Ser duro como una roca
Hector García Quintana | diciembre 21, 2011
En estos días recordaba aquella frase a la que aludía Gloria en Modern Family a quienes te ayudan a pesar de que a veces, y quizás sin querer, los lastimas: (I won’t spit on your face but blow behind you) que viene a ser algo así como: No seré quien te escupa en la frente sino la brisa que te empuja por la espalda. Y la evocaba con ganas, con pasión, recordando sueños empezados, ahora destrozados; proyectos iniciados que cayeron en el olvido y amores por los que daba la vida que ahora no significan nada.
Porque si has vivido intensamente, si has arrancado pasionalmente muchos de tus proyectos vitales, lo suficientemente pasionalmente como para recibir palos cuando se frustran, si la vida te ha dejado un mal sabor de boca como para creer que el resto de la gente tiene algo hiriente y ladino, llegas a creer que a ti mismo no te queda más remedio que convertirte en roca.
Lo sé, te he visto como roca. Y ser roca es una forma de preservarse del dolor que deja el filo del cuchillo.
Recuerdo también haber sido roca, haberme cerrado a sentimientos, abrazos, besos y pasiones temperamentales, porque tenía que preservarme, debía evitar los amargos sablazos que dejan los sinsabores, el dolor que marca en la piel cada decepción.
Y el pero…, la palabra más triste del español, para recordarte que no es obligatorio convertirte en roca. Puedes optar por ello, pero habrá siempre alguna forma de que puedas escoger la dureza de la roca sin cerrar el paso a sentimientos profundos y sinceros.
Como roca que podrías ser para preservarte, también puedes cometer el grave error de usar tu dureza para herir a otros. Ser roca entonces ya no es una coraza para evitar el dolor de la agresión, sino el arma que comete en otros la agresión que evitas para ti mismo.
Y ahí fuera hay gente que te quiere, que extiende las manos en un abrazo hagas lo que hagas, que te abre su pecho para dejar pasar tu dureza y convertirla en suaves roces aunque salga mal herido en el intento. Gente que te quiere, que está cuando la necesitas a pesar de que a veces los hieres sin querer por haber escogido la dureza; y te ayudan a pesar de que luego cuesta resarcir el daño sin que quede una cicatriz, de que a veces te cierras puertas que otros abrieron y dejaron paso para ti.
Cuando alguien te extiende la mano así, no puedes menos que reconocer que te has equivocado y que tienes que abrir tu alma y tu mano, que tienes que dejar tu dureza un momento o muchos momentos porque la vida es más que eso.
Es mejor concentrarte en lo bueno que puedes ofrecer que en lo ladino de quienes a su vez son rocas que hieren.
Así que si escoges ser roca, que sea en aquello que no impida dejar pasar lo que importa porque la verdad sea dicha: comportarte como una roca te puede costar todo lo que valoras.
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