«Dossier 137». ¿Y si a quien crees pudiera estar mintiendo?

Si quieres escuchar el podcast:

blankEs probable que me hayas leído o escuchado decir más de una vez que aquellos conflictos ficcionales donde las dos partes tienen la razón, tienen muchas más opciones de terminar siendo buenas historias y, por tanto, de llegar mejor al público. Es una máxima de la literatura y es una búsqueda del buen cine. Cuando escuchas al bueno y consideras que tiene razón, y escuchas al malo y te das cuenta que sus argumentos podrías hacerlos tuyos, es difícil tomar postura, como pasa en este filme del que quiero hablarte, Dossier 137.

Imagina que eres la policía de la policía, lo que en Estados Unidos sabemos por las películas que se llama “Asuntos Internos” (Internal Affairs). Siempre has entendido que el trabajo de los agentes del orden es atroz. Los que se enfrentan a los violentos en las calles (que no a los manifestantes pacíficos) deben actuar de manera que controlen la violencia callejera, pero haciendo un uso controlado de la fuerza y la represión que el estado pone en sus manos.

Tú, como policía de la policía –que en Francia se llama Inspection Générale de la Police Nationale (IGPN) – sabes esto, estás dispuesto a asumir y entender que estos agentes tienen una labor espinosa y estás predispuesto a darles la razón, porque ellos son colegas, son parte del orden, del Estado, de las normas que nos rigen a todos, y ellos conocen su trabajo, son conscientes de las reglas bajo las cuales deben ejercerlo y, de forma general, las cumplen para que la represión, a veces inevitable, sea controlada.

Pero te toca revisar un caso de violencia policial; ese caso en el que dudas. Un grupo de agentes a los cuales, en principio, también creías y respetabas, empiezan a mostrar indicios de que han disparado en la cabeza a un chaval que no es violento y que no constituía una amenaza. ¿Cómo actúas si encuentras que puede haber elementos para enjuiciarlos, o cuando menos, poner en duda lo que cuentan?

La situación puede ser aún peor si los pasos que debes dar incluyen detener temporalmente a varios de esos agentes para que no puedan interferir en la investigación y no puedan destruir pruebas, pero al mismo tiempo esa misión entra en abierta contradicción con la situación política, donde las calles están encendidas de manifestantes, tanto pacíficos como violentos, y todos los estamentos políticos, desde tu jefe inmediato, el jefe de tu jefe, y vas subiendo hasta el presidente de la República, consideran que lo que estás haciendo o podrías hacer, pone en duda la credibilidad de todas las fuerzas del orden, y llevaría más caos a las calles.

Esto le sucede a Stéphanie, cuyas relaciones familiares y personales con su exesposo, (también policía) su hijo (joven al que afectan los problemas sociales de su tiempo, también la violencia policial) y sus padres, la llevan a replantearse en muchos momentos sobre lo que debe hacer, o no hacer, ante lo que cree que sabe y lo que parece que no sabe, entre lo que le dicta su corazón y lo que le obliga su conciencia, entre lo que cree de verdad y lo que parece mentira.

Hay no pocos ejemplos de películas similares donde la duda es el principal personaje, casi más que los personajes de la historia. Recordemos precisamente la que se titula así, La duda(doubt), de 2008 con Meryl Streep, Amy Adams y Phillip Seymour Hoffman o más recientemente Anatomie d’une chute, que se llevó el premio al mejor guion original en los Oscars en 2023 o El último duelo (The Last Duel), de Ridley Scott, de 2021, donde dos caballeros se enfrentan por el amor de una dama, que a los que tenemos algo de memoria cinematográfica, nos recordó a Rashomon, la inmensa película de Akira Kurosawa donde tres versiones enfrentadas nos dejan con más dudas que certezas.

Quizás es este aspecto el que podría criticar más de la película. Si hubiera sido el director, Dominik Moll, hubiera intentado dejar aún más dudas sobre lo que en realidad ocurre en el conflicto que plantea. Habría dejado que la verdad de lo que ocurre en la pantalla fuera aún menos evidente de lo que lo es en la película, porque habría ganado aún más fuerza el argumento de no saber a quién defender, ya que ambas partes del conflicto aseguran que no son violentos y que actuaron de forma correcta.

Pero no te eches atrás si quieres verla. No afecta al mensaje. Estamos hablando de un filme donde no existe acción física, pero sí acción emotiva a raudales. Personajes bien trabajados, un guion impactante y bien escogido, porque hasta los diálogos que parecen intrascendentes, apuntan a escenas posteriores que ayudan a afianzar el impacto emocional.

