1883. Los sueños que impulsan

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Cuando hablo de ficción ante un grupo de estudiantes, especialistas o estudiosos en la materia, surge una pregunta recurrente que tiene que ver con los objetivos de la ficción. ¿Para qué sirve una novela? ¿Qué ganamos como seres humanos al ver una obra de teatro? ¿Qué nos aporta una película o una serie más allá de distraernos de la realidad?

El simple entretenimiento no es algo que se discuta. Una obra de ficción, en cualquier formato, debe aportar esa fracción mínima de obligarnos a querer seguir viéndola. Salvo estudiosos, que muchas vemos algo por disciplina, nadie tiene motivos para seguir perdiendo el tiempo en una obra ficcional si esta no le llama la atención y no le aporta un mínimo de deseos de seguir metido en su historia. Y está bien que nos mueva el entretenimiento, pero tiene un problema si no se va más allá.

En toda época lo excesivamente popular no es sinónimo de artístico. Y aunque ser popular no te condena a la vulgaridad ni ser exquisito a no ser aclamado por masas, la realidad es que, como tendencia, las obras artísticas (o que pretenden serlo) que son excesivamente populares, guardan siempre el peligro de alejarse de lo artístico, para acercarse a lo vulgar.

La línea que mantiene el equilibrio entre agradar a todos y la obra de arte perfecta, o casi perfecta, o exquisita, o perdurable, o busquen aquel adjetivo que les parezca idóneo, no es siempre sencillo. La gran mayoría de las obras populares son dependientes de un contexto, un cúmulo de referencias o conocimientos públicos generales, sin las cuales la obra deja de tener sentido.

Por poner un simple ejemplo de la cultura popular: si dentro de 40 años alguien escucha la canción que la cantante Shakira ha hecho para echar pestes de su expareja, el exfutbolista Gerad Piqué, lo más factible es que pocos entenderán de qué habla, porque la obra está apegada a unas circunstancias individuales sin las cuales es un bodrio de exabruptos sin valores perdurables.

Sin embargo, es más que probable que, dentro de 60 años What’s Love Got To Do With It, de Tina Turner, Cry Me A River, de Ella Fitzgerald o Your Heart Is As Black As Night, de Melody Gardot, sigan siendo clásicos de la canción. ¿Por qué? Porque no necesitan contexto, es decir, que quien las escuche no necesitan, ni les importa, saber cómo surgieron ni a quién están dirigidas, porque se ven reflejados en ellas, más allá de las circunstancias individuales que las originaron.

Hacer una obra de arte universal de un sufrimiento particular no es sencillo. Por eso muchos artistas, en cualquier esfera, abandonan la idea de tratar de hacer arte perdurable para ser, simplemente populares dirigiendo su creación al entorno que les rodea, porque tratar de ser ambas cosas: popular y universal, exige un esfuerzo que no todos están dispuestos a realizar, ni todos podemos alcanzar.

Pero la realidad es que, si una obra de ficción quiere salir del “estar bien” y pretende llegar a algún tipo de perfección, o exquisitez artística, debe tratar de sortear el facilismo de agradar al vulgo que pide carne fácil, para llegar a algún tipo de universalidad. La obra de arte perfecta, si es que existe, o lo que sea que signifique eso, es aquella que agrada a muchos sin dejar de ser universal.

No es cuestión nueva. Lope de Vega en el Arte nuevo de hacer comedias dijo:

…y cuando he de escribir una comedia,

encierro los preceptos con seis llaves,

saco a Terencio y Plauto de mi estudio

para que no me den voces, que suele

dar gritos la verdad en libros mudos,

y escribo por el arte que inventaron

los que el vulgar aplauso pretendieron

porque como las paga el vulgo, es justo

hablarle en necio para darle gusto.[1]

Es probable que no sea una buena idea empezar de esta manera para hablar de 1883, la serie de Taylor Sheridan, pero es que si existe algo cercano a la perfección, en la ficción, es justamente esta historia que ocurre a finales del XIX en el desarrollo de los Estados Unidos como nación.

El origen de 1883 hay que encontrarlo en otra serie, Yellowstone, de la cual es una precuela. Yellowstone es también excelente, aunque, para mí adolece de algunos giros melodramáticos innecesarios. Y es verdad que de estos giros no escapa casi ninguna ficción de hoy en día; pero sí lo hace 1883.

Esta serie podría encajar perfectamente en esa categoría de la historia individual que se sale de un contexto para convertirse en obra de arte universal. A ver cómo lo justifico, y atención, puede que haga algún destripe (spoiler).

Hago una pregunta. ¿Qué nos mueve como especie? ¿Qué provoca que algunos hagan (hagamos) algo que para los que nos rodean no parece tener lógica ni sentido cuando a nosotros nos es perfectamente natural? ¿Serán los sueños, el amor, la ambición, el deseo de riqueza, de triunfar?

La pregunta tiene reflexión, si no respuesta, en 1883. Todos los personajes tienen un objetivo, un sueño, una ambición, no siempre lógica ni sensata, pero que, de una forma u otra, los mueve a seguir adelante, a pesar de los obstáculos.

Como espectador seguramente sentirás el irrefrenable impulso de identificarte con alguno de ellos, o como en mi caso, con todos, incluso cuando sus objetivos estén enfrentados porque sus motivaciones como personajes son poderosas, más allá de si las compartimos o no.

Otro de los argumentos que mueven a los personajes, tiene que ver con la relación paterno-materno filial. Los que tienen hijos saben los esfuerzos a los que nos sometemos, a veces contra nuestra propia salud, para que nuestros hijos tengan un camino más fácil que el que nosotros tuvimos.

En la serie, este conflicto entre padres-madres-hijos-hijas, está tan bien tratado, tan universalmente abordado, que es difícil no sentir muy cercanos puntos de contacto por estos personajes que reflejan algo ocurrido en el siglo XIX, tan alejado de nuestros días, aunque expliquen parte de la razón presente.

¿Cómo lo hace? ¿Cómo logra Taylor Sheridan que sintamos cercanía por unos personajes que vivieron casi 150 años antes que nosotros?

Yo apuntaría a tres aspectos, pero hay tantos como personas vean la serie.

La caracterización de personajes, los diálogos y la belleza artística.

Para empezar por el último. Cualquiera con una cultura media sabe que la fundación de los Estados Unidos no fue un camino de rosas. Los llamados pioneros vivieron en un mundo agreste, rudo, donde la lucha contra el entorno y otros seres humanos, podían ser la lógica cotidiana.

Taylor Sheridan se las ingenia para introducirnos en ese mundo, que parece destinado a romper todos los sueños y ambiciones del ser humano, pero lo logra con una seducción, una exquisitez y unos valores artísticos, que es imposible no admirar a la vez, la perfección de ese entorno que puede ser a la vez mortal.

Para referirme a los otros dos aspectos, diálogos y caracterización de personajes, quizás debería abordarlos como uno mismo. No sabemos a ciencia cierta si el Oeste americano es exacto a como lo presenta 1883, quizá se acerca mucho porque es un pasado que hemos visto recogido en cientos de testimonios y documentos históricos. Pero lo importante aquí es que, más allá de esta verdad, la serie es verosímil. Todo lo que en ella se aprecia es creíble, y ya sabemos lo que importa que algo sea creíble, más allá de que sea verdad.

Los personajes de esta serie no son perfectos; cometen errores en medio de sus certidumbres, conciben actos escasamente épicos en su carácter heroico, son sensibles en medio de su rudeza o pueden llegar a ser despiadados, aunque su alma sea bondadosa. Y no es un recurso técnico, o más bien, no es sólo eso, es un retrato de la naturaleza humana, dual y compleja. Un detalle que no deben dejar pasar por alto: es magistral que una serie aborde los personajes femeninos con tanta solvencia, sin dejarse arrastrar por sesgos ideológicos de moda que afectan a la mayoría de las ficciones actuales.

Los diálogos afianzan esa dualidad maravillosa del ser humano; son directos, pero cargados de lírica, con una capacidad para transmitirnos la sabiduría de la vida que, al menos en mi caso, recuerda a las personas de las que viví rodeado en mi niñez y adolescencia en el campo de Cuba, campesinos capaces de expresar por intuición o vivencia, los preceptos filosóficos más ilustrados.

Y aquí vuelvo al principio: ¿para qué sirve la ficción? Pues 1883 lo responde: para hacernos vivir experiencias similares a las nuestras, aunque no sea nuestro entorno ni nuestra época. Para enseñarnos aspectos del ser humano, o de nosotros mismos, que no somos capaces de apreciar en la realidad, para hacernos reflexionar sobre lo que nos rodea, y ya sea, por empatía o rechazo, nos impulse a tratar de mejorarlo.

Termino con una afirmación que a muchos parecerá absurda: no soy amante del género Wéstern. Y 1883 es Wéstern por los cuatro costados: imaginen la fuerza universal que debe tener para que alguien que no consume de forma natural este género, la considere casi una obra maestra.

[1] Lope de Vega. Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2003. https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/arte-nuevo-de-hacer-comedias-en-este-tiempo–0/html/

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