«El arte de escribir«» el libro que se adelantó a la Escritura creativa

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Si quieres escuchar el podcast:

blankYa hemos hablado alguna vez de este libro (del que soy traductor) y de su autor, y parecería que voy a repetir algunas ideas que quizás ya conoces. Pero me ha llegado la última edición de El arte de escribir en 20 lecciones, de Antoine Albalat, publicado por la editorial Berenice, del grupo editorial Almuzara y me gustaría aclarar unas cuantas cosas sobre este libro, su autor y el enigma que rodea el desconocimiento de su obra en la actualidad.

Tuve la tentación de hacer un unboxing, como dicen hoy todos a ponerse frente a una cámara y abrir un paquete que llega por correo regular, pero entre que tengo un alto sentido del ridículo y que de este libro soy en parte autor, no le vi mucho sentido. Eso sí, sigo teniendo algunas ideas que me gustaría comentaros. Antoine Albalat y El arte de escribir en 20 lecciones. ¿Cómo hemos llegado a este libro?

Siempre he sido un apasionado estudioso de las técnicas literarias. No un especialista, que no soy especialista de nada, pero desde siempre he sentido curiosidad por esos trucos que nos permiten escribir mejor. Aunque no…, es mentira…, no siempre.

Cuando era niño leía mucho, sobre todo ficción, relatos, aventuras, viajes, ciencia ficción, pero también alguna que otra biografía. Lo he dejado por escrito en La biblioteca del disidente. Y también apunté allí que, al menos los escritores con los que me he codeado a lo largo de mi vida profesional, también han sido grandes lectores y también terminaron (terminamos) dando el siguiente paso, que es tratar de contar nuestras propias historias, reales o inventadas.

Y como es de esperar, los primeros textos que escribes imitas lo que conoces, aquello de lo que has mamado, las historias que hicieron volar tu mente mientras estabas encerrado en un cuerpo niño o adolescente; en cualquier caso, humano, y la mayoría de las veces, diría casi siempre, con montones de errores.

No fue hasta muy tarde, cuando me di cuenta que escribir no era sólo una diversión, sino también un trabajo. Y en esa carrera descubrí (me enseñaron) que existían trucos para escribir mejor ficción, en muchos sitios, pero en especial el Taller literario del Centro Hermanos Loynaz de Pinar del Río, y en el Centro de Creación literaria Onelio Jorge Cardoso, de La Habana, ambos en Cuba, mi país natal.

Por alguna razón, las técnicas literarias me deslumbraron más que a la mayoría de los que las estudiamos. Si eres escritor y asistes a una escuela, centro o grupo literario donde aprendes los trucos y rudimentos para hacer más efectivo un texto, los asimilas para seguir haciendo tu obra, pero no conviertes las propias técnicas literarias en materia de investigación.

Pues a mí me pasó esto último. Empecé por reunir todas las que pude en un texto sencillo y corto de fácil aprendizaje que se titula Cómo se escribe una novela, pasé por un estudio comparativo entre las técnicas cinematográficas que había aprendido y que nos ayudan a escribir mejor literatura (Cómo escribir ficción. Aprendiendo con el cine) y terminé por hacer un texto investigativo de la mayoría de los buenos libros que se atrevieron, desde la antigüedad hasta hoy, a enseñarnos este arte de hacer creíble algo que no lo es: la ficción. Ese libro está en preparación.

Pues en esa búsqueda que nunca termina me apareció Antoine Albalat. Primero, me lo comentó Gersende, una profesora francesa de literatura latinoamericana de la universidad de Tours, donde estudié mi Máster de Artes y Letras. Me habló ella de una gran polémica de Albalat con Gustave Lanson, (otro autor del que tendrán otra traducción de una obra suya aún desconocida para el público español) y me propuse seguir los ecos de esa polémica.

Y llegué a esta obra increíble que pretende hacer algo que, hasta el momento en que se publicó, al menos que yo sepa, nadie se había atrevido. Antoine Albalat fue uno de los primeros autores europeos (y es probable que se haya adelantado por unos meses a otros de Estados Unidos) que desarrolló un método sistemático, práctico y explícito para enseñar la escritura literaria como un oficio susceptible de aprendizaje, anticipando varios principios fundamentales de la moderna escritura creativa. Y su trabajo, aunque en parte olvidado, no cayó en saco roto porque su obra tuvo un éxito enorme.

