Literatura femenina y otros remoquetes literarios

| Octubre 30, 2016

pietro-antonio-rotariCuentan que Emilia Pardo Bazán, en más de una ocasión se rebeló contra la calificación de femenina para la literatura escrita por –y para– mujeres. En su concepción del arte de juntar palabras para transmitir emociones era inconcebible una literatura “femenina que trasciende a brisas de violetas” y “otra masculina que apesta a cigarro”.

Hay áreas de la existencia humana donde los adjetivos, epítetos descriptivos y casi cualquier otro tipo de calificaciones provocan un escozor cual si un punzón atravesara nuestro entendimiento. Muchas veces, calificar algo que ya tiene un argumento válido sin etiquetas, ponerle un apellido para diferenciarlo de la matriz que no permite un camino a medias o una mirada subjetiva, desautoriza el calificativo.

La literatura no es diferente. La literatura es o no es, y calificarla exige una reflexión que va más allá de la simple exposición del argumento.

A raíz de la curiosa otorgación del premio Nobel de literatura y del Planeta en la misma semana, escuché varios debates cuyo centro era la ausencia de mujeres en el panteón de los premios literarios internacionales. Esto podría llevarnos a una reflexión más profunda sobre la igualdad entre hombres y mujeres, lo cual podría ser discutible, pero el hecho cierto es que son exiguas las cifras de mujeres premiadas en galardones literarios, que muchos consideran el epítome de la apoteosis literaria.

Sin embargo, este tipo de debates donde alguien empieza exponiendo las desventajas femeninas frente al machismo dominante, suelen, inevitablemente, pasar de la exposición a la queja, y de la queja al enfrentamiento.

Es difícil saber si las escandalosas cifras de escritores premiados frente al de escritoras, tiene que ver con aquello de que primero muere ahogado un marinero que un forjador o que ha habido realmente una discriminación. Pero ahí no quiero entrar, dado que los premios, premios son, y en nada demuestran consagraciones o fiascos literarios.

Me gustaría, empero, fijarme en las etiquetas que se le suelen colocar a la literatura. A veces se usa simplemente como una delimitación geográfica, como al apuntar sobre literatura griega, latinoamericana o sudafricana se habla de la creación escritural que se realiza en una región concreta del mundo.

En otras oportunidades se utiliza una descripción temporal, que puede tener unos límites coincidentes con los períodos históricos; esto es, antigua, medieval, moderna o hasta postmoderna.

Esta última tiene una peculiaridad de que, como las artes plásticas, asume casi cualquier cosa, incluso elementos paraliterarios, fundamentos que no suelen ser tradicionalmente literarios. Postmoderno podría definir un rompimiento con lo tradicional, aunque, la mayoría de las veces –por no usar términos excesivamente categóricos– cuestionan el criterio mismo de calidad artística. Miremos las obras que se exponen en las salas de algunas galerías de arte moderno o leamos algunos de los más reconocidos exponentes de la llamada literatura postmoderna, y no necesitaremos demasiados argumentos para entender su dudosa calidad.

Todos estos apellidos clasificadores tienen un elemento común: que existen o se usan independientemente o, incluso, más allá del género o la calidad que los define y se amplían o se restringen, tanto como se requiera o nos venga en gana. Así se llega al extremo de estudiar, por mucho que cree ruido neuronal, la literatura camerunesa postmoderna o la literatura homosexual cubana moderna.

Otro elemento que los identifica es que no tienen, por lo general, una clasificación definitiva contraria, y entiéndase contraria no como oponente, sino como inversa, como la figura y la imagen, la cara y la cruz. ¿Cuál es el anverso de la literatura moderna? Todo lo que no sea moderno: ¿La antigua, la medieval, la postmoderna? ¿Cuál es el espejo de la literatura africana? La no africana: ¿la occidental, la hebrea, la asiática?

En el momento en que se añade un elemento diferenciador de género, la cosa se complica, ¿qué es la literatura feminista camerunesa postmoderna?¿A qué se refiere entonces cuando se habla de literatura femenina? ¿Tiene límites espaciales o temporales?

La Real Academia de la Lengua Española, culmen del machismo según el movimiento feminista más militante, apunta en sus tres primeras acepciones que lo femenino es todo aquello “perteneciente o relativo a la mujer”, que es “propio de la mujer” o que “posee características atribuidas a la mujer”.[1]

Si lo asumimos en la literatura debemos hablar de todo aquello, que independientemente de su calidad estética, criterios geográficos o temporales, esté referido a la mujer, sea relativo a ella o que posee características atribuidas a ella.

Esta definición tiene varios problemas.

Primero, por su carácter exclusivo, porque la cruz –o cara– la figura –o imagen– de la literatura femenina sería la literatura masculina. Y si alguien usa este término tan absurdo que no define nada, se encienden las alarmas.

Existen cientos de obras que retratan, definen o se refieren a la mujer y sus problemáticas, que no cuentan con la venia del epíteto de literatura femenina, y que incluso son consideradas lo opuesto. ¿Dónde se incluyen aquellos libros con protagonistas femeninos que, mejor o peor –¿para qué negarlo?– retratan la explotación y discriminación en que ha estado sometida la mujer? Nadie incluye Madame Bovary, Ana Kareninna o La casa de Bernarda Alba en la literatura femenina. El criterio es tajante: son escritas por hombres, que dan una visión de la mujer desde la perspectiva y la visión masculina.

Esta exclusividad provoca un desencuentro estúpido inter géneros. ¿Cuál es la visión masculina? ¿La del heterosexual que escribe sobre temas masculinos o del que lo hace sobre temas más cercanos a lo femenino? ¿O quizás la del homosexual que retrata temas propios de su género que se acercan a la discriminación sufrida por las mujeres?

La problemática se lleva, incluso a la sala de las librerías. Algunas editoras reconocen que las mujeres leen todo lo que les llama la atención, sea de su género o no, pero que los hombres se echan atrás con la mención de un nombre o un tema que se acerque o se refiera exclusivamente a la mujer.

Quizás esto tendría cierto peso si miramos algunas obras que se han convertido en Best Sellers, más allá de su calidad estética y de la escasa atención que se les presta entre el público masculino, como Mujercitas, El diario de Bridget Jones o Cincuenta sombras de Grey.

Sin negar este extremo, mi experiencia me ha enseñado lo contrario. Recuerdo estudiantes chicas de mis cursos de escritura que tenían natural indisposición a leer escritores hombres. Me resultó llamativo un caso en España que potenciaba escritoras femeninas precursoras de algún principio técnico literario, aunque la evidencia cronológica demostrara que antes hubo hombres que lo hubiesen usado.

El problema de este carácter exclusivo, de un lado o de otro, es que el público lector actual es abrumadoramente femenino, y esto es reconocido por todos, editoras y editores. Lo planteo, no como una queja, sino como el reconocimiento de una virtud hacia ellas. Hoy en día leen más, con aplastante mayoría, las mujeres. Se suelen citar algunos tópicos como que los hombres leen ensayo y las mujeres novela, pero más allá del rumor, lo realmente importante es que, existiendo un público mayoritariamente femenino, no tendría ningún valor que el lector masculino renegara de Bridget Jones o los esparcimientos sexuales de Anastasia Steele y Christian Grey. ¿Por qué? Porque el canon literario lo formarían las lectoras y no la tendencia machista de las estructuras masculinas de los premios.

Mi experiencia, quizás por ser subjetiva, me resulta curiosa.

Como lector he disfrutado novelas, ensayos y memorias que provocan un mohín de disgusto en muchos lectores hombres, cito como ejemplos a Coelho, Murakami o Isabel Allende, pero me ha dado temas infinitos de conversación con mujeres. Pero me pasa que muchos de los grandes libros de la literatura que me recomiendan estos amigos hombres, que tratan temas que supuestamente no son sólo para mujeres y, me dejan indiferente: Rayuela, por ejemplo, me resulta irritable, a pesar de que para mí su autor es uno de los mejores cuentistas de la historia de la literatura.

Como creador, mis libros suelen gustar entre un público mayoritariamente femenino. Cada vez que recibo un mail, un correo, una felicitación, suele venir de una lectora. ¿Por qué? Quizás porque trabajo con personajes femeninas muy peculiares, quizás porque miro determinados aspectos de la existencia humana con una visión que interesa a las mujeres o sencillamente (sin darle muchas vueltas) porque las mujeres leen más. El hecho es que, por más que tenga o retrate problemas de la mujer en Una gota de agua sobre la roca, o en mi próxima novela aun inédita, a nadie en su sano juicio se le ocurriría etiquetarme como literatura femenina.

Me han colocado otras etiquetas, literatura cubana, del exilio, disidente, pero el exceso, en especial, cuando va en dos caminos contrarios, suele devenir virtud; aunque en mi caso está por descubrirse. Volvamos a lo principal.

Si desechamos que la literatura femenina pueda ser escrita por hombres, sólo queda la que hacen las propias mujeres; y este podría ser un primer rasgo propio, que es escrita por mujeres y/para mujeres.

¿Tiene esto algún valor estético? Indudablemente no. Las mujeres escriben tan bien o tan mal como los hombres. Existe todo un predio de buena literatura desde Safo hasta Joyce Carol Oates, y pasando por cientos de grandes escritoras como Jane Austen, Charlote Brontë o Karen Blixen, que ningún hombre en su sano juicio dejaría de leer por ser mujer, y otro gran predio de escritoras infames que no deberían leer ni las propias mujeres en aras de mantener su buen criterio estético. Ni se diga la de bodrios publicados por hombres.

Creo, como Emilia Pardo Bazán, que la literatura no tiene géneros. Cualquier escritor amateur a medias preparado sabe que la literatura, a diferencia de los géneros historiográfico y periodístico, trabaja menos con la exactitud de la realidad y más con la verosimilitud de las emociones que esta produce. El escritor expresa emociones personales que, gracias a su capacidad para el manejo del lenguaje, su talento para escoger unas técnicas literarias por encima de otras y una gran suerte que van desde que su obra llegue al público al que está destinado y que éste lo entienda, se convierten en sentimientos universales, en verdades ficcionales que retratan, a veces desafiándola, la verdad tradicional de las cosas. Y esto va más allá de que sean hombres o mujeres.

¿Quiere esto decir que no existen temas exclusivamente femeninos o temas únicamente masculinos? Sería absurdo que los hubiera, pero la experiencia real dice lo contrario: existe un tipo de libros que leen sólo las mujeres y existe una literatura que aporta verdades sobre las guerras, los deportes y otros aspectos que han preocupado al hombre que estaba inmerso en ellos y que, al parecer, no sólo leen los hombres o, cuando menos, muy pocas mujeres se niegan a leer.

Quizás, más que temas, se suele hablar de una mirada femenina sobre estos temas universales u otros temas que han sido siempre retratados desde la visión masculina. Se dice que no tendrá la misma visión de la maternidad un hombre que una mujer, y que raramente podríamos ver un hombre escribiendo sobre esta experiencia. Lo mismo podría decirse de la experiencia sexual. ¿Cómo describir la rutina física femenina de un acto sexual si se es hombre, si no se puede sentir en carne propia, (nunca mejor dicho) lo que implica dicha experiencia?

Sin embargo, volvemos a la expresión de las emociones. Si algo ha demostrado la literatura ficcional es la capacidad de los buenos autores (y autoras) para escribir sobre temas completamente alejados de su experiencia vital. Pocos dudan de la verosimilitud de Sinuhé, el egipcio, que cuenta la vida de un medico de la corte de Akenatón en 1300 A.C., escrita por un finlandés a mediados del siglo XX.

Si se dice que hay temas que sólo puede tocar una mujer se está negando la base de la literatura de ficción: el alejamiento del autor del espacio narrado. Cualquiera con un poco de preparación sabe que un autor no comparte el espacio del narrador. Son dos ente diferentes, que pueden compartir muchas semejanzas, pero que son diferentes en su esencia. Si esto no se aprende entre los que escriben, jamás se llegará a ser siquiera un escritor mediocre.

Un hombre puede, usando su experiencia masculina, preguntando a otras mujeres y haciendo el uso de esa herramienta poderosa que es la imaginación, transmitir las mismas emociones que puede expresar una mujer en el acto sexual y en la maternidad; y viceversa. Existen páginas memorables de mujeres que han sabido transmitir, con puntillosa exactitud, lo que siente un hombre en esta y otras experiencias físicas.

Las fórmulas literarias que separan los géneros son dudosas cuando aceptamos, y esto es un hecho, que la literatura transmite emociones personales que pretenden ser universales a través del divertimento y la reflexión de un tercero.

Si no supiéramos nada del autor de Madame Bovary, ¿diríamos que está escrita por Gustave Flaubert? Y del otro lado, ¿quién duda del valor universal de Persépolis o Pollo con ciruelas, aun cuando Marjane Satrapi es una mujer que escribe con protagonistas femeninas? Para ahondar más, con el argumento, ¿qué es más femenino La casa de Bernarda Alba, escrita por un hombre, o la obra de Karen Blixen?

Si se quitara el nombre del autor de cientos de obras escritas por mujeres u hombres, nos encontraríamos con una literatura universal, pura, desprejuiciada, que ha logra llevar estas emociones al grado más alto de la expresión de la verdad, y que dejarían en un lugar muy limitado, estos remoquetes literarios que no sirven siquiera de manera clasificatoria. La literatura, como las verdades universales, es o no es.

[1] http://dle.rae.es/?id=HjghBNR

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    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

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