¿Qué es “Una gota de agua sobre la roca”?

| septiembre 15, 2011

Tengo la suerte de cargar en la espalda con una buena experiencia como profesor de Literatura, en especial de Literatura Creativa. Tuve la suerte de recibir clases de buenos comunicadores y maestros en el Centro de formación literaria “Onelio Jorge Cardoso” y fuera de él, que me allanaron el camino hacia el conocimiento de esta profesión que un amigo llama “el arte de estampar letras”. Luego la necesidad me impuso ganarme la vida como profesor de la misma materia.

Por eso no dudé en aceptar cuando el director de Editorial Berenice, proyecto que empezaba su recorrido empresarial, me propuso la idea de concebir un libro donde confluyeran todas esas técnicas literarias que los grandes maestros de la literatura han usado para hacernos llegar, y convencernos, de la mentira de su realidad ficcional.

Del reto que me impuse nació Cómo se escribe una novela, una experiencia nueva y sorprendente para mí. Nueva porque no se me habría ocurrido escribir un libro más sobre cómo enseñar a escribir ficción; y sorprendente porque no esperaba la acogida que tuvo cuando salió a la venta.

Cuando fui sólo alumno me percaté que muchos libros –con algunas honrosas excepciones– que pretendían enseñar a escribir textos narrativos, se convertían a la larga en un fastidioso ensayo sobre los grandes conocimientos literarios del autor. Siempre me dejaban con ganas de saber algo más, o algo concreto, sobre el arte de escribir.

Entre las honrosas excepciones en español quizás el más atractivo y diferente fue Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa, pero el grueso de los que mejor abordan estos temas estaban escritos por escritores norteamericanos, y para lograr hacerse de textos en español, había que realizar una larga búsqueda bibliográfica que Lauro Zavala, en su Teoría del cuento. Teorías de los cuentistas, algo ya había adelantado para el cuento, de cierta manera. Así que cuando acepté escribir ese libro me propuse dos objetivos, escribir de forma sencilla, tan sencilla que lo pudiera entender cualquier principiante, y que sirviera no sólo a los que quieran aprender a escribir sino también a los lectores que lo quieran hacer de otra manera que sólo por simple placer.

El otro fue escribir, en español, con las armas y herramientas de los escritores norteamericanos. Simplemente escribí el libro que no tuve cuando aprendía esta materia que nunca terminamos de dominar del todo. Dada la acogida que tuvo la primera tirada (uno de los libros de esta editorial que necesitó una segunda edición sin apenas promoción) tuve la obsesión de hacer algo aún más innovador, algo que fuera incluso más allá de enseñar a escribir, algo que fuera además, una forma de descubrir la importancia de los libros y la ficción.

La idea de El mundo de Sofía (Jostein Gaarder) para la Filosofía, El teorema del loro (Denis Guedj) para las matemáticas, o las cientos de novelas para la Historia, como Sinuhé, el egipcio (Mika Waltari) o Quo Vadis (Henryk Sinkiewicz) me impuso la búsqueda de la novela que enseñara literatura. Debo decir que no la encontré.

Me propuse entonces la idea de escribir la novela que no había hallado y que me hubiera gustado leer. Durante dos años no encontraba el motivo. Sabía lo que quería, pero no sabía cómo hacerlo. No perseguía lo que ya habían hecho Gaarder ni Guedj, quería otra cosa.

Durante esos dos años abandoné el proyecto varias veces, seguro de que no volvería a él, porque me parecía una idea imposible. Hasta que circunstancias personales me hicieron reexaminar el valor de los libros, de las novelas, de los libros de ficción como catalizadores de un crecimiento personal, de mejoramiento interior de nuestra vida. Ahí estaba el motivo.

Recordé que Horacio Quiroga dijo una vez sobre el cuento como texto de ficción que era algo así como una flecha directa a un blanco. Una flecha con una fuerza y un objetivo al que llega de forma rápida, una saeta a la que el más leve roce, como el batir de las alas de una mariposa, puede desviar de su objetivo.

Pero recordé también a Edgar Allan Poe en su magnífico ensayo sobre Hawthorne: “El alma no se emociona profundamente sin cierta continuidad de esfuerzo, sin cierta duración en la reiteración del propósito. Hace falta la gota de agua sobre la roca”. Y tenía razón.

Lo que mejor semeja a una novela es una gota de agua sobre la roca. Esto es; la roca es dura, pero gota a gota, con paciencia, sin violencia termina por horadar la dureza de la piedra. Y habla Poe del alma, de la necesaria emoción que se logra con alguna insistencia en el esfuerzo.

Desde el punto de vista de la evolución personal, del progreso interior, mi amiga Raquel (siempre dispuesta para los libros que nos ayuden a vivir mejor) me dio las claves del título, enfocándolo desde las cualidades del agua, el agua que todo lo consigue, que pausadamente, sin apremios, durante muchos años de tenacidad es capaz de romper la roca como podemos romper los obstáculos que nos impiden el crecimiento interior como seres humanos.

Nació Una gota de agua sobre la roca; esta novela que es dos colosales propuestas en una –y que espero haber logrado–: un libro en el que una escritora de éxito cuenta cómo descubrió en un momento deprimente de su vida, la forma en la que los libros, la literatura, las historias de ficción y la escritura podían ser bálsamos para la depresión, curas para la degradación emocional del ser humano. Y cuenta cómo lo logra a través de un maestro llamado Alexandr, un escritor norteamericano de éxito, de origen armenio, que huyó de los focos, que se alejó de las pasarelas literarias, para vivir su vida en el anonimato de un barrio humilde de Madrid. Un maestro que, como el Miyagi japonés de otra disciplina, se impone como meta descubrirle a la protagonista el camino de salvación que se puede encontrar a través de los libros de ficción.

Así, Una gota de agua sobre la roca es, la novela que enseña cómo escribir una novela mientras creces como ser humano viviendo como testigo parte de la vida de Cristina von Hagen. Así la compartiré.

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