En 1903 este primer libro de enseñanza de técnicas literarias de Albalat, ya iba por la octava edición, la Académie française, le concedió el Prix Saintour en 1904 y en 1914, publicó numerosas obras entre ensayos y novelas, y provocó un debate intelectual considerable en su época. Tras este El arte de escribir en 20 lecciones publicó otra buena cantidad de obras parecidas y todas tuvieron éxitos y ventas muy notables, porque llegaron con mucha fuerza al público lector.

¿De qué trata El arte de escribir en 20 lecciones?

Leamos la contraportada.

Un libro adelantado a su tiempo que cambió para siempre la forma de entender la escritura. Lejos de los enfoques académicos centrados en el autor o su contexto, El arte de escribir en 20 lecciones propone una mirada audaz y universal: escribir no es un don reservado a unos pocos, sino un arte que puede aprenderse.

Con un estilo claro, directo y sorprendentemente actual, Antoine Albalat despliega un arsenal de técnicas, ejemplos y consejos prácticos inspirados en los grandes maestros —y también en aquellos olvidados por la historia—, al tiempo que revela, con aguda ironía, qué errores conviene evitar.

Este libro, que conquistó a generaciones de lectores y fue reeditado sin cesar, se erige como el verdadero precursor de los manuales modernos de escritura creativa. Si hay algo que lo distingue es su lucidez, su ingenio y una profundidad que sigue marcando la diferencia.

Un clásico imprescindible para quienes desean escribir mejor… y disfrutar del proceso.

El libro consta de 20 capítulos que se titulan:

-1. El don de escribir (Donde hace toda una argumentación de que escribir es un aprendizaje y no sólo un don de nacimiento)

-2. Los manuales de literatura (Aquí hace un rompimiento con todo lo que se enseñaba en la Academia y defiende un nuevo acercamiento a las técnicas literarias y no tanto a las teorías)

-3. De la lectura (No hay mucho qué decir aquí. Para escribir hay que leer y recomienda formas de tomar notas y recordar mejor las lecturas)

-4. Del estilo (Este capítulo es muy interesante porque hace referencias al fondo y la forma en un texto y aclara cómo esta última puede cambiar la manera en que el lector recibe lo que lee)

-5. La originalidad del estilo (Amplía lo que comenta en el capítulo previo, hace una clasificación de formas de escritura y comenta algo que los que comienzan a escribir no siempre tienen en cuenta: las frases hechas y los lugares comunes)

-6. La concisión del estilo (Aquí sigue con el estilo, pero ofrece, además, trucos para mejorarlo)

-7. La armonía del estilo (Algo que suelo recomendar en mis clases es leer en alta voz el texto que escribes. ¿Por qué? Por lo que Albalat describe como la armonía del estilo, es decir, “el sentido musical de las palabras y de las frases y el arte de combinarlas agradablemente al oído.”)

-8. La armonía de las frases (ampliación del tema previo, pero llevado a las frases.)

-9. La invención (otro debate actual que ya adelanta Albalat en el siglo XIX. ¿Inventar para escribir o escribir sobre lo que conoces?)

-10. La disposición (Habla de la importancia de tener un plan para escribir ficción)

-11. La elocución (Está muy vinculado a los dos previos, pero le da una vuelta de tuerca para darnos ideas de cómo encarar y trabajar con el primer borrador)

-12. Procedimiento de las refundiciones (Albalat habla de refundiciones a los diferentes procesos de reescritura. Muestra ejemplos de cómo un primer borrador puede ser limpiado para que llegue a estar lo más cercano a un texto perfecto y listo para la publicación.)

-13. De la narración (No hay gran cosa qué decir)

-14. De la descripción

-15. La observación directa (Proceso de la descripción que nace yendo al lugar que queremos describir)

-16. La observación indirecta (Cuando debemos inventar para describir porque no existe lo descrito o porque no podemos ir al lugar a una observación directa)

-17. Las imágenes (Nos ayuda Albalat a usar mejor las metáforas y convertir objetos inanimados y palabras en impresiones emocionales para el lector)

-18. La creación de imágenes (Trucos para mejor las imágenes)

-19. El diálogo

-20. Del estilo epistolar

 

Sobre la aparente simplicidad del título

Con toda esta información te habrás percatado que en el libro hay mucho más de lo que promete el título. Por tanto, no os dejéis engañar por la aparente candidez de ese título que promete “20 lecciones”. Albalat no está enseñando gramática ni retórica escolar y tampoco está simplificando la escritura en 20 consejos. Está intentando descomponer el oficio literario en procedimientos que pueden aprenderse y practicarse. Y si alguno de vosotros conoce la obra francesa es probable que tenga la cabeza hecha un lío entre los dos títulos en las que se conoce esta obra del autor nacido en Brignoles.