Hay un aspecto del filme en el que quiero detenerme un poco más. Y lo quiero hacer porque creo, yo es lo que más provoca nuestro conflicto interno como espectadores. Y tiene que ver con una técnica literaria que llamamos los vasos comunicantes. Se trata de dos historias que ocurren al mismo tiempo en la novela o relato y que aparentemente no tienen nada que ver entre sí, pero resulta que leídas al mismo tiempo se condicionan entre sí como el famoso experimento de la Física. Si cambias algo en uno de los dos vasos comunicantes, se afecta el contenido del otro. Así funciona en la literatura…  y en el cine.

Visualmente lo puedes entender mejor si te presento esta imagen:

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Tenemos el rostro de Marilyn Monroe con los labios fuertemente pintados de rojo. Por referencia esta imagen transmite el glamour, la sensualidad, incluso el morbo de una sex symbol.

Cambio la imagen:

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Otros labios rojos, pero esta vez no de carmín sino de sangre, también en el rostro; están adheridos al rostro de una mujer que aparentemente ha sido maltratada o herida, no sabemos. Esta imagen, también por referencia, nos hace llegar un mensaje de violencia, quizá de muerte, probablemente de guerra. Más cuando sabemos que es de una manifestación en Turquía.

Si colocamos una imagen junto a la otra se impondrá un tercer mensaje en paralelo de los antes mencionados:

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La desigualdad de clases, quizás de raza y probablemente de países; y así muchas cosas más, el contraste económico, la contradicción entre el glamour y la violencia, quizá la paradoja entre amar y odiar, y cualquier mensaje más que se os ocurra.

Pues esto se hace en literatura y cine. Hay montones de ejemplos: desde La colmena, de Camilo José Cela, pasando por la declaración amorosa de Rodolphe a Emma Bovary en medio de una feria de venta de ganado en Madame Bovary, de Gustave Flaubert; y hasta la tremenda novela La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa.

En esta película hay varias escenas que remiten a esto. Y aquí viene un spoiler, que no desvela el final, pero te ayuda a comprender esta técnica en varias escenas que son importantes. A mí me dan igual, pero si no te gustan los spoilers, mejor vete a verla y regresa a ver cómo se emplean los vasos comunicantes en Dossier 137. No me digas que no lo advertí.

Stéphanie llega a casa de sus padres y hay un diálogo que parece intrascendente entre ellos sobre la violencia y la bondad en el mundo. El padre de Stéphanie se queja de que su esposa, la madre de Stéphanie (perdón por recalcarlo) apenas le habla porque se pasa el día viendo vídeos de gatos en alguna red social. El diálogo deja en claro que la madre considera que, si todos los seres humanos viéramos más vídeos de gatos en lugar de tantas malas noticias en el telediario, el mundo sería un lugar mejor, mientras que el padre cree que esos vídeos los ven millones de personas y nada cambia en el mundo.

Al final de la película, por circunstancias concretas que tienen que ver con la resolución del conflicto, vemos a Stéphanie riendo a carcajadas con vídeos de gatos. Es una evolución del personaje que hasta ese momento era una activa luchadora por los derechos humanos y de la verdad en este caso que investigaba de violencia policial. Tras una conversación con su jefa, cuyo tema no voy a desvelar, pero deja en claro algo que tiene que ver cómo a veces la verdad no es suficiente, ver a Stéphanie, riendo con vídeos de gatos como su madre, a mí me dejó impactado.

Nos pasa a muchos, que creemos que algunas cosas que pasan en el mundo, en nuestros países, en nuestros barrios, son importantes, porque afectarán nuestro futuro. Desde que un gobierno populista salte leyes para ganar más poder, hasta que una dictadura pueda ser defendida por los que más la sufren.

Y no es que haya nada de malo en reír viendo ficción, una película, una serie, leyendo un libro o viendo videos de gatitos. El problema es cuando los demás criticamos, compartimos noticias, denunciamos arbitrariedades, violaciones de derechos humanos, y otro montón de cosas que parecen importantes y que a todos nos deberían preocupar, pero el mundo sigue ahí, riendo con vídeos de gatitos (adorables gatitos haciendo cosas de gatitos) mientras afuera se violan los derechos fundamentales de los que ríen con vídeos de gatitos.

Y claro, nadie tiene que recordarme que el mundo no es perfecto. Lo sé. En un mundo ideal todos veríamos esta película y nos removería conciencias y la premiaríamos en todos los festivales y la haríamos la más taquillera y la daríamos en clases para enseñar a los chavales que no hay que ejercer violencia en las calles y a las fuerzas del orden a reprimir con proporcionalidad. Pero es que un mundo ideal, esta película quizás no existiría.

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