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Los consumidores de ficción condicionamos el universo creativo. Cuando compras un libro, pagas una entrada al cine, o das clic en una serie de tu plataforma preferida, y recomiendas lo que leíste o viste, le das información a alguien en algún lugar con poder para decidir: “Esto me ha gustado. Haz más cosas parecidas y seguiré comprando”.
Esto es conveniente, porque nos dan lo que pedimos, pero al mismo tiempo, condiciona a los que crean ficción. Si como escritor o director de cine o series, vas a una editorial o una productora audiovisual y propones algo que se aparta demasiado de lo que se consume en letra o celuloide, es más difícil que puedas convencer a alguien que tu producto salga adelante; no importa la calidad que pueda tener.
El gran problema viene cuando se queda en una gaveta una posible obra maestra porque “no dialoga con el público actual”, “no es un producto vendible” o “no es lo suficiente comercial” y aquí tenemos un problema porque cada día tenemos un umbral de exigencia más bajo en lo que demandamos como consumidores. ¿Cómo se explica? Vamos a verlo con tres ejemplos del cine, que nos pueden servir para comprender mejor también las estructuras narrativas literarias. Los filmes Anora, de Sean Baker, Un poeta, del colombiano Simón Mesa Soto, y Project Hail Mary (o Proyecto Salvación), de Phil Lord y Christopher Miller. Y con este último seguro algunos me van a matar por incluirlo en la lista.
Hemos hablado varias veces de los lectores pasivos y activos. Se trata de uno que se divierte, que no está mal, y otro que interactúa vivamente con el texto. El pasivo disfruta de la historia, se deja llevar sin demasiadas preguntas por los caminos que traza el autor y acepta con fidelidad el pacto con este; suspende su incredulidad de forma casi absoluta para dejarse vencer por lo que le cuentan.
El lector activo es menos complaciente. Disfruta de la historia, siempre y cuando no le cuelen un truco que sea inverosímil, no es fácil que se deje convencer si no le dan algo más que seguir ciegamente al autor y es difícil que suspenda su incredulidad porque, aunque no lo busque, detecta con más facilidad los errores de narración, estructura o concepción de una historia de ficción.
Como toda clasificación académica es una división artificial, porque hay lectores pasivos que pueden hacer agudas reflexiones interactuando del contexto de ficción que consumen y hay lectores activos que pueden llegar a suspender su incredulidad durante grandes lecturas y antes determinados autores.
Pero aun así se cumple la división. También en el cine, donde hay espectadores que se dejan llevar por la historia, y apenas se preocupan de otra cosa que la historia, y otros están pendientes de cuanto de ella se ajusta a la realidad en que viven y como se ha logrado plasmarla en la pantalla.
Ampliando lo que digo en el inicio, lo que creo es que nosotros, los lectores y espectadores activos hemos perdido fuerza en la creación de obras de arte. O quizás no lo hemos perdido y nunca lo hemos tenido en ningún momento de la historia, que es lo más probable, pero lo que sí creo es que ha bajado de forma significativa el umbral de los lectores y espectadores activos. Y ha bajado tanto que los criterios que condicionan o determinan un arte más exigente permite que haya obras con defectos de concepción, forma o estructura. ¿Por qué? Porque nadie les exige calidad, sino criterios orientados al consumo. Algunos apuntan a directores menos preparados, escritores con menos consciencia de los trucos narrativos, otros sólo dicen que los guiones que se adaptan son malos.
La realidad es que hay muchos ejemplos para demostrar cómo algunas historias excelentes, nos alejan a los consumidores activos, porque se aprecia lo que pretenden, pero lo hacen mal. Y para mí es una cuestión de ignorar algunas mínimas pautas de las estructuras narrativas.
Alguna vez os hablé de Anora. Ganó el Oscar a la mejor película extranjera. Un filme con una buena historia que empieza siendo un drama. Una prostituta que tiene la suerte de seducir a un joven y atractivo hijo de un empresario ruso al punto que llegan a contraer matrimonio. Como espectador te acercas a los personajes del drama en ese tono, sufres con ellos, te emocionas con sus conflictos, y cuando llevas una hora viviendo ese drama y esperas un conflicto acorde con ese tono, la película da un giro y se convierte en una comedia absurda.
¿Es posible hacer esto en ficción? Sí, pero debe haber una justificación en la misma historia, algo que justifique que la tragedia que sería que unos despiadados asesinos rusos, que trabajan para una familia rusa de la mafia, actúen de forma cómica e irracional ante un problema en el que, si no fuera ese tono de comedia absurda, no nos serían tan cercanos y agradables.
En Anora, este giro absurdo (nunca mejor dicho) condiciona la credibilidad, porque el tono realista que transportaba el filme durante una hora, obligaría a que unos asesinos de una organización mafiosa actúen de acuerdo a su carácter y eso llevaría a un argumento trágico y no lo que realmente quedó: personajes que realizan actos contrarios a la naturaleza que los caracteriza, y donde los actores improvisan y los demás se ríen con ellos, porque no se aguantan la risa antes situaciones que no tienen en el guion o para los que no tienen una orientación clara.