André Billy, amigo y colega del autor, en su libro Le Pont des Saints-Pères, dice que Albalat cuando dejó su libro a la editorial en 1899 era sólo L’art d’écrire (El arte de escribir), y siempre quiso usar ese título, sin la referencia a la segunda parte “enseigné en vingt leçons (en 20 lecciones)”, pero ante la insistencia del editor, Albalat cedió a la idea de incluir esa especie de subtítulo. A tenor de las ventas y el éxito, el editor tuvo razón.

Sin embargo, en el momento en que la obra salió, tenía más lógica y menos quebrantos. Explico por qué.

En la actualidad, en el siglo XXI vivimos en un mundo complejo, agitado y donde cada vez más se nos invita al consumo de una cultura trivial, a determinado aprendizaje socialmente visual, con nombres extravagantes como literatura televisada o coaching literario, que no deberíamos negar de forma tajante, pero sí advertir del peligro de potenciarlo sobre la enseñanza tradicional, porque podría dar la impresión de que se pueden obtener resultados rápidos sin esfuerzo. Estamos saturados de libros manuales que prometen enseñar y, por tanto, que aprendas cosas en pocos pasos y sin hincar los codos.

Entra en alguna de las librerías que hay en red y mira títulos como “20 libros que se deben leer para aprender a escribir”, “Cien ejercicios prácticos para ser escritores”, “los tres errores que te delatan como escritor novel”, “las seis maneras de convertirse en escritor reconocido”, y toda una estúpida como innecesaria retahíla de argumentos que pretenden ayudar al escritor.

Y no faltan tonterías del tipo, cuánto dormían los escritores, qué sombrero usaban o si bebían café, té, o algún tipo de sustancia alcohólica o no alcohólica, pero igual de enajenante o euforizante.

Si tras todo este contexto de los siglos XIX y XX uno lee un título que reza El arte de escribirno tiene el mismo impacto que si ve El arte de escribir en 20 lecciones, o al menos, nos llega de forma diferente a los que estamos en este mundo de la escritura, edición, estudio o la lectura atenta y activa.

Cualquier pelagatos sabe que en 20 lecciones puedes aprender una buena cantidad de técnicas literarias, quizás una mayoría, y que te pueden ayudar a entender el arte de la escritura, pero no aprendes a escribir, al menos, no ficción, salvo que tengas una idea previa.

Pero es que el libro de Albalat se publicó a finales del XIX sin estas referencias que hoy tenemos tú y yo en 2026. Es más, cuando lo publicó, tuvo muchos detractores, por una cuestión similar, pero en otro contexto.

En 1899, a pesar de la inmensa cantidad de libros que existían sobre la literatura, y muchos de ellos ya pueden ser citados porque enseñan algo (no poco) de la escritura, desde La Poética, de Aristóteles, hasta las cartas entre Charles Perrault y Nicolas Boileau, o el Método de composición de Edgar Allan Poe, existía una tendencia a creer que el talento literario era innato. Estos libros que algo enseñaban sobre la literatura como creación eran altamente teóricos y circulaban y se aceptaban en el ámbito académico; ninguno se proponía masificar la enseñanza para hacerla llegar al gran público.

Y esto lo hizo por primera vez, Antoine Albalat con este Arte de escribir. Como académico, además de escritor, no quería ni pretendía enseñar todo el arte de la escritura en 20 lecciones, porque sabía que no se podía. Además, los que han leído la obra, o las que lean a partir de hoy, se darán cuenta que estas 20 lecciones son, como acabo de advertir, en realidad 20 capítulos de diferentes temas donde acopia y cita lo mejor de la literatura escrita de su tiempo, sobre todo en lengua francesa (que era la fundamental para él y sus coterráneos), pero va más allá.

Ahora, imaginen a la Academia francesa, los estudiosos, críticos, que en su mayoría consideran que la literatura real es algo para una élite, y se aparece uno de los suyos prometiendo que él va a presentar un arte de la escritura en 20 lecciones. El rechazo fue instantáneo.

