Lo que aprendí de Temple Grandin

| Agosto 11, 2011

Si no has tenido aún la suerte, te digo quién es. Temple Grandin es profesora de la universidad de Colorado, y una de las más importantes estudiosas del comportamiento de los animales en entornos no naturales. Sus estudios han llegado a ser tan importantes como para permitir que la industria ganadera sea más segura y eficiente.

¿Qué puede enseñar una doctora en Ciencia animal a un aprendiz de escribidor como yo? Pues resulta que Temple Grandin padece uno de los trastornos vinculados al llamado espectro autista. Sin embargo, su capacidad de superación, su deseo de llegar a algo que vio en su mente y su tenacidad para no prestar atención a las burlas, la llevaron a ser una de las mejores en su campo de trabajo.

Tiene Grandin una carencia (comparada con el resto de la gente) que convirtió en virtud. Muchos, no sé si todos, de los trastornos de la personalidad autista tienen que ver con no poder identificar las emociones. Algo tan simple como que haces un chiste y saber que es malo porque nadie se ríe, es imposible para ella. La mayoría podemos saber si nuestra pareja está sintiéndose mal o bien apenas mirando sus ojos y boca, porque apreciamos en un rostro, casi de forma intuitiva, los signos de la tristeza, el enfado o la alegría.

Grandin tuvo que aprender a hacerlo como si estuviera actuando. Porque en su mundo cerebral no existe esa capacidad que todos, de alguna manera, traemos marcado en nuestro ADN desde las cavernas, como ya demostró el psicólogo Paul Ekman, en sus magníficas obras, ¿Qué dice ese gesto? y Cómo detectar mentiras.

En su ya mítica conferencia en las TED Talks, Grandin dijo algo que debería estar escrito en piedra para enseñar en todas las escuelas: “Una de las cosas que aprendí desde muy temprano, porque no era muy sociable, es que tenía que vender mi trabajo y no a mí misma”. Descifremos un poco mejor esta frase. Temple Grandin sufrió burlas cada vez que aparecía con nuevas ideas. Pocos la tomaban en cuenta porque su forma de hablar, su manera de socializar, la opción (no escogida intencionalmente) de no dejarse llevar por la dictadura de las apariencias y el buen comportamiento social, hacía que no se le tomara en serio.

Lo que pudo ser obstáculo lo convirtió en virtud. No poder identificar las emociones, no llegar a entender que las risas eran burlas a su trabajo, le hacían no cejar en su empeño de mejorar la forma en que los animales que iban a ser convertidos en filetes y piel para zapatos, tuvieran una forma menos agresiva de ser sacrificados. Y es que cuando tienes un sueño, siempre tienes voces que invitan a despertar.

A muy pocos de los que te rodean les importa si eres o no feliz, si sufres o ríes, si tienes o no dinero para pagar el alquiler o comprar tu comida. Algunos, desde luego, te intentan frenar por envidia, aunque en la mayoría de los casos no es así. Los que te quieren y ven impracticables tus sueños no quieren verte sufrir, otros, simplemente ven imposible hacerlos realidad. La única verdad es que la mayoría de la gente siempre tiene peros para los proyectos de los demás. Siempre están disponibles para pellizcar el brazo en medio del sueño, fijarse en los obstáculos en el camino a la meta, echar peso en la mochila que cada soñador se echa a las espaldas.

La experiencia de Temple Grandin, (magistralmente llevada al cine en el Biopic sobre su vida) sin proponérselo, nos hace comprender que el sabio aprende a identificar que, más allá de sí mismo, de sus problemas, triunfos o vicios personales, tiene algo más que los demás necesitan, una virtud o moraleja propia que los demás estarán dispuestos a aceptar, y que debe concentrarse en el trabajo, en los pasos que va dando para llegar a la meta y menos en los obstáculos, en aquella parte de la gente que (desde fuera de la pista) va recalcando donde están los obstáculos o tirando peso en nuestra mochila.

Hay algo más importante que prestar atención a las burlas y las quejas de los que no pueden, y es la disciplina de concentrarse en tu trabajo, en lo que sí puedes. Incluso, es bueno no dejar pasar aquellas cosas que parecen no importantes para el resto de la gente, las cosas menos indispensables para triunfar o para tema de conversación del bar donde tomas la caña con amigos, algunas cosas pasadas de moda para el resto de la gente. Pero es importante no cejar, dar los pasos adecuados para lograr lo que pretendes, aunque parezca que no sirva de nada para ganarse el pan o ampliar tus amistades.

Porque hasta lo que aparentemente no influye de forma directa en tu objetivo permite que se encienda la chispa, que centremos nuestro interés y se nos abran las puertas de aquello que de verdad interesa. Y es encendiendo la chispa, (Lighting the Spark, al decir de Grandin) cómo se logra que podamos centrarnos en el camino por más que nos intenten distraer desde fuera de la pista.

En la misma conferencia dice: “Lo que me apasiona es que las cosas que hago van a hacer de este mundo un lugar mejor”. Con eso me quedo.

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