algunos secretos que no ha desvelado y que dejarían entrever en él alguna incapacidad para analizar de forma adecuada el entorno y sus circunstancias, pero que deja al lector con la extraña sensación de que todo los que nos han contado es un juego de adivinanzas donde nunca sabremos quién tiene la razón ni por qué.

La referencia al cuento me llegó mientras veía la serie británica Line of Duty, una de esas joyas que, de cuando en cuando, nos regala la televisión en forma de ficción. La historia nos trae una brigada de la policía interna, es decir, aquella policía que investiga los delitos de la propia policía, que tiene que decidir en cada de uno de sus casos la línea a seguir ante situaciones donde los criminales son las propias fuerzas de la ley.

Para empezar por lo negativo, es probable que se note cierto aroma de Hollywood ante determinadas situaciones de violencia donde prima el efecto antes que la verosimilitud, aunque, en realidad, ya los espectadores tomamos como parte intrínseca de la ficción y nos creemos o no, según nuestro análisis personal de cada argumento.

Lo mejor, sin dudas, es el trazado de los personajes. Line of Duty no nos presenta a policías impolutos y marcados por una moralidad que a veces está muy exagerada en algunas series de facturación norteamericana. En esta historia británica casi todos los propios investigadores tienen su lado oscuro, o cuando menos, algo gris, desde deudas financieras por mal manejo del patrimonio, órdenes mal ejecutadas mientras ejercían otras labores o relaciones tensas con sus parejas que marcan su propia labor como policías.

Suelo decir a mis clases de literatura, o ficción en general, que una de las bases de la creación de una buena historia está en no juzgar a los personajes, sino en presentarlos imparcialmente como seres humanos reales, como entes sufridos o felices que también mienten o dicen la verdad y pretenden obtener beneficios (sean físicos o espirituales) de sus relaciones con el resto del mundo.

Lo que luego el lector haga con los personajes, si odiarlos o amarlos, es indiferente, pero el creador tiene que amarlos, positivos o negativos, por igual, dar lo mejor de sí a todos, porque las actitudes más rechazables, sea una subsahariana que malvive en Europa y abandona a un bebé, o un sudamericano que prefiere ser narcotraficante en su país donde el trabajo es escaso, pueden tener una explicación que, si nos pusiéramos en la misma situación, y sobre todo el mismo entorno sociopolítico, quizás no actuaríamos de forma diferente. En esto Line of Duty da un campanazo de éxito.

Está, además, muy bien lograda, la capacidad para llevarnos de viaje en los entresijos de su historia de la mano de los personajes menos fiables, aquellos que son los menos capacitados para decir la verdad, o para creerla en caso de que lo hagan, de forma que siempre estamos, como espectadores, a medio camino entre la verdad y la mentira, la verdad y la invención, un juego de Verdad o Mentira donde no podemos fiarnos de nadie hasta que se desvela el famoso dato escondido, aquella escena que magistralmente nos había ocultado el creador al principio para demostrarnos que estábamos equivocados o darnos la razón al final de la historia.

Es curioso, pero esta misma idea me volvió a llevar a la ficción japonesa. Para los que aman estas historias de dudas inconsecuentes y mentiras ocultas, no pueden dejar de ver Rashomón, la magnífica historia montada por Kurosawa basándose en dos relatos de Ryunosuke Akutagawa. No se olvidarán de mi recomendación: aprendamos a ver las cosas con el prisma de la imparcialidad, porque no está siempre claro de qué lado vive la verdad, cuando hay dos lados en conflicto.

Loading Facebook Comments ...

Escribir comentario

Últimos comentarios

  • Daniel:

    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

  • paco:

    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

  • Anonimo:

    Gracias... A veces siento que no valgo nada como persona y que soy insignificante. Supongo que no podre...

  • Víctor:

    Tuve la oportunidad de verla por primera vez en renta, sin palabras, la mejor película que he visto...

  • Mónica:

    Mi película favorita. Encantadora, tierna, profunda. Para mí se quedará así. Como ese amor de...

  • cris:

    Carmen, estoy de acuerdo contigo. Ninguna variante es inferior a otra. Un idioma que no cambia con el...

Escrito por Hector García Quintana