Lo normal en toda época es que haya resistencia a aceptar los métodos nacientes, las nuevas tendencias que proponen algo diferente al discurso oficial instaurado, y esto es en cualquier época y lugar. Toda proposición revolucionaria, cuanto más en el campo del pensamiento, tiene críticos, ¡algunos muy feroces! Existe siempre por parte del discurso dominante, una negativa al reconocimiento de nuevas propuestas que socaven los cimientos establecidos por la rutina.

Albalat tuvo ese viento en contra, pero gracias al público, que acogió su libro con agrado, se abrió una espita que ha terminado derivando a lo que hoy llamamos escritura creativa. En esta época aún no se llamaba así, y no fue hasta 1946 en que la obra Teaching the People’s Language, de Paul Witty y Lou LaBrants que este término llegó a nuestras vidas. Aunque algunos ya remiten algunos apuntes de este arte de las técnicas literarias a 1879 en Harvard o incluso a algo antes con los textos ensayísticos de Edgar Allan Poe.

Hoy en día decir que enseñas una materia en 10 lecciones no tiene nada de provocador ni revolucionario, es más bien una muestra de holgazanería y falta de criterio racional. La grandeza de Albalat fue mostrar nuevas formas de abordar un gran conocimiento previo, un acercamiento sencillo (que no simple) y asimilable para el gran público a toda la teoría literaria existente previa y lo hizo con naturalidad, sí, pero sin perder solvencia ni banalizar el contenido.

 

¿Por qué Antoine Albalat, su obra, quedó en la sombra?

Sin embargo, Albalat, que no fue ignorado en vida (más bien fue aclamado y mencionado en ámbitos literarios), hoy, tras 90 años de su muerte, que fue en 1935, existen especialistas, estudiosos, gente que está al día en literatura, que lee, que busca el oro en la paja que no sabe de su obra. ¿Por qué Antoine Albalat, su obra, quedó en la sombra?

Aventuro una hipótesis. En Francia, a finales del siglo XIX y principios del XX, la enseñanza de la escritura estaba fuertemente ligada a la retórica clásica, la gramática normativa y el estudio de los “grandes autores” dentro de un marco humanista y nacional.

Albalat propuso este método innovador basado en el análisis de manuscritos y correcciones de escritores consagrados (Flaubert, Balzac, Pascal, etc.), que iba más allá del entorno geográfico, social o histórico del autor y donde importaba más el método de la composición técnica del texto.  Su enfoque no se integró en un sistema universitario estructurado como sí ocurrió después en EE. UU. con los creative writing programs.

En Estados Unidos, a partir de los años 1930–1940, se crearon programas académicos específicos (como el Iowa Writers’ Workshop, 1936) que institucionalizaron la “escritura creativa” como disciplina con talleres, créditos, títulos y toda una red de egresados que replicaron el modelo.

Albalat, en cambio, no tuvo un equivalente institucional duradero: sus libros circulaban como manuales pedagógicos, y como parte de lo que él mismo llamó un “Trabajo de estilo”, pero no generaron en ninguna universidad francesa un “departamento Albalat” ni una escuela de escritura con continuidad. Su trabajo era, para la academia francesa, algo más dentro de la teoría que imperaba, quizás atrevido, con un tono mordaz y hasta incómodo, y no digno de destacar como método diferente para los mismos académicos; no quedó incorporado a la genealogía internacional de la escritura creativa.

Son curiosas las vueltas que da la vida en cuanto al éxito o el fracaso porque en su libro Les ennemis de l’Art d’écrire Albalat reunió muchas de las objeciones que había recibido de críticos como Brunetière, Émile Faguet, Rémy de Gourmont, Ernest Charles, Gustave Lanson y unos cuantos más que se burlaban de que fuera posible lo que él pretendía: masificar la escritura de ficción, o mejor, mejorar la escritura de quienes no eran académicos ni especialistas en literatura.

Esto resulta fascinante porque el debate que Albalat provocaba en 1899 es prácticamente el mismo que sigue existiendo hoy alrededor de los cursos de escritura creativa, aunque hoy en día ya está institucionalizada la idea y demostrada por la práctica de que sí se puede aprender a escribir asumiendo técnicas narrativas. Otra cosa es ser escritor o tener éxito, pero eso, ya no le corresponde a su obra.

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