Los espectadores pasivos no tienen por qué dejar de disfrutar de la historia por esto. Es más, no he visto demasiadas quejas por esto, y me parece normal. Lo que ya no es normal es que, en los premios, donde debería recompensarse el arte bien hecho, la calidad, la ficción bien estructurada y concebida, se valide las historias con defectos narrativos.
Para el espectador activo, el que entiende, aunque sea sólo un poco el arte narrativo, la historia de Anora dejó de ser creíble cuando cambió de tono para no mostrar asesinos como lo que son: asesinos. La inverosimilitud se traga todo el relato, que ya termina por ser lo único que ve el espectador activo, que mira y mira, pero no entiende o no se cree lo que ve. Y es peor cuando llegando al final, el tono de comedia absurda desaparece de nuevo y Anora vuelve al tono inicial de drama, pero, de forma tan arbitraria, que consigue, ¡otra vez!, afectar la credibilidad.
Aquí el tono inicial de drama nunca debió cambiar para aligerar la historia y volver a drama para retomar la tesis inicial.
Vemos ahora el interesante filme colombiano Un poeta. Estamos ante un filme atractivo, una historia donde Oscar, un poeta que tuvo algunos de los premios nacionales más importantes de su generación, sobrevive con el recuerdo de esos años productivos entre el alcohol y la nostalgia por esos años donde aún escribía poesía.
El filme al inicio nos plantea la historia con un tono humorístico. Como espectadores no es incómodo adentrarnos en esa tragedia de emborracharse y escribir poesía (quizás en ese orden) porque asumimos que toda la situación, si bien tiene algo de trágico, también tiene solución si el personaje asume su fracaso: vive con su madre, siempre quejándose de la vida, no tiene apenas dinero ni para pagar su propio vicio, pero de alguna forma siempre termina borracho, tirado en las calles tras haber polemizado sobre literatura media noche con otros borrachines sobre el éxito de Gabriel García Márquez y pontificar sobre José Asunción Silva como si fuera su pastor espiritual.
Y llega el conflicto. Obligado por su hermana comienza a dar clases en un colegio donde pretende ayudar a una adolescente de quince años que tiene talento para escribir poesía. Ve en ella una especie de otro yo, guiándola por caminos que cree que la llevarán a ser lo que él no es, y de paso la acoge como la hija que no es, porque su propia hija se siente avergonzado de él, por borracho y por fracasado.
La película abre entonces un argumento inesperado donde Oscar puede llegar a ser alguien útil más allá de la poesía que no lo ayuda y del alcohol que va dejando poco a poco. Por un momento podemos ver a Óscar a través de otras tesis que el ron y el fracaso. Su personaje se vuelve más complejo, y también su relación con los estudiantes del colegio donde antes sólo causaba risa.
El filme gana al entrar en ese tono de drama, pero lo hace sutilmente, sin Deus ex Machina como lo hace Anora. Parece romperse el cliché del poeta borracho. Óscar empieza a actuar de una forma más racional, más interesante, y como espectador experimentado sabes que el conflicto está por llegar, que esto no puede durar. Y sí, la película, para seguir avanzando, coloca al personaje en una situación trágica (que no voy a contar por evitar el spoiler) donde Oscar se ve de nuevo al límite, y sabes que va a terminar mal, o lo intuyes, pero aquí el director comete un error de principiante, volver al tono humorístico inicial que rebaja la tragedia que empieza a vivir el personaje.
El tono humorístico del comienzo del filme, conveniente para aquella situación tragicómica entre la nostalgia poética y el alcohol, no es adecuado para lo que viene después. Ya lo habían intuido cuando sutilmente nos habían llevado al drama, pero cuando llega el momento más difícil, más trágico, más difícil del personaje, donde realmente se reflexionará sobre el conflicto más importante, retoma de forma errónea el tono humorístico inicial.
Ese tono humorístico nos impide reflexionar sobre lo que plantea después, porque ya no nos tomamos en serio lo que pasa y estamos esperando que el clímax de la película termine en un desenlace fácil y cómodo. El humor colisiona con lo que la historia y el argumento inicial parecen querer construir. Pero al final el director casi siempre elige el camino más cómodo: el gag facilón que rebaja la tragedia que vive el personaje.
Y vamos al último ejemplo, Project Hail Mary (Proyecto salvación) que tiene encandilada a toda la crítica actual, me refiero al 2026, en que se estrena el filme. La historia sigue a un hombre que despierta en una nave interestelar sin recordar cómo llegó allí, antes de darse cuenta de que está en una misión para salvar la Tierra.
Y hasta aquí no he hecho ningún destripe, pero a partir de ahora no sé cómo argumentar los errores de estructura de este filme sin decir algo de su historia. Así que es probable que algo diga que no deba contar. Advertido quedas. Si hago spoiler, te lo avisé antes.
Lo que me pasa con Project Hail Mary(que, por cierto, no sé por qué no le pusieron Proyecto milagro, que yo creo que encaja mejor con lo que cuenta) es que el tono de humor que tiene toda la película también destroza la credibilidad de la historia grave que se está contando, una historia bastante trágica porque la supervivencia de la tierra en los próximos 30 años depende de este hombre que ha despertado sólo en el espacio sin saber qué hace allí.
Y, repito algo que argumenté antes, no es no es que no se pueda contar una historia trágica en un tono de humor o incluso, ya que estamos, una historia de humor en tono trágico.
Si recuerdas La vita è bella (La vida es bella) de Roberto Beningni, cuenta la historia de un padre y un hijo que son llevados a un campo de concentración alemán en la Segunda Guerra Mundial y cuyo conflicto principal es que el padre intenta aparentar que todo es un juego para evitarle el sufrimiento a su hijo.
Historia más dura no parece existir y está contada con un tono de humor muy logrado, que a muchos les provoca risa, y estamos los otros como yo a los que lo que está pasando no nos provoca ninguna risa, pero aceptamos el tono porque existe alguna justificación argumental dentro de la historia que me obliga a aceptar por qué razón todo está contado en ese tono.
Además, en La vida es bella cuando yo entro en la gravedad de la historia que llega en el campo de concentración, ya acepté el pacto con el director. Ya yo asumí el tono de humor desde antes, porque la historia me coloca en varias escenas previas cuya resolución esté en ese mismo tono. Suceden hechos previos anteriores en las cuales ya yo entré en ese tono de suspensión de la incredulidad en la cual acepto que estoy en una comedia y cuando entro en la tragedia ya tengo asumido lo que pasa.
En Project Hail Mary, siendo una historia interesante y llamativa, me llama la atención lo poco que se habla de su equivocada concepción del tono narrativo y la caracterización de los personajes. En los primeros 30 minutos dejé de creerme lo que cuenta, y todo por la desafortunada elección del tono de humor en los diálogos de todos los personajes. Si has visto las películas típicas del «poli» loco y cómico tipo Eddie Murphy que junto al «poli» racional intentan resolver un crimen, y donde todo el mundo hace chistes, hasta los personajes negativos, sabrás de qué hablo.
Son filmes para desconectar, para pasarlo bien, para no pensar en por qué cojones la tierra se va al carajo. En esos filmes suspendes tu incredulidad y no te importa en absoluto lo que está contando, para dejarte llevar por la dinámica irreal, pero aceptable en esa historia, de que todos estén haciendo chistes, aunque estén a punto de desactivar una bomba. Sabes que es mentira, pero te da igual.
El problema viene en una historia de ficción cuando ese tono desactiva lo importante del argumento. Es mi problema, lo sé, pero no puedo evitar advertir que ese tono de humor devalúa la gravedad del argumento. Podría aceptarlo si ese tono de humor en las relaciones con los demás fuera del protagonista, que por X motivos que no sabemos, pero que podríamos descubrir al espectador, el personaje esconde su verdadera personalidad: por temor a expresarse, por no enfrentarse a la realidad, por timidez, ¡por lo que sea! El personaje se crea una pantalla o un escudo, en el cual se resguarda de la vida, de lo grave, de la tragedia. Pero cuando todos los personajes funcionan de la misma manera, desde la jefa del proyecto de la NASA hasta un posible extraterrestre (es un decir) que hacen chistes y son ocurrentes hasta colgados de un cable de teléfono de un rascacielos, yo ya me digo: ¡No, no espérate porque esto no puede ser!
En La vida es bella, aceptas el pacto con el creador, asumes la suspensión de la incredulidad, porque hay un motivo que explica el humor en medio de la tragedia, esté bien o mal hecho después, el problema de Project Hail Mary, es que como seas un mínimo de espectador activo, no te crees que todo el mundo, hasta un guardaespaldas de la NASA, con cara de pocos amigos, también sea tan ingenioso y magnífico.
Ojo, la historia mejora muchísimo cuando se llega al clímax, cuando se descubre el conflicto, porque asumes lo que pasa, aunque a mí ya me había perdido emocional y racionalmente. Pero en ese momento el filme toma una dimensión humana que te molesta como espectador activo no hubiera tomado antes.
Sin embargo, como casi todo el cine actual, no puede evitar los mismos errores de repetir escenas innecesarias como si no hubiera un mañana. La economía de recursos brilla por su ausencia, y lamentas que no hayan usado alguna que otra elipsis para no decir lo mismo en dos escenas prácticamente iguales o creadas Deus ex machina. El colmo de esta sobre argumentación es llegar hasta el absurdo de finalizar tres veces el filme.
Quiero, para finalizar, decir algo muy importante que me parece obvio. No quiero desincentivar a nadie a que vea estos tres filmes. A su manera son tres buenas historias de ficción. Sólo pretendo que comprendamos como el nivel del lector-espectador actual es excesivamente bajo. Los actuales consumidores de ficción nos conformamos a veces con historias mal contadas. En unos casos porque asumimos que nos van a dar eso que se repite en todos lados y no exigimos más, pero también porque aceptamos que el lector-espectador pasivo está peor formado que antes, donde no teníamos redes sociales que nos incitaban a la brevedad y la impaciencia, y donde las historias audiovisuales se nutrían de un mejor arte narrativo.