Nada me hará perder la sonrisa

| marzo 26, 2012

Me preguntan, ¿Por qué nunca abandonas la sonrisa? ¿Por qué siempre te vemos riendo? ¿No tienes problemas en tu vida? ¿Nada te afecta?

Doy la respuesta más directa y sencilla: Sé esconder mis sentimientos mejor que los demás. ¿Cómo no voy a tener problemas, situaciones incómodas y momentos desagradables con personas que no son precisamente aspirinas emocionales?

No existe un medidor de insatisfacciones.  Pero si lo hubiera no creo que las mías estuvieran en la media sino en lo más alto de la barra.

Casi todos, con raras excepciones, tenemos montones de necesidades comunes que van desde la subsistencia, el bienestar y la felicidad.  Queremos vivir sin problemas, haciendo lo que más nos gusta y si podemos cobrar por ello, genial porque entonces el trabajo no es visto como trabajo sino como una extensión de nuestros gustos.

A estas necesidades más o menos comunes algunos nos echamos encima otros faustos menos extendidos pero más o menos importantes para cada uno que van desde una copa de vino diaria en la comida hasta ver los programas del corazón de turno en la televisión.

Aquí van muchas necesidades discutibles porque siempre hay quien está dispuesto a criticar los lujos de los otros como innecesarios, pero nunca los propios. Una cerveza puede alegrar el día a un obrero en la hora de su almuerzo y puede amargarle la existencia a una ama de casa que soporta un marido alcohólico; un programa frívolo de la tele puede darle aspiraciones importantes a una chica que quiere ser actriz o volver a un pacífico con tics de maniático en asesino si malinterpreta la entrevista de alguien a quien odia; un Tablet puede ser la forma más útil y rápida de estar en contacto con alguien que puede ofrecernos un cambio de vida profesional o el perturbador juguetito que convierte a alguien en un ludópata.

El hecho cierto: todos tenemos este tipo de necesidades menos básicas por más que no sean iguales.

Donde ya no coincidimos la mayoría es en una pequeña necesidad de alimento espiritual que afecta a los menos cuerdos de la clase.

Aquí se encuentran un pequeño grupo de exigencias únicamente cultivadas por unos pocos, y que una gran mayoría ve como “aquello que me gustaría pero no tengo tiempo” y unos pocos como gilipolleces de maricones, flojos y lesbianas.

Leer un libro (incluso malo), filosofar sobre nuestros orígenes y nuestro futuro como especie, indagar sobre las herméticas simas del conocimiento humano, ver cine de reflexión (del que nos arranca un trozo de alma), emocionarse con El lago de los cisnes o Cascanueces en la obligada abstracción de un grupo de bailarines en movimiento, hacer volar la mente con el sonoro lamento de un violonchelo en un aria de Shostakovich o la dulce voz de María Callas o Sissel en O Mio Babbino Caro.

El colmo de querer complicarse la vida es la creación de cualesquiera de las anteriores necesidades. Parir un libro de ficción, poesía o pensamiento, crear una ópera, incluso hacer manualidades que necesiten la interacción del intelecto. Cualquier labor que constituya erigir un edificio sobre lo que no existe.

La mayoría de la gente no tiene esta última preocupación. Le importa una higa si existe alguien que sufre en silencio por otro motivo que no sea terrenal. ¿Qué tiene que importarle a nadie si dejas de dormir porque el argumento de una novela no sale de tu cabeza? ¿Qué más da si un músico no logra prestar atención a su entorno porque una melodía lo atormenta y no lo abandona?

Pero nadie más que quien lo sufre sabe lo desgastante que es tener la mente ocupada en algo que –a veces– preferirías que no estuviera.

Recuerdo la anécdota que cuenta Elizabeth Gilbert sobre Tom Waits en su magnífica conferencia en las Ted Talks. Waits iba conduciendo, “y de repente escucha este pequeño fragmento de melodía, que viene a su cabeza como llega la inspiración a menudo, evasiva y sugerente, y la quiere, es hermosa, y la ansía, pero no tiene manera de atraparla. No tiene un trozo de papel, no tiene un lápiz, no tiene una grabadora. Así que empieza a sentir cómo crece en él esa conocida ansiedad, algo como, «Voy a perderla, y esta canción me atormentará para siempre. No soy lo suficientemente bueno, no puedo hacerlo.» Y en vez de entrar en pánico, se detuvo. Detuvo todo este proceso mental e hizo algo completamente novedoso.  Simplemente miró al cielo, y dijo: «Disculpa, ¿no ves que estoy conduciendo? ¿Te parece que puedo escribir una canción ahora? Si realmente quieres existir, regresa en un momento más oportuno cuando me pueda encargar de ti. Sino, ve a molestar a otro.»”

Este tormento lo tienen unos pocos, unos incómodos indagadores de la vida que sufren con algo tan etéreo e inexplicable como el ansia de algo que no existe y puja por nacer en medio de unos azares casi paranormales que no se explican con palabras.

Personalmente tengo todos los posibles tormentos que puede tener un ser humano: desde los básicos de la sobrevivencia para todos, hasta los básicos para la sobrevivencia de unos pocos, y aún así me queda tiempo para los demás, me queda tiempo para ayudar con lo que mejor sé hacer, me queda tiempo para sonreír.

Cada una de nuestras necesidades puede ser un obstáculo si lo vemos como algo inalcanzable, pero ¿qué pasa si somos capaces de reordenar las necesidades? ¿Qué pasa si somos capaces de decidir por nosotros mismos las cosas que queremos y no las que nos inventamos por querer las de otros?

Es importante reflexionar, hay que detenerse un momento en medio del camino y preguntarnos si en realidad necesitamos algunas cosas que anhelamos, y tratar de centrarse en aquellas que aportan más felicidad que bienestar.

Las exigencias que tenemos dejarán entonces de ser obstáculos para la felicidad y serán un objetivo más (que ya llegarán) a alcanzar mientras somos felices luchando por conseguirlos. Porque nuestras necesidades no pueden quitarnos la sonrisa.

Podemos escudarnos en la manida y cautelosa frase de que fingimos mejor que los demás y por eso sonreímos, pero en mi caso, la realidad, la única y verdadera consecuencia de todo: es que soy feliz. Porque he logrado hacer de las necesidades, objetivos sencillos que un día llegarán mientras me divierto trabajando, y de los obstáculos, motivos de aprendizaje para saltarlos, romperlos o vadearlos. ¿Ahora entiendes?

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  • Daniel:

    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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