Tanizaki y Line of Duty. El juego de «Verdad o Mentira»

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blankEl japonés, Junichiro Tanizaki, uno de los más sugestivos escritores de la literatura y gran maestro del cuento, narra en algunos de sus relatos más turbadores la delgada línea que existe entre la percepción de los sentidos y lo que verdaderamente ocurre en la realidad.

En “El caso del baño Yanagi”, −incluido en el volumen Cuentos de amor (Alfaguara, 2016) y del que recomiendo una lectura atenta−, un abogado y su invitado son interrumpidos por la llegada de un joven con cierta agitación y dificultad para explicarse. Ante las preguntas del abogado cuenta una historia muy inquietante de su tormentosa relación amoroso-sexual con una chica que se llama Ruriko con la que tiene unos altibajos que van desde el amor más desmedido a batallas campales donde no faltan los golpes y la violencia sin control.

A ello agrega una historia entre lo erótico y lo misterioso con sustancias mucosas y cabellos desparramados en suelos resbaladizos de unas saunas públicas donde pueden aparecer, a su vez, cadáveres de mujeres sin rostro que pondría los pelos como escarpias a más de un lector aprensivo.

Todo lo que este joven relata luego nos es matizado por un giro de tuerca en la historia que nos descubre algunos secretos que él no ha desvelado y que dejarían entrever en él alguna incapacidad para analizar de forma adecuada el entorno y sus circunstancias, pero que deja al lector con la extraña sensación de que todo los que nos han contado es un juego de adivinanzas donde nunca sabremos quién tiene la razón ni por qué la tienen unos y no los otros.

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La referencia al cuento me llegó mientras veía la serie británica Line of Duty, una de esas joyas que, de cuando en cuando, nos regala la televisión en forma de ficción. La historia nos trae una brigada de la policía interna, es decir, aquella policía que investiga los delitos de la propia policía, que tiene que decidir en cada de uno de sus casos la línea a seguir ante situaciones donde los criminales son las propias fuerzas de la ley.

Para empezar por lo negativo, es probable que se note cierto aroma de Hollywood ante determinadas situaciones de violencia donde prima el efecto antes que la verosimilitud, aunque, en realidad, estos giros de cuestionable veracidad ya los espectadores tomamos como parte intrínseca de la ficción y nos creemos o no, según nuestro análisis personal de cada argumento. Yo me creo unas cosas que otros no, y otros se tragan unos bulos que para mí son evidentes.

Lo mejor, sin dudas, es el trazado de los personajes. Line of Duty no nos presenta a policías impolutos y marcados por una moralidad que a veces está muy exagerada en algunas series de facturación anglosajona. En esta historia británica casi todos los propios investigadores tienen su lado oscuro, o cuando menos, algo gris, desde deudas financieras por mal manejo del patrimonio personal, órdenes mal ejecutadas mientras ejercían otras labores o relaciones tensas con sus parejas que marcan su propia labor como policías.

Suelo decir en mis clases de literatura, o ficción en general, que una de las bases de la creación de una buena historia está en no juzgar a los personajes, sino en presentarlos imparcialmente como seres humanos reales, como entes sufridos o felices que también mienten o dicen la verdad y pretenden obtener beneficios (sean físicos o espirituales) de sus relaciones con el resto del mundo.

Lo que luego el lector haga con los personajes, si odiarlos o amarlos, es indiferente, pero el creador tiene que amar por igual a todos sus hijos literarios, sean positivos o negativos, dar lo mejor de sí a todos, porque las actitudes más rechazables, sea una subsahariana que abandona a un bebé mientras malvive en Europa o un sudamericano que prefiere ser narcotraficante en su país donde el trabajo es escaso, pueden tener una explicación que, si nos pusiéramos en la misma situación, y sobre todo el mismo entorno sociopolítico, o incluso psicológico, quizás no actuaríamos de forma diferente. En esto Line of Duty da un campanazo de éxito.

Está, además, muy bien lograda, la capacidad para llevarnos de viaje en los entresijos de las historias que cuenta de la mano de los personajes menos fiables, aquellos que son los menos capacitados para decir la verdad, o, si lo hacen, tenemos argumentos de sobra para no creerlos, de forma que siempre estamos, como espectadores, a medio camino entre la verdad y la mentira, la verdad y la invención, un juego de “Verdad o Mentira” donde no podemos fiarnos de nadie hasta que se desvela el famoso dato escondido, aquella escena que magistralmente nos había ocultado el creador al principio para demostrarnos que estábamos equivocados o darnos la razón al final de la historia.

Esta misma idea nos devuelve a la ficción japonesa. Para los que aman estas historias de dudas inconsecuentes y mentiras ocultas, no pueden dejar de ver Rashomón, la magnífica historia montada por Akira Kurosawa basándose en dos relatos («Rashomon» y «En el bosque») de Ryunosuke Akutagawa. No se olvidarán de mi recomendación: aprendamos a ver las cosas con el prisma de la imparcialidad, porque, cuando hay dos lados en conflicto, no está siempre claro en qué sitio vive la verdad